Prioridad del trabajo

Celebramos este año el día 1 de mayo, día de S. José Obrero y “Día internacional de los trabajadores”, en unas circunstancias extraordinarias debidas a la pandemia provocada por el virus Covid-19, que han hecho resaltar ante nuestros ojos muy evidentemente el significado mismo del trabajo.

El confinamiento general ha paralizado la actividad de la mayor parte de nuestra sociedad. Con esta ocasión, se ha hecho muy visible la necesidad de integrar en nuestra existencia las nuevas tecnologías, simbolizadas por el teletrabajo, con sus riesgos también de relativización de los espacios de la vida privada y familiar. Pero, sobre todo, hemos podido apreciar la importancia inmensa del trabajo, por ejemplo de todo el personal del mundo sanitario, de  los servicios de limpieza, de las fuerzas del orden, de quienes hacen posible la industria y la distribución agroalimentarias, el transporte, las telecomunicaciones, el periodismo, sin olvidar las tareas políticas o legales, etc.

Durante este tiempo hemos podido contemplar el espectáculo impresionante del trabajo de tantos y percibir el bien que procura a la sociedad; más aún, su imbricación íntima con la vida, la del propio trabajador, la de su familia y la de todos. Se nos hace patente así que no es posible minusvalorar el significado del trabajo. De ninguna manera es reducible a producto mercantil, a objeto de compra y venta en el mercado o a cifra estadística. El trabajo es una expresión elemental de nuestro existir como persona, es constitutivo de nuestro ser social.

Pero en este tiempo de confinamiento vemos también el riesgo inmenso que corre el trabajo en nuestro país, al paralizarse buena parte de la vida económica.

Hemos de poner todos los medios para sostener a las personas que en estas circunstancias se encuentran sin trabajo, así como la subsistencia de sus familias. Pero ello es siempre sólo una solución momentánea e incomparable con lo verdaderamente bueno para la persona y la sociedad: el trabajo.

Hoy es una urgencia primera responder con agilidad a las necesidades en que se encuentra quien ha perdido los ingresos necesarios para vivir, que no podrían esperar muchas semanas por una respuesta. Pero igualmente los mayores esfuerzos serán pocos, para hacer posible que el trabajo se retome, vuelva a ocupar su puesto central en la vida personal, familiar y social.

El significado del trabajo para la construcción de la persona y del bien común –su valor moral–, es tan elevado, que ha de reconocérsele por todos una verdadera prioridad en estas circunstancias que vivimos. No deben prevalecer ahora otras consideraciones, la utilización de esta dramática situación personal y social para lograr otras finalidades socio-políticas.

Los esfuerzos, los sacrificios, los recursos de nuestra sociedad deben ponerse al servicio de restaurar la dinámica del trabajo, como un bien esencial –y, por eso, un derecho– para la libertad y la vida de todos.

La Doctrina social de la Iglesia ha enseñado con claridad la vinculación intrínseca del trabajo con la dignidad, con la realización de la persona, con su asunción de responsabilidades familiares y sociales, con su cooperación con los demás en la consecución del bien común. Y ha insistido, por tanto, en el concepto de “trabajo digno”; es decir, de la dignidad que deben tener las condiciones del trabajo para corresponder al ser persona del trabajador, responsable de sí, de su familia y también de la sociedad.

En estas circunstancias, me parece que la atención debe dirigirse a lo más fundamental, que puede estar puesto en cuestión, al bien primero que es el trabajo mismo, que corre el riesgo de destrucción para tantísimas personas, poniendo en graves dificultades su existencia y la de nuestra sociedad.

El trabajo ha hecho posible la herencia recibida de nuestros padres, de las generaciones precedentes: nuestra educación misma, el cuidado de nuestra salud, la construcción de nuestras casas, los negocios familiares y las empresas grandes crecidas gracias a la obra de muchos, las estructuras jurídicas, políticas o de seguridad de que gozamos, etc.

Es el tesoro del trabajo humano, como percibimos con especial claridad en las circunstancias que vivimos, nunca reducible a las solas cifras que lo miden o a puro movimiento financiero.

La prioridad del trabajo no es sin más la del dinero, ni la de los solos intereses individualistas; se corresponde con el bien del conjunto de nuestra sociedad. Por eso, la dignidad peculiar del trabajo significará al mismo tiempo no manipular nunca las necesidades del pobre, no aprovechar para abusos e injusticias; y no abandonar tampoco a quien no tiene trabajo, a quien no puede sostener su casa y su vida. El trabajo es fuente de solidaridad, es quien hace posibles las diversas formas de asistencia de la sociedad a quien lo necesita.

Que las circunstancias tristes que vivimos, que la pérdida a veces de seres queridos, nos ayude a apreciar de nuevo lo que verdaderamente importa en la vida, entre lo que se encuentra también, sin duda alguna, el significado del trabajo. En él puede expresarse bien lo mejor de la persona humana, que será también así, trabajando, imagen del Dios que es amor; pues como el Señor dijo: mi Padre hasta ahora sigue trabajando, y yo también trabajo (cf. Jn 5,17).

+ Alfonso Carrasco

Obispo de Lugo

Mons. Alfonso Carrasco Rouco
Acerca de Mons. Alfonso Carrasco Rouco 34 Articles
Nació el 12 de octubre de 1956 en Vilalba (Lugo). Cursó la enseñanza secundaria en el Seminario de Mondoñedo y los estudios de Filosofía en la Pontificia Universidad de Salamanca (1973-1975). Después estudió Teología en Friburgo (Suiza), donde obtuvo la Licenciatura en 1980. Fue ordenado sacerdote el 8 de abril de 1985 en la Diócesis de Mondoñedo-Ferrol. De 1980 a 1981 realiza labores de investigación en el Instituto de Derecho Canónico de la Universidad de Munich. De 1982-1987: Profesor asistente de la Cátedra de Moral Fundamental de la Universidad de Friburgo. Becario del “Fondo nacional suizo para la investigación” de la Universidad de Munich (1987-1988). En 1989 se doctora en Teología en la Universidad de Friburgo, con la tesis titulada: “Le primat de l’évêque de Rome. Étude sur la cohérence ecclésiologique et cononique du primat de juridiction”. Entre los años 1989-1991 forma parte del equipo parroquial de Santa María de Cervo, encargado de seis parroquias, en la Diócesis de Mondoñedo-Ferrol, donde ejerce también como docente de la “Escuela Diocesana de Teología” . En 1992 se desplaza a Madrid como profesor agregado de Teología Sistemática del “Instituto Teológico San Dámaso”, convirtiéndose en catedrático en 1996. Este mismo año es nombrado consiliario del Centro de Madrid de la AcdP (Asociación Católica de Propagandistas). Desde 1994 a 2000 ejerce como director del “Instituto de Ciencias Religiosas” del Centro de estudios teológicos “San Dámaso” y vice-decano de la Facultad de Teología “San Dámaso” de Madrid desde 1998 a 2000. Decano de la Facultad de Teología “San Dámaso” de Madrid, desde 2000 a 2003. Durante los años 2001-2006 colabora regularmente en las Teleconferencias de la Congregación para el Clero para la formación permanente del clero (www.clerus.org). En 2004 actúa como relator de la Cuarta Ponencia (“Cómo vivir la comunión en la Iglesia”), y miembro nato de la Asamblea y de la Comisión central del Tercer Sínodo Diocesano de Madrid, clausurado el día 14 de mayo de 2005. Es miembro, además, de la Comisión Teológica Asesora de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española desde 1995; Miembro del Consejo de Redacción de la Revista Española de Teología y del Consejo Asesor de Scripta Theologica, Communio Nuntium (edición en español) (1992-2005). Fue también, hasta su ordenación episcopal, profesor de Teología dogmática en la Facultad de Teología “San Dámaso” de Madrid (desde 1996) y director del Departamento de Dogmática de la misma Facultad en 2006. Durante su estancia en Madrid colaboró pastoralmente en la Parroquia de “San Jorge, mártir de Córdoba”.