La Iglesia nace de la Pascua

Cuando los discípulos escucharon por primera vez el anuncio de la Resurrección de Cristo, su reacción fue de duda e incredulidad. La noticia era tan inesperada y sorprendente que se resistían a creer a quienes se la anunciaban. Las posteriores apariciones desencadenaron en ellos un proceso por el que fueron recuperados para la fe. A partir de entonces esa fe que antes de la pasión, aun siendo verdadera era débil e inconstante, se vio fortalecida hasta el punto que no les importaba sufrir y dar la vida por testimoniar la verdad de lo que había acontecido y ellos mismos habían visto.

La experiencia de haber convivido con el Señor antes de su pasión, pero sobre todo de haberlo visto resucitado, y la fe compartida es lo que está en el origen de la Iglesia. Los mismos que en la pasión habían abandonado a Jesús y se habían escondido y dispersado por miedo, se reúnen de nuevo. La Resurrección de Cristo, además de recuperar a los discípulos para la fe, supuso la reconstrucción del grupo como comunidad de los creyentes. La fe compartida por aquellos que se habían encontrado con el Resucitado es el vínculo que les unía, que convirtió a los seguidores de Jesús en comunidad de creyentes. Entre ellos habría diferencias, como en todo grupo humano, pero en la comunidad nacida de la Pascua, la fe que los une es tan fuerte y fundamental que convierte las diferencias en algo secundario e impide que lleguen a divisiones. Esto debería ser también lo normal en la vida de la Iglesia: que para los cristianos la fe fuera tan importante que las diferencias legítimas que pueda haber entre nosotros, nunca tengan fuerza para dividirnos. Si ocurre esto nos tendremos que preguntar si no estaremos convirtiendo lo que es secundario en algo fundamental y lo que debería ser fundamental lo rebajamos a algo marginal.

La fe compartida lleva a una misma misión. Desde el primer momento, la vivencia de esa misión con autenticidad, con convicción y sin miedo a sufrir por ella (nunca a hacer sufrir a los demás) es lo que caracteriza la Iglesia nacida de la Pascua. La fe se tiene para anunciarla, y una fe que no es anunciada y testificada acaba muriendo. Un elemento constante en los relatos de las apariciones es que desembocan de lleno en la misión, la cual tiene un carácter personal: María Magdalena y las mujeres que con ella fueron al sepulcro y son las primeras en ver al Señor, fueron enviadas a comunicar la noticia a los discípulos. En un segundo momento la misión adquiere una dimensión universal: el Señor, con el poder que le ha sido dado, envía a los apóstoles a todo el mundo a anunciar la buena noticia de la salvación para los que crean en Él. Cuando la Iglesia, en obediencia al Señor, cumple su mandato, está viviendo la Pascua.

La celebración de la Pascua de este año está marcada por la situación que estamos viviendo. De hecho, muchas celebraciones que habitualmente tenemos durante este tiempo, como las primeras comuniones o la administración del sacramento de la Confirmación, van a tener que aplazarse para otro momento. Que esto no mate nuestra fe y testimonio, sino que los fortalezca.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

Mons. Enrique Benavent Vidal
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Nació el 25 de abril de 1959 en Quatretonda (Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Moncada (Valencia), asistiendo a las clases de la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” donde consiguió la Licenciatura en Teología (1986). Es Doctor en Teología (1993) por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Recibió la ordenación sacerdotal en Valencia de manos de Juan Pablo II el 8 de noviembre de 1982, durante su primera Visita Apostólica a España. CARGOS PASTORALES En su ministerio sacerdotal ha desempeñado los cargos de: coadjutor de la Parroquia de San Roque y San Sebastián de Alcoy (provincia de Alicante y archidiócesis de Valencia) y profesor de Religión en el Instituto, de 1982 a 1985; formador en el Seminario Mayor de Moncada (Valencia) y profesor de Síntesis Teológica para los Diáconos, de 1985 a 1990; y Delegado Episcopal de Pastoral Vocacional, de 1993 a 1997. Durante tres años, de 1990 a 1993, se trasladó a Roma para cursar los estudios de doctorado en la Pontificia Universidad Gregoriana. Es profesor de Teología Dogmática en la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia”, desde 1993; profesor en la Sección de Valencia del Pontifico Instituto “Juan Pablo II” para Estudios sobre Matrimonio y Familia, desde 1994; Director del Colegio Mayor “S. Juan de Ribera” de Burjassot-Valencia, desde 1999; Decano-Presidente de la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia, desde 2004, y Director de la Sección Diócesis de la misma Facultad, desde 2001; además, desde 2003, es miembro del Consejo Presbiteral. Fue nombrado Obispo Auxiliar de Valencia el 8 de noviembre de 2004. El 17 de mayo de 2013 el Papa Francisco le nombró Obispo de Tortosa. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE, desde 2008 es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la fe y desde 2005 de la de Seminarios y Universidades.