Luz que ilumina la historia

¿Para afrontar las crisis personales y sociales es indiferente el hecho de que Jesucristo haya resucitado? En otras palabras, ¿las personas afrontan igual las crisis si creen o no en Jesucristo resucitado? A la hora de trabajar y luchar para superar las crisis, ¿cambia algo creer o no en la Resurrección de Jesucristo?

Respondemos: sí y no.

Jesucristo resucitó muertos, como a su amigo Lázaro o al joven hijo de la viuda de Naín, o a la hija de Jairo, jefe de la Sinagoga. En cada caso el gesto de Jesús despertó una gran admiración, un entusiasmo e incluso una alabanza a Dios. Parece que Jesús se manifestaba aquí como el médico y la medicina que necesitamos, no solo nosotros, sino toda la humanidad. Sin embargo, todos estos personajes volvieron a morir. La muerte, en efecto, seguía siendo la “dueña” de nuestra existencia. Nadie ni nada se escapa de sus garras.

Algunos creen que la ciencia y una adecuada organización social lograrán, algún día, que la muerte no domine nuestra existencia… Un pequeño consuelo. Recuerdo la confidencia de un funcionario de prisiones. Me dijo que lo peor de su oficio era ver que jóvenes delincuentes vinculados a la droga salían de la prisión al cumplir la condena y que al verles, sentía por dentro unas ganas incontenibles de decirles: “hasta luego”, “eres libre de estas paredes, pero la droga sigue siendo tu dueña”. Porque la libertad no está en las paredes, ni tampoco en las medicinas que ayudan a no caer, sino en el corazón libre, que decide sobre la forma de vivir, sabiendo qué y quién al final “acaba mandando”, quién tiene la última palabra.

Curar un enfermo, salvar un moribundo, es maravilloso. Despierta en todos admiración, agradecimiento y un sano orgullo ante una humanidad que ha avanzado tanto. Es uno de los servicios a la humanidad más valiosos y dignos de elogio. Pero no pasa de ser un episodio, una salvación provisional: la muerte acabará, como en todos, mandando sobre él. Uno piensa: ¿no será más importante saber para qué seguimos viviendo (cuál es el destino definitivo) y, en consecuencia, cómo seguimos viviendo?

Por cierto. Esta cuestión es tan importante que está en la base de la gran discusión sobre la eutanasia. Quienes la defienden responden: “no vale la pena que esta persona siga viviendo, ¿para qué?, ¿qué calidad de vida le espera?” Piensan en efecto que la cualidad de vida es el bienestar y que al final la muerte sigue mandando, tras ella no hay más que “la nada”.

Quienes defendemos la vida hasta su fin natural decimos: un segundo de amor, vivido en la situación que sea, vale infinitamente, tiene sentido incluso más allá de la muerte física. Porque quien amó perfectamente (y por eso mismo), murió, le mataron, resucitó y vive para siempre. Creemos que Jesucristo desde su Resurrección ilumina toda nuestra historia, la que sufrimos y la que desarrollamos al servicio de los demás.

Esta es la diferencia. Todos trabajaremos para curar y devolver la salud a quien sufre. En cierto modo haremos lo mismo que tantas personas de buena voluntad. Pero cambia mucho saber cuál es el valor de la persona enferma y cuál el valor y el sentido del trabajo que se hace en su favor. Uno y otro valen tanto como el amor resucitado en Cristo. Ni los fracasos, ni el pecado, ni la muerte podrán vencer ese amor.

+ Agustí Cortés

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.