¿Podemos salir de nuestros sepulcros?

“Yo soy la resurrección y la vida”: es la afirmación de Jesús a Marta en la muerte de su hermano Lázaro, ante su sepulcro, en Betania.

Marta se quejaba, y lamentaba el hecho de que Jesús no hubiera estado presente en el momento de la muerte de Lázaro, porque creía que, en ese caso, éste seguiría vivo. Ella confiaba plenamente en Jesús y había oído hablar de que, por su intervención, el Maestro había resucitado a algunas personas.

Ante el sepulcro, Jesús, conmovido, exclama: “¡Lázaro, sal! ¡Levántate y anda!”. Y el muerto salió fuera del sepulcro y recuperó su existencia humana. Esta es la narración evangélica que en el quinto domingo de este tiempo de cuaresma proclamaremos en todas las celebraciones.

La Iglesia, previamente a la Semana Santa, desea que afirmemos que Jesús es la resurrección y la vida, y que en él se cumplen las palabras del profeta Isaías cuando describe la figura de Mesías, de quien tenía que venir y era esperado.

Aquel que es la vida hace salir del sepulcro a su amigo Lázaro. También él, el Señor de la vida, puede hacernos salir de nuestros sepulcros.

Podemos pensar que estamos vivos y que en estos momentos no estamos en ningún sepulcro. Es cierto que estamos vivos materialmente, físicamente, pero a la vez también podemos estar metidos en nuestros propios “sepulcros”.

¿Qué quiero decir con esto de “nuestros propios sepulcros”?

Condenso en esta expresión todas aquellas situaciones y experiencias que nos llevan a vivir sin ilusión, sin ánimos ni alegría, sin esperanza, permanentemente disgustados y enfadados con todo el mundo, insatisfechos y sin capacidad de amar.

–           Cuando no encontramos gusto en la vida a causa de la soledad que experimentamos, a pesar estar rodeados de otras personas. Cuando no nos sentimos ni amados, ni valorados, ni apoyados, y sin fuerzas ni ánimo para afrontar el día a día con sus problemas.

–           Cuando se experimenta el rechazo a causa de la nacionalidad, la raza, la religión, la situación social, las opiniones… y se viven sentimientos de marginación.

–           Cuando se presentan situaciones de dolencia, de debilidad física, en las cuales nos preguntamos el porqué del sufrimiento, y estamos angustiados y muy preocupados por nuestro futuro.

–           Cuando se vive la experiencia de la muerte de personas queridas; cuando surgen las quejas sobre el sentido de la muerte, de por qué ha muerto aquella persona, y cuando la añoranza y el vacío pueden causarnos amargura y depresión.

–           Cuando el egoísmo se ha apoderado de alguien y provoca que piense y actúe solamente para satisfacer el propio ego, prescindiendo de toda consideración y de cualquier otro valor.

–           Cuando se está cansado de hacer el bien, de servir, de estar atento siempre a las necesidades de los demás, de asumir las propias responsabilidades, sin recibir nunca ninguna satisfacción y agradecimiento.

–           Cuando, al querer hacer el bien y actuar correctamente, no obtenemos resultados, y entonces nos desanimamos.

–           Cuando somos conscientes de nuestros pecados porque hemos roto la relación con Dios, con los demás y con nosotros mismos.

–           Cuando notamos que se debilita la fe, que no se tienen ganas de rezar ni de celebrar la Eucaristía, ni de mantener la comunión con la comunidad cristiana.

–           Cuando, por los motivos que sea, ya no nos queda esperanza…

Entonces hay que creer que Jesús, que es la resurrección y la vida, ante cada uno de nosotros grita nuestro nombre y nos exhorta: “¡Sal! ¡Levántate y anda!”.

Mons. Francesc Pardo i Artigas

Obispo de Girona

Mons. Francesc Pardo i Artigas
Acerca de Mons. Francesc Pardo i Artigas 389 Articles
Francesc Pardo i Artigas nació en Torrellas de Foix (comarca del Alt Penedès, provincia de Barcelona), diócesis de Sant Feliu de Llobregat, el 26 de junio de 1946. Ingresó en el Seminario Menor de Barcelona y siguió estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor, de la misma diócesis. Se licenció en Teología, en la Facultad de Teología de Cataluña. Es autor de diversos artículos sobre temas teológicos publicados es revistas especializadas. Recibió la ordenación presbiteral en la basílica de Santa María de Vilafranca del Penedès, el 31 de mayo de 1973, de manos del cardenal Narcís Jubany. El 16 de julio del 2008, el Papa Benedicto XVI lo nombró Obispo de Girona. Recibió la Ordenación Episcopal el dia 19 de octubre del 2008 en la Catedral de Girona, tomando posesión de la diócesis el mismo día.