Las mujeres son las más vulnerables a las consecuencias del cambio climático: se necesitan sociedades más equitativas y cambios sostenibles para protegerlas.

Mujer y cambio climático, en defensa de la tierra (Manos Unidas)

Con motivo de la celebración, este domingo 8 de marzo, del Día Internacional de la Mujer, Manos Unidas quiere llamar la atención sobre los millones de mujeres, invisibles para la mayoría, que cada día sufren y combaten, hasta poner en riesgo sus vidas, las consecuencias de uno de los mayores desafíos a los que se enfrenta la humanidad: el deterioro del planeta.

Aprovechando el lanzamiento de la campaña «Quien más sufre el maltrato al planeta no eres tú», que la ONG va a llevar a cabo a lo largo de 2020, Manos Unidas organizó una mesa redonda con el fin de explicar las graves consecuencias que el deterioro medioambiental tiene en los cientos de millones de personas vulnerables de los países más empobrecidos y, muy especialmente, en las mujeres y las niñas, que son las que presentan mayor vulnerabilidad ante los desafíos y las consecuencias del cambio climático.

Según el Banco Mundial, el deterior del medio ambiente, los riesgos derivados del cambio climático, los fenómenos meteorológicos extremos y las amenazas y persecuciones a los defensores de la tierra, hicieron que en los primeros seis meses de 2019 siete millones de personas tuvieran que desplazarse por no poder asegurar la vida en sus lugares de origen y, de no producirse un cambio, el número de desplazados podría alcanzar los 140 millones para 2050.

«En principio, eran los hombres los que emigraban para buscar fuera el sustento de sus familias, pero en los últimos años las migraciones femeninas, dentro y fuera de sus países, han aumentado en un 15%», asegura Jaime Absalón, socio local de Manos Unidas en Colombia y moderador de la mesa redonda «Mujer y cambio climático».

Migraciones ambientales

«En Latinoamérica, y en el resto del mundo, las mujeres son doblemente vulnerables a la amenaza del deterioro del planeta: por empobrecidas y por mujeres», explica Rossana Cuevas, directora de la Corporación SolJusticia, socio local de Manos Unidas en Ecuador. «Tienen desventajas desde la niñez. Cuando en las familias aumentan las cargas de trabajo derivadas de estos desastres ambientales, son las niñas las que asumen estas cargas y sus planes de vida se ven truncados por la falta de oportunidades y el exceso de carga de trabajo. Esto deriva en una “fragilización” de la situación de las mujeres. Lo que lleva también a situaciones de violencia de género sostenidas», informa Cuevas.

Cuando la desertificación y la degradación se producen en el campo, los hombres migran a las ciudades y ellas quedan al cuidado de la «chacra» y de la familia. «Ellas y sus hijos son, entonces, doblemente vulnerables», asegura la directora de SolJusticia. Según Cuevas, para revertir esta situación «es necesario que haya sociedades más equitativas y cambios sostenibles. Tiene que haber políticas públicas que protejan y den oportunidades a toda esta población vulnerable».

De la misma opinión es Marisela García, que forma parte de CEDIAC, Centro de Derechos Indígenas en México. Marisela ha sido testigo directo del incremento del flujo de las migraciones que, desde países centroamericanos como El Salvador, Honduras y Guatemala, intentan cruzar México para alcanzar el «sueño americano». «El porcentaje de mujeres que se suma ahora a estas corrientes migratorias es cada vez más alto», asegura García. «Según el Banco Mundial, en el año 2019, 48 de cada 100 migrantes del mundo eran mujeres. En América Latina este porcentaje es ahora superior, porque el 51,1 por ciento de las personas migrantes son mujeres», explica.

Mujeres en la lucha por la tierra

«Muchas mujeres se quedan en sus comunidades, esperando el regreso de los varones. Sobre los hombros de las mujeres campesinas recae el peso de la migración de los hombres: se ven solas en la defensa del territorio y en el cuidado de la familia», explica la defensora de los derechos indígenas.

El que México sea un país que posee el 10% de los bienes naturales del mundo, no es óbice para que una gran parte de la población viva en la pobreza. Y esa pobreza hace que los hombres emigren y las mujeres queden al frente de la tierra. «Y –asegura García– las mujeres no han sido educadas para esta tarea, porque, tradicionalmente, la tierra siempre ha sido para los varones».

«De repente, las mujeres se ven solas, sin formación, dedicadas al cuidado de los hijos y a la defensa del territorio», explica García. «La situación es difícil, pero, sí, ellas son las que se encargan de hacerlo. Porque para ellas la tierra es ancestral. Es su ombligo. Ellos estaban antes, allí nacieron y allí están sus muertos…», relata. «En esta situación las mujeres son las que pelean… ellas son las que están “sacando la cara por la tierra”».

También son muchas las mujeres hondureñas que luchan por sus territorios, por la tierra que las vio nacer y que ahora está en manos de unas pocas empresas e industrias, según explica Silvia Heredia, cooperante española, directora de un proyecto educativo de la Asociación Paso a Paso, apoyado por Manos Unidas en Honduras. Esta explotación de los recursos naturales en Honduras es, en opinión de Heredia, «una de las causas por las que se desplazan las personas».

«En Honduras hay, por ejemplo, más de 800 concesiones para minería metálica y no metálica. Los hombres se ven obligados a migrar para buscar el sustento y las mujeres que se quedan son mucho más vulnerables a las amenazas externas», explica Heredia.  «El tres por ciento del territorio está “concesionado” a la industria hidroeléctrica, minera o fotovoltaica o al monocultivo de palma africana que va a terminar con todo lo que tenemos», asegura. «La defensa del territorio crea víctimas, que se juegan la vida y la libertad, y ha llevado a la preocupante militarización de la sociedad y del país, que no invierte en educación, pero sí en armas», asegura la cooperante española.

«Trabajamos en la defensa de la vida. Como Berta Cáceres, que sabía que estaba amenazada, que tenía los días contados, pero aun así siguió en la lucha. Estaba en contra del proyecto de una hidroeléctrica financiada por bancos y empresas trasnacionales. Se enfrentó a ellos y por eso la asesinaron; “la sembraron”, como decimos nosotros», explica Heredia.

A pesar de ello, de las amenazas, de los obstáculos, de la violencia… el mundo está lleno de mujeres valientes, que se enfrentan con decisión a los desafíos que traen consigo el maltrato al planeta y el deterioro medioambiental. A ellas, que probablemente estos días no estén en las calles ni en los titulares, quiere dedicar Manos Unidas su homenaje este 8 de marzo.

Manos Unidas apuesta por estas mujeres, ejemplo diario de tesón, de trabajo y de resiliencia, porque en ellas reside ese cambio necesario que volverá a hacer del mundo esa «casa común» habitable para todos. Por ello, en 2019 la ONG de la Iglesia católica aprobó 69 proyectos, por importe cercano a 3,8 millones de euros, destinados específicamente a trabajar por los derechos y la igualdad de las mujeres, aunque la mujer está presente en todas y cada una de las iniciativas que apoya.

 

 

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