‘Conversión permanente’

Queridos hermanos y hermanas:
En nuestra sociedad se habla frecuentemente de formación permanente. Los profesionales se reúnen a menudo para hacer cursos que les permitan ofrecer sus servicios a la sociedad con mayor competencia, afrontando los retos que se les presentan y adquiriendo nuevos conocimientos y habilidades que les permitan “seguir al día”.

De manera semejante, cada año la Cuaresma nos invita a “ponernos al día” en nuestra vida cristiana, en lo que podemos llamar conversión permanente. El Señor inició su predicación con la expresión: “Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15). Estas palabras las escucharemos el miércoles de Ceniza, aplicadas a cada uno de nosotros: conviértete. Sí, necesitamos constantemente esa exhortación porque nunca estaremos convertidos del todo. Hay aspectos de nuestra vida que necesitan ser revisados, purificados, renovados. Siempre necesitamos volver a Dios, cambiar de rumbo, darle la cara y no la espalda, porque de manera casi imperceptible nuestra mentalidad se deja seducir por comportamientos que nos alejan del Evangelio. Necesitamos, pues, esa conversión permanente.

Con frecuencia, al inicio de la Cuaresma hacemos el propósito de ser mejores personas cambiando nuestros comportamientos negativos. Esto está bien, pero necesitamos ir más al fondo de la cuestión. Y es que no es suficiente conformarse con el cumplimiento de las normas sin cuestionarnos cómo está nuestra relación con Dios. La auténtica conversión nos sitúa ante la bondad y la misericordia de Dios, nuestro Padre. Necesitamos restablecer nuestra relación paterno-filial, reconociendo que Dios nos ha amado primero (Cf. I Jn 4, 19), hasta el punto de entregarnos a su Hijo Jesucristo, muerto y resucitado por nosotros. Si tomamos conciencia de este amor tan grande y entrañable -“Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles” (Sal 103, 13)- entonces sentiremos la necesidad de corresponder a su amor, con amor de hijos que buscan agradar a Dios en todo, sin quedarse en el cumplimiento frío y superficial de sus mandatos.

La relación filial con Dios Padre nos abrirá los ojos ante nuestros semejantes para reconocerlos como hermanos y restablecer con ellos unas relaciones más auténticas que nos lleven al perdón, a la misericordia y a la ayuda mutua.

Con esta perspectiva adquirirán todo su sentido las prácticas cuaresmales que la Iglesia nos propone: la oración, la limosna y el ayuno. La oración nos ayudará a encontrarnos con Dios para gustar y ver qué bueno es el Señor (Cf. Sal 34, 9). La limosna abrirá nuestro corazón de hermano para compartir nuestros bienes con aquellos que más lo necesitan. El ayuno nos permitirá renunciar a nuestros apegos y egoísmos que nos restan tiempo para Dios y generosidad con los más vulnerables. Estas tres prácticas están interrelacionadas y estarán llenas de autenticidad si las vivimos desde su más profundo sentido. Aprovechemos, queridos hermanos, este tiempo de Cuaresma y no nos detengamos en este camino de conversión que nos ayuda a identificarnos más con Jesús, nuestro Maestro, para ser discípulos cada día más fieles.

Finalmente, os invito a no vivir este tiempo en solitario: la hucha del gesto cuaresmal nos ayudará a vivirlo en familia; en la parroquia, aprovechándonos de las celebraciones penitenciales para hacer una buena confesión, de las charlas, los encuentros, los retiros, los ejercicios piadosos que se nos ofrecen; en nuestras hermandades, viviendo con sinceridad los cultos preparatorios, sin quedarnos en lo externo, sino mirándonos en el espejo de Jesucristo sufriente y de su Santísima Madre, la Virgen fiel; y también en los proyectos diocesanos, como los jueves cuaresmales de oración para jóvenes u otros encuentros que se ofrecerán en las distintas parroquias de todos los arciprestazgos. Cuando nos unimos y aunamos esfuerzos podemos comprobar, gracias a Dios, resultados preciosos, como la Casa Santa María de los Milagros, el Hogar Oasis, la Casa de la Buena Madre, el Refugio de San Sebastián y otros proyectos de solidaridad con los últimos sostenidos por muchos, a quienes agradezco su generosidad.

La Virgen María, sea cual sea la advocación con la que la invoquemos, va a estar muy presente en nuestro camino cuaresmal. Con Ella, sigamos a Cristo hasta la Cruz, para compartir el Don del Espíritu Santo, fruto del Misterio Pascual de Jesucristo, nuestro Señor.

Con todo afecto os bendigo.

+ José Vilaplana Blasco
Obispo de Huelva

Mons. José Vilaplana Blasco
Acerca de Mons. José Vilaplana Blasco 34 Articles
Nació en Benimarfull, provincia de Alicante y archidiócesis de Valencia, el 5 de diciembre de 1944. Cursó estudios eclesiásticos en el seminario metropolitano de Valencia, recibiendo la ordenación sacerdotal el 25 de mayo de 1972. Durante el curso 1980-1981 realizó estudios de Teología Espiritual en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Tras su ordenación sacerdotal desarrolló su ministerio, de 1972 a 1974, como coadjutor en la parroquia Cristo Rey de Gandía (Valencia). Desde ese año y hasta 1980 fue Rector del Seminario menor de Játiva y Responsable del Instituto de BUP de la misma población. Fue Vicario Episcopal de la zona de Alcoy-Onteniente y párroco de Penáguilla, Benifallim y Alcolecha entre 1981 y 1984. En 1984 fue párroco de San Mauro y San Francisco en Alcoy (Alicante). El 20 de noviembre de 1984 fue nombrado obispo auxiliar de Valencia y recibió la ordenación episcopal el 27 de diciembre de ese mismo año. El 23 de agosto de 1991 fue trasladado a la sede episcopal de Santander. En la Conferencia Episcopal Española es el Presidente de la Comisión Episcopal del Clero. Con fecha 17 de julio de 2006, fue nombrado por S.S. el Papa, Benedicto XVI, Obispo de Huelva, sede de la que toma posesión el día 23 de septiembre de 2006.