La belleza de un pueblo que sale al encuentro

Fue una riada de gente que venía de cada rincón de España. Todos eran adultos, con un importante número de gente joven. El motivo del encuentro era precisamente la condición laical que se vive como cristianos comprometidos en medio de una sociedad que ha dejado de ser confesante de modo oficial. Pero, como decíamos la semana pasada en nuestro artículo “Salir a la plaza pública”, hemos de sacudirnos esa inercia o tendencia a vivir parapetados tras las bambalinas protectoras de las sacristías. Llega el momento de cambiar el patio del templo por la plaza del tiempo, y ahí por donde la vida pasa, ser testigos del Evangelio a todos los vientos y hacia los cuatro puntos cardinales.

Tuve la suerte agraciada de participar en el Congreso de Laicos que la semana pasada se celebró en Madrid. Más de dos mil personas por riguroso orden de inscripción según el número que a cada diócesis se le fue asignando. Asturias estuvo bien representada con los treinta que allí fuimos: cinco sacerdotes y veinticinco laicos. El lema ya era significativo: Pueblo de Dios en salida, parafraseando la célebre expresión del papa Francisco. Él nos decía en su mensaje: “Somos Pueblo de Dios, invitados a vivir la fe, no de forma individual ni aislada, sino en la comunidad, como pueblo amado y querido por Dios. Le pertenecemos, y esto implica no solo haber sido incorporados a Él por medio del bautismo, sino vivir en coherencia en ese don recibido. Para ello es fundamental tomar conciencia de que formamos parte de una comunidad cristiana. No somos una agrupación más, ni una ONG, sino la familia de Dios convocada en torno a un mismo Señor… Y este Pueblo de Dios en salida vive en una historia concreta, que nadie ha elegido, sino que le viene dada, como una página en blanco donde escribir. Está llamado a dejar atrás sus comodidades y dar el paso hacia el otro, intentando dar razón de la esperanza”.

Llamó la atención la inmensa riqueza de presencias cristianas en medio de nuestra sociedad plural. No hay ámbito político, cultural, mediático, social, educativo, artístico, en donde no haya un cristiano construyendo desde su identidad creyente ese trozo de mundo que tiene bajo sus pies y que logra abarcar con sus brazos. Pude escuchar ponencias de gran calado intelectual y, al mismo tiempo, de enorme realismo concreto al hilo de los retos y desafíos que tenemos a diario delante; pude también encantarme con las experiencias varias llenas de audacia, de libertad, de respeto, en donde la voz y la acción de los cristianos colaboran lealmente a hacer un mundo mejor del que heredamos; pude saludar a tanta gente de todas partes, que de mil modos te acercaban las brisas de sus lugares de procedencia, la imaginación de sus propuestas, y la alegría de su pertenencia a la Iglesia; pude también hacer fila para recoger las bandejas de la comida, o para tomar un café, siendo uno de tantos en ese encuentro verdaderamente fraterno.

Fueron cuatro itinerarios de trabajo, a cual más interesante y actual: El primer anuncio como cuando por primera vez hablamos de Cristo a personas ignorantes de Él por tantos motivos; el acompañamiento de personas y comunidades, como expresión de la comunión responsable que nos mueve a cuidarnos mutuamente en tantos sentidos; los procesos formativos que hay que poner en marcha, puesto que la formación cristiana de un niño de primera comunión no es la que necesita un adulto que vive a la intemperie sus preguntas y sus heridas; y la presencia cristiana en la vida pública es la que nos lanza a los nuevos areópagos o espacios en los que hacer visible y audible la belleza y la verdad del Evangelio con la bondad de la vida cristiana. Un regalo grande para nuestra Iglesia en España, que marcará un precioso punto de partida para todos los que, como pastores, consagrados y los muchos laicos, formamos este Pueblo de Dios que sale misioneramente al encuentro de su generación.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm

Arzobispo de Oviedo

Mons. Jesús Sanz
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Mons. Jesús Sanz Montes nació en Madrid el 18 de enero de 1955. Ingresa en el Seminario Conciliar de Toledo en 1975 donde realiza los estudios institucionales teológicos (1975-1981). En 1981 ingresa en la Orden Franciscana, haciendo su profesión solemne el 14 de septiembre de 1985 en Toledo. Es ordenado sacerdote el 20 de septiembre de 1986 en Alcorcón (Madrid). El 14 de diciembre de 2003 es ordenado obispo en la Catedral de Huesca. En la actualidad es Arzobispo de Oviedo y Presidente de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada de la Conferencia Episcopal Española.