La eutanasia III

La petición de la eutanasia por parte de los enfermos que sufren consta desde los mismos orígenes de la Medicina. Ya en el Jura­mento Hipocrático figura el rechazo explícito a practicarla. Sin embargo, ha sido en el último siglo cuando se ha promovido más por asociaciones y movimientos que piden su legali­zación y gobiernos que aceptan la presión que ejercen estos movimien­tos o la fomentan institucionalmente.

La aceptación de la eutanasia y el suicidio asistido no es un signo de civilización, sino todo lo contrario. La dignidad de la persona humana está en el hecho de ser humana, con independencia de cualquier otra cir­cunstancia como raza, sexo, religión, salud, habilidad manual, capacidad mental o económica. Esta visión sí significa un progreso cualitativo im­portantísimo.

Con la eutanasia se elimina la vida de quien sufre para que deje de sufrir y resulta una contradicción defender la eutanasia en un momento como el actual en el que la medicina ofrece alternativas como nunca hasta ahora para tratar y cuidar a los enfermos en la última fase de la vida.

Las profesiones sanitarias tienen un fundamento ético que es la digni­dad de todas y cada una de las per­sonas.

Entre el enfermo y el médico se establece un encuentro interpersonal y cuando el enfermo se ha encontra­do con el médico, a éste se le exige el respeto del paciente, el reconoci­miento de su dignidad, y la ayuda para luchar contra la enfermedad y recuperar la salud del enfermo.

El enfermo es alguien que no pue­de valerse plenamente por sí mismo (infirmus=no firme); es decir, que tiene dificultades para poder desarrollar su vida diaria debido a su enfermedad. La Medicina investiga para conocer las causas de la enfermedad, para poner el remedio oportuno y que el enfermo, tras el tratamiento oportuno, pueda realizar de nuevo su actividad normal.

Se piensa que el objetivo de la medicina no siempre es curar. Hay ocasiones en que esto no se da: un analgésico puede permitir una vida normal, sin propiamente curar.

La salud no implica un perfecto bienestar, se puede realizar la activi­dad normal con alguna molestia. Es la condición humana.

El dolor y la muerte forman parte de la vida humana desde que nace­mos hasta que morimos.

A lo largo de nuestra existencia y por experiencia personal, el dolor fí­sico y el sufrimiento moral están pre­sentes en todas las biografías humanas.

La muerte es la culminación prevista de la vida terrenal, aunque incierta respecto al cómo y al cuándo ha de producirse.

El dolor y la muerte son dimen­siones o fases de la vida humana. Obstáculo para la vida es la actitud de quien se niega a la presencia de estos hechos constitutivos de toda vida, intentando huir de ellos como si fuesen totalmente evitables, hasta convertir tal huida en valor supremo.

El ser humano ha sido creado para vivir y ser feliz y, por lo mismo, siente rechazo ante el dolor y el su­frimiento. Por eso, esto este rechazo no es censurable, pero convertir la evitación del dolor y el sufrimiento en el valor supremo y último, es una actitud que acaba volviéndose contra los que la mantienen, porque supone negar de raíz una parte de la realidad humana.

Convertir la ausencia del dolor en criterio exclusivo, sin atender a otras dimensiones, para reconocer un pre­tendido carácter digno de la muerte, puede llevar a legitimar la supresión de la vida humana, bajo el nombre de eutanasia.

Aliviar el sufrimiento y el dolor en la situación terminal de enferme­dad, con la colaboración de propio enfermo, su familia y su entorno, es un deber ético de primer orden.

Todas las personas tienen limitaciones y problemas, pero cada uno las asume de una manera, dependiendo del planteamiento que cada cual tenga de la vida, el sentido que se le atribuye.

En un contexto de vivir únicamente para disfrutar, las limitaciones son lo más negati­vo e indeseable, contrario a la dignidad hu­mana. En otros planteamientos en los que se pregunte: ¿Para qué estoy aquí yo?, o mejor: ¿para quién estoy yo aquí?, el papa Francis­co responde: «Eres para Dios. Pero Él quiso que seas también para los demás y puso en ti cualidades, inclinaciones, dones, carismas que no son para ti sino para otros» (Chritus vivit, 286). Cuando se acepta este sentido de una vida para los demás, se afrontan las molestias y sufrimientos que pueda comportar la propia existencia.

 

+ Gerardo Melgar

Obispo de Ciudad Real

 

 

Mons. Gerardo Melgar
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Mons. Gerardo Melgar Viciosa nació el 24 de Septiembre de 1948 en Cervatos de la Cueza, Provincia y Diócesis de Palencia. Cursó la enseñanza secundaria (años de Humanidades) en el Seminario Menor Diocesano de Carrión de los Condes y los estudios de Filosofía y Teología en el Seminario mayor de San José de Palencia. Fue ordenado sacerdote el 20 de Junio de 1973 por el entonces Obispo de la sede palentina, Mons. Anastasio Granados García. Fue nombrado Párroco -de 1973 a 1974- al servicio de las parroquias de Vañes, Celeda de Roblecedo, San Felices de Castillería, Herreruela de Castillería y Polentinos. Al terminar ese curso pastoral, fue enviado a Roma, donde estudió Teología en la Universidad Gregoriana, licenciándose en Teología Fundamental el 14 de junio de 1976. A su regreso a Palencia fue nombrado Coadjutor de la parroquia de San Lázaro de la capital palentina durante un año. En 1977, y hasta 1982, desempeñó el cargo de Formador y Profesor del Seminario Menor Diocesano en Carrión de los Condes, del que sería, más tarde, Rector (1982-1987). En 1983 fue nombrado miembro del equipo de Pastoral Vocacional de la Delegación Diocesana de Pastoral Juvenil y Vocacional. Al dejar el Seminario de Carrión de los Condes fue destinado, como Vicario Parroquial, a la Parroquia de San José de Palencia durante seis años (de 1987 a 1993). En 1993 fue elegido por Mons. Ricardo Blázquez Pérez para desempeñar el oficio de Vicario Episcopal de Pastoral de la Diócesis palentina, cargo en el que permanecería hasta 1998. También durante diez años (de 1995 a 2005), fue Párroco solidario de la Parroquia de San José Obrero y Coordinador de la Cura pastoral de la misma, miembro del Colegio Diocesano de Consultores (1995-2000) y vocal, por designación del Sr. Obispo, del Consejo Presbiteral Diocesano (2001-2005). En el año 2000 fue nombrado Delegado Diocesano de Pastoral Familiar hasta que, en 2005, Mons. Rafael Palmero Ramos lo eligió para desempeñar el cargo de Vicario General de la Diócesis. De 2004 a 2005 fue, además, confesor ordinario del Seminario Menor Diocesano “San Juan de Ávila” así como, de 2005 a 2008, miembro del Colegio de Consultores de la Diócesis y Profesor de Teología del Matrimonio en el Instituto Teológico del Seminario Mayor de San José (2007). En enero de 2006, y hasta septiembre de 2007, durante el periodo de sede vacante producida por el traslado de Mons. Rafael Palmero Ramos a la Diócesis de Orihuela-Alicante, fue nombrado por la Santa Sede Administrador Apostólico de la Diócesis de Palencia. El 1 de Mayo de 2008, momento en el que desempeñaba el cargo de Vicario General de la Diócesis de Palencia y era el Capellán del Noviciado de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, se hizo público su nombramiento como Obispo de Osma-Soria. El 6 de Julio de 2008 recibió de manos del entonces Nuncio Apostólico de Su Santidad en España, Mons. Manuel Monteiro de Castro, la ordenación episcopal y tomó posesión canónica de la Diócesis oxomense-soriana. Ha publicado varios libros sobre el matrimonio y la familia: “Juntos cuidamos nuestro amor. Convivencias para matrimonios jóvenes”, “Madurando como Matrimonio y como Familia”, “Nos formamos como padres para educar en valores a nuestros hijos” y “Llenos de ilusión preparamos nuestro futuro como matrimonio y familia”, además de múltiples artículos y materiales de trabajo sobre la familia y la pastoral familiar. De su Magisterio episcopal, pueden destacarse las siguientes Cartas pastorales: “Sacerdotes de Jesucristo en el aquí y el ahora de nuestra historia” (2009) con motivo del Año sacerdotal, “Juan de Palafox y Mendoza. Un modelo de fe para el creyente del siglo XXI” (2010), con motivo de la beatificació, “La nueva evangelización y la familia” (2011), “Carta pastoral sobre el Seminario diocesano” (2012), “Itinerario para la evangelización de la familia” (2013), Carta pastoral “Después de la Misión diocesana Despertar a la fe” (2014). Además, ha publicado otros escritos: “La Pastoral Familiar, un proceso continuo de acompañamiento a la familia” (2009), “Los grupos parroquiales de matrimonios jóvenes” (2010), “Unidades de Acción Pastoral. Instrumentos de comunión al servicio de la evangelización” (2010). El 8 de abril de 2016, el papa Francisco lo nombró obispo de Ciudad Real, en sustitución de Antonio Ángel Algora, que renunció por edad. El 21 de mayo del mismo año tomó posesión canónica en la catedral de Santa María del Prado.