Las normas pastorales: ¿“puente” o “muro” de comunión?

La Iglesia, como “Madre y Maestra”, desde los primeros siglos de su historia, guardando siempre fidelidad a Jesucristo, ha mantenido una delicada atención a los preceptos, normas, reglas de vida y conducta con el fin de que sirvieran como cauce para vivir la comunión entre los fieles laicos y los pastores, y entre ellos y el obispo. No podemos olvidar que la fe y los sacramentos son dos aspectos complementarios de la vida eclesial. La fe que suscita el anuncio de la Palabra de Dios se alimenta y crece en el encuentro de gracia con el Señor resucitado que se produce en los sacramentos. La fe se expresa en el rito y el rito refuerza y fortalece la fe.[1]

Aunque somos conscientes que la letra mata, mientras que el Espíritu da vida (2 Cor 3, 6), sin embargo, no podemos olvidar que ya en los libros del Nuevo Testamento nos encontramos que el mismo Jesús afirma que no vino a abolir ni normas ni leyes, sino a darles plenitud (cf. Mt 5, 17). Por ello, mis predecesores, sobre todo después del Concilio Vaticano II, se han esforzado por establecer un orden disciplinar, de manera especial de carácter pastoral, catequético, litúrgico y administrativo, con el fin de ayudar a los fieles de esta Iglesia en Ourense para que, con la ayuda de la gracia de Dios y la vivencia fidelísima de esas normas, pudieran ir creciendo en santidad.

Las normas que regulan nuestra vida diocesana son sobre todo una expresión efectiva de la comunión eclesial. No han sido construcciones arbitrarias que ha realizado el Obispo y sus colaboradores inmediatos, sino todo lo contrario, son plasmaciones concretas y prácticas del querer de la Iglesia Universal adecuadas a la vida y a las costumbres de nuestras gentes, y teniendo en cuenta, además, la historia multisecular de nuestra Iglesia local. Una comunidad que no tenga unas pautas que regulen su conducta está abocada a la arbitrariedad y, por consiguiente, terminará lesionando los derechos de las personas que la integran.

Algunos fieles laicos, ante las experiencias vividas y sufridas por ellos mismos, como consecuencia del incumplimiento de esas normas o de la arbitrariedad en su aplicación, han podido llegar a pensar que esta normativa es inexistente, ya que no pueden entender cómo en una parroquia se exigen una serie de requisitos para la recepción de algunos sacramentos y en otra comunidad cristiana, no muy distante de la anterior, la observancia de esa normativa es alterada o bien es prácticamente inexistente.

En los años posteriores a la clausura del Vaticano II algunos sectores propalaron la idea de que las normas no son necesarias, que lo importante es servir a las personas; se aplicaba mal aquel pensamiento evangélico: el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado (Mc 2, 27). Sin embargo, en este planteamiento se encierra una falacia porque cuando observamos unos mismos criterios con todos los fieles, sea cual sea su condición, servimos a la comunión de la Iglesia y respetamos la dignidad de todas las personas al aplicarles, por igual, los mismos criterios pastorales. La normativa pastoral no sólo regula una acción de acuerdo con el querer de la Iglesia, sino que nos preserva de la autorreferencialidad en la que podemos caer los que estamos llamados a servir a los hermanos en justicia y en verdad, al estilo trazado por Jesucristo que, siendo Dios se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cf. Flp 2, 6-11).

Con respecto a la normativa pastoral, pueden resultar clarificadoras estas palabras de la Exhortación apostólica Evangelii gaudium del papa Francisco: Cuando se dice que algo tiene «espíritu», esto suele indicar unos móviles interiores que impulsan, motivan, alientan y dan sentido a la acción personal y comunitaria. Una evangelización con espíritu es muy diferente de un conjunto de tareas vividas como una obligación pesada que simplemente se tolera, o se sobrelleva como algo que contradice las propias inclinaciones y deseos. ¡Cómo quisiera encontrar las palabras para alentar una etapa evangelizadora más fervorosa, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin y de vida contagiosa! Pero sé que ninguna motivación será suficiente si no arde en los corazones el fuego del Espíritu. En definitiva, una evangelización con espíritu es una evangelización con Espíritu Santo, ya que Él es el alma de la Iglesia evangelizadora[2].

Estas palabras quieren ser la motivación y el fundamento de toda normativa pastoral, porque, bien es cierto, que de poco serviría el conjunto más perfecto e inteligente de normas pastorales si no es recibida con un corazón abierto y no es motivada por el Espíritu Santo. Las orientaciones pastorales que nos ofrecen los rituales de los Sacramentos, así como las Ordenaciones generales del Misal, del Leccionario y de la Liturgia de las Horas, quieren ser expresión del espíritu de comunión que se vive en el seno de la Iglesia. Nuestra normativa diocesana no es nada original, sino que constituye un eco fiel de lo establecido por la Iglesia Universal; por consiguiente, nunca pueden ser consideradas como una pesada carga que hay que cumplir, sino un camino de liberación que nos ayuda a salir de nosotros mismos y de nuestras ideas para caminar juntos en la misma dirección. O sea, una forma concreta de vivir la sinodalidad.

Uno de los objetivos que nos ofrece la nueva Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis es plantear el proceso formativo de los sacerdotes, desde los años del Seminario, como una realidad única, integral, comunitaria y misionera. Así, la formación de los presbíteros es la continuación de un único camino discipular que comienza con el bautismo, se perfecciona con los sacramentos de la Iniciación cristiana, es reconocido como centro de la vida, en el momento del ingreso al Seminario, y continua durante toda la vida[3]. Dentro del marco de esta formación permanente, que no sólo afecta a la vida y ministerio de los presbíteros, sino también a los demás fieles laicos, os aconsejo que convirtáis en objeto de estudio y que repaséis, una vez más, las introducciones y las orientaciones pastorales que nos ofrece la Iglesia en los diferentes rituales de los Sacramentos, al igual que la Ordenación General de la tercera edición del Misal Romano y la presentación que se ha hecho de su versión castellana.

Alguien ha dicho que antes de hablar de los mandamientos de Dios, hemos de hablar del Dios de los mandamientos, y antes de hablar de las normas de la Iglesia hemos de hablar de la Iglesia como madre amorosa y de misericordia. Sí, es verdad que el Señor nos primerea en el amor[4], y, por ello, en toda la vida de la Iglesia debe manifestarse que la iniciativa es de Dios, que Él nos amó primero (1 Jn 4, 19) y que es el mismo Dios quien hace crecer. Por eso, la clave de la vivencia de las normas pastorales, litúrgicas y administrativas está en el amor a la Iglesia, una Iglesia que nos lo ofrece todo y, en ese sentido, también nos pide todo. Sólo desde esta clave se entiende todo ese conjunto de criterios que con periodicidad se nos recuerdan a través de los medios oficiales de la nuestra Iglesia particular.

Sin embargo, esto no quiere decir que la Iglesia deje de ser una madre amablemente exigente al enseñar a todos sus hijos a caminar en verdad. Para ello, debe corregirlos con cariño para que no se desvíen del camino de la salvación, y si, además, esos fieles son ministros de los misterios de Dios no pueden ser signo de contradicción para los hermanos a los que hay que servir como la Iglesia quiere que los sirvamos; no podemos olvidar que la salvación de las almas debe ser siempre la ley suprema en la Iglesia[5].

En una sociedad como la nuestra cargada de subjetivismos, individualismos y de particularismos, que muchas veces se convierten en sistemas ideológicos que se imponen a los demás, corremos el riesgo de convertir las pautas y normas de conducta que nos ofrece la Iglesia en un camino equivocado; o quizás como algo que ya está superado o bien como pasado de moda. Algunos afirman que eso de cumplir los criterios y las normas pastorales y vivir la unidad en lo sustantivo es algo que después del Vaticano II no tiene sentido: lo que cabe ahora es la espontaneidad. Los que así piensan no se dan cuenta que cambiando y suprimiendo aquello que ha establecido la tradición de la Iglesia, se corre el riesgo de convertirnos en “autolegisladores” que arbitrariamente imponen sus criterios, realizando así un atentado a la libertad de los demás fieles. Es bueno recordar que el ministro ordenado actúa también en nombre de toda la Iglesia cuando presenta a Dios la oración de la Iglesia y, sobre todo, cuando ofrece el sacrificio eucarístico. Es necesario, por tanto, que los sacerdotes sean conscientes de que nunca deben ponerse ellos mismos o sus opiniones en el primer plano de su ministerio, sino a Jesucristo. Todo intento de ponerse a sí mismos como protagonistas de la acción litúrgica contradice la identidad sacerdotal[6].

Aplicar la normativa vigente acarrea incomprensiones, pero los que queremos desempeñar el ministerio pastoral con fidelidad no podemos hacer dejación de nuestra misión de pastores. Hemos de acompañar, discernir e integrar desde la comunión eclesial todas las complejas situaciones con las que nos encontramos, siguiendo siempre los procesos necesarios y establecidos por la Iglesia. En la sociedad actual hablar de normativa no es una tarea fácil, ni siquiera cuando se trata de pastoral o de liturgia, o de la praxis administrativa de la Iglesia. Sin embargo, todos estamos llamados a recorrer ese camino con alegría y con un auténtico espíritu de servicio, de manera especial los sacerdotes que, como servidores de la comunión de la Iglesia, deben esforzarse continuamente en ser signos e instrumentos que, con humildad y obediencia, hacen que su corazón y su mente no sólo interioricen todo lo preceptuado por la Iglesia, sino que lo realizan y así ayudan a que los demás fieles laicos lo integren como pauta liberadora de su existencia creyente.

Las normas quieren ser indicadores que nos ayudan a recorrer nuestra vida de fe como auténticos peregrinos. Ello implica que deben adaptarse a cada situación, manteniendo siempre el criterio de la comunión por encima de cualquier particularismo o conveniencia. Adaptar la normativa pastoral no significa cambiar con facilidad el espíritu de los criterios establecidos por la autoridad de la Iglesia, sino ponerla al servicio de la verdad liberadora que ilumina la vida de los pastores y de los fieles. Quizás, observar esta actitud de fidelidad nos llevará a encontrarnos, en ocasiones -como ya he dicho- con algún momento de incomprensión por parte de ciertos fieles, que casi siempre son aquellos que viven la comunión eclesial de forma epidérmica y participan en la vida de la misma comunidad cristiana de forma puramente oficiosa y esporádica. Al encontrarnos con estos hermanos, es necesario acogerlos con especial benevolencia y, llenos de paciencia, hacerles cercano el rostro de una Iglesia Madre que quiere lo mejor para sus hijos, ¡para todos, sin distinción ni rango! En ocasiones no son situaciones fáciles, sin embargo, si existe comunión entre los pastores que atiende las comunidades cristianas del entorno, y todos les hablan y actúan de acuerdo con la misma praxis pastoral, entonces gran parte del problema se soluciona al momento. Las tensiones se generan cuando uno exige lo establecido y en la parroquia vecina se ofrecen rebajas sustantivas que, en ocasiones, son arbitrarias y subjetivas y pueden llegar a afectar a la forma canónica establecida por la Iglesia. Esto constituye una acción grave, moralmente hablando, y puede llegar a causar implicaciones próximas a la irregularidad canónica.

Sin embargo, si lo pensamos con serenidad y vivimos las normas pastorales que se nos ofrecen, a la larga todos saldremos beneficiados y la Iglesia se mostrará como una madre amorosa[7], con un solo rostro, que se preocupa de sus hijos y busca lo mejor para ellos, aunque en ocasiones deba corregirlos y no la comprendan de manera inmediata.

En relación con lo dicho, nos encontramos que los fieles a menudo nos dicen: ¡Pónganse de acuerdo entre ustedes! (se refieren a los sacerdotes), porque en algunas ocasiones la disparidad de criterios en la acción pastoral, no solo es expresión de falta de comunión sino que, además, siembran confusión entre los mismos fieles y da una imagen de la Iglesia nada favorable. Por otra parte, además de ser injusto exigir a unos lo que a otros se les dispensa, nos desacredita a unos delante de los otros y, normalmente, suele quedar mal aquel que respeta las normas de la Iglesia, lo cual es un deber de todos. Si las guardamos nos evitaremos muchos problemas.

Quisiera ofrecer, aunque sea muy brevemente, algunas ideas para reflexionar sobre la importancia que tiene el respetar la normativa diocesana:

Nos puede servir el dicho evangélico: Dios no hace acepción de personas (Hch 10, 34). O bien, este otro: Que todos sean uno para que el mundo crea (Jn 18, 21). La normativa diocesana viene a ser algo así como un “pedagogo” que nos guía y ayuda a mostrar la comunión fraterna. Conocerlas y asumirlas es un deber de todo creyente y nos sirve para acreditar que en una sociedad tan individualista y con tantos nuevos privilegios, la vivencia de estos criterios pastorales, litúrgicos y administrativos nos sirven para manifestar que la Iglesia es una gran familia constituida por muchos hogares -parroquias y comunidades cristianas- en donde las personas gozan de la misma dignidad y todos son considerados como hermanos. No puede existir acepción de personas bajo ningún motivo. Para comprender esto es necesario tener un sentido profundo de comunión.

Las normas diocesanas son cauces a través de los cuales se nos invita a coincidir en el “qué”, es decir, qué es lo que hay que hacer, y adaptar el “cómo”, cómo debemos actuar. No es lo mismo la situación que se puede dar en una parroquia grande de la ciudad o de una villa, que una pequeña del ámbito rural, pudiendo existir circunstancias y situaciones existenciales que exijan una adaptación de la norma, pero no saltarla. Es necesario convencerse que la normativa diocesana no es una camisa de fuerza que se nos impone desde fuera sin tener en cuenta a la persona. Ciertamente, lo que no se puede es adaptar las normas por favoritismo o por quedar bien personalmente, obviando la responsabilidad que la Iglesia nos ha confiado con el fin de aprovechar cualquier ocasión para educar en la fe, hacer una catequesis adecuada a las circunstancias y vivir la comunión fraterna.

Para aquel que ama a la Iglesia y tiene deseos de crecer en su fe, la normativa establecida siempre se queda corta: el que ama no cumple, sino que vive lo que la Iglesia le enseña y recomienda. Un cristiano y una comunidad que valoran su fe no viven constreñidos en el puro cumplimiento de las normas, conformándose, normalmente, con lo “mínimo”. Su meta es amar y crecer cada día más aprovechando al máximo los medios de que disponen y mostrando con gozo la comunión que se vive asumiendo la normativa diocesana.

Los laicos tienen el deber de conocer las normas diocesanas y parroquiales y, así mismo, el derecho de que éstas sean claras y aplicables a todos. Los presbíteros, por su parte, tienen la obligación de darlas a conocer, procurando que sean comprendidas y, al mismo tiempo, sean amablemente exigidas y respetadas como expresión de fraternidad con sus propios compañeros de presbiterio, como signo de fidelidad al Obispo y a la Iglesia diocesana y, sobre todo, buscando el bien de todos fieles. La fraternidad sacerdotal y la comunión tienen que ser visibles en hechos y actuaciones concretas.

Sigamos caminando recordando las palabras del Maestro: No he venido a abolir la ley sino a darle plenitud (Mt 5,17). Esa es la meta: no la ley, sino caminar en santidad en el seno de la comunión eclesial. El espíritu de esta normativa busca romper el distanciamiento y la concepción de la parroquia como “estación de servicios” o “mesón” de paso: se acude a la parroquia cuando se necesita algo de ella, y una vez que me sirven, me voy. No podemos dejar que nuestras comunidades parroquiales sean estructuras autorreferenciales, sino auténticas comunidades de fe que, a través de la vivencia de la normativa pastoral, puedan expresar externamente su pertenencia efectiva y afectiva a la Iglesia.

Os invito a que apliquéis aquel principio que se atribuye a San Agustín y que encierra en si un consejo sabio y prudente: Unidad en las cosas necesarias, libertad en aquellas dudosas, y en todo caridad[8].

El papa Francisco insiste con frecuencia en sus intervenciones que un hijo de la Iglesia debe luchar por construir puentes con su vida y no levantar muros. La normativa pastoral, catequética, litúrgica y administrativa establecida en nuestra Iglesia diocesana quiere ser un puente con el que se construya la comunión entre todos los que formamos parte de esta comunidad que peregrina en la fe por estas tierras orensanas. Bien es cierto que no se es cristiano sólo por el cumplimiento de unas normas o de un reglamento, ni siquiera por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la viuda y, con ello, una orientación decisiva[9].

Esta normativa quiere ser un puente que nos ayude a todos los hijos de esta Iglesia en Ourense a lograr ese encuentro con Cristo. Esto sería imposible si, en lugar de puentes, construimos muros con nuestras desobediencias, infidelidades y con nuestros personalismos e individualismos, que nos convierten en autorreferenciales y, por consiguiente, en un obstáculo a la comunión y a la sinodalidad. No olvidemos que sínodo es nombre de Iglesia[10].

 

+ José Leonardo Lemos Montanet

Obispo de Ourense

 

 

[1] BENEDICTO XVI, Exhortación apostólica Sacramentum caritatis (SCa), nº 6 final.

 

[2] FRANCISCO, Exhortación apostólica Evangelii gaudium (EG) nº 261.

 

[3] Cf. CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, (Roma 2016), cap. IV.

 

[4] FRANCISCO, EG nº 12, 24.

 

[5] CÓDIGO DE DERECHO CANÓNICO, can. 1752: salute animarum, quae in Ecclesia suprema semper lex esse debet.

 

[6] BENEDICTO XVI, SC, nº 23.

 

[7] Cf. FRANCISCO, Come una madre amorevole. Carta apostólica en forma de Motu proprio (Roma, 4 de junio de 2016).

 

[8] In necessariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus caritas; que podemos traducirla por: Unidad en las cosas necesarias, libertad en aquellas dudosas, y en todo caridad. Este pensamiento ha sido atribuido, comúnmente a San Agustín, citada por san Juan XXIII en la encíclica Ad Petri Catedram. Aunque en realidad no fue dicha por san Agustín, sino que parece que fue utilizada, por primera vez, por el arzobispo de Split, Marco Antonio de Dominis (1560-1624) y aparece en su obra: De republica eclesiástica, Libri X, (Londres 1617), en el libro IV, capítulo 8º.

 

[9] BENEDICTO XVI, Carta encíclica Deus caritas est, nº 1.

 

[10] Carta pastoral Iglesia en camino “a lo esencial” con motivo de la apertura del Sínodo Diocesano en la Iglesia particular de Ourense, 2016, p. 47.

 

Mons. José Leonardo Lemos Montanet
Acerca de Mons. José Leonardo Lemos Montanet 49 Articles
Mons. J. Leonardo Lemos Montanet nació el 31 de mayo de 1953 en la parroquia de Santiago de Barallobre, ayuntamiento de Fene, provincia de Coruña y diócesis de Santiago de Compostela. A los 9 años se traslada con su familia a Ferrol, por destino de su padre, donde realiza los estudios hasta el bachillerato superior. Cursó el COU en el Instituto Xelmírez de Santiago de Compostela al tiempo que realizaba el propedéutico en el Seminario Mayor. Cursará los Estudios Eclesiásticos, siendo ordenado Diácono en el año 1978. En septiembre de ese mismo año será nombrado Formador en el Seminario Menor Diocesano de la Asunción. Desde este momento es socio de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. El 19 de mayo de 1979 será ordenado Sacerdote al servicio de la Archidiócesis de Santiago de Compostela por el arzobispo D. Ángel Suquía Goicoechea. Continuó como Formador del Seminario Menor, al tiempo que colaboraba los fines de semana en la parroquia de Nuestra Señora de la Merced de Conxo (Santiago), hasta septiembre de 1982 en que es enviado a Roma para ampliar estudios. Allí obtendrá la licenciatura en Filosofía Teorética por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma y las diplomaturas de Arqueología Sagrada, Archivística y Biblioteconomía. Más tarde, obtiene el doctorado en Filosofía por la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Roma, en junio de 1987, con la tesis Lo que llamamos ser humano. Ensayo sobre la antropo-ontología de Ángel Amor Ruibal. En el curso 1985-1986 empezará su actividad docente como profesor de Filosofía en el Instituto Teológico Compostelano y en el Seminario Menor de la Asunción, hasta la actualidad. Entre 1986 y 1988 ejercerá de capellán de la Residencia Universitaria Cristo Rey en Santiago de Compostela y profesor de religión en el Chester College International School. Desde septiembre de 1988 hasta junio de 2001 será Formador en el Seminario Mayor de Santiago de Compostela, labor que compaginará como sacerdote adscrito de la parroquia de S. Fernando, desde 1987 hasta la actualidad. Tras su etapa en el Seminario Mayor es nombrado Director Técnico del Seminario Menor Diocesano en el año 2001, cargo que desempeña en estos momentos. En el Instituto Teológico Compostelano, Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca, desempeñará el cargo de Vicedirector desde 2007 hasta la actualidad, Director de la Biblioteca de Estudio Teolóxicos de Galicia, desde 1993 hasta 2007 y Director del Instituto Superior Compostelano de Ciencias Religiosas desde 2006. En diciembre de 2003 será nombrado por el Arzobispo de Santiago, D. Julián Barrio Barrio, Canónigo de la Catedral de Santiago de Compostela, ocupando el oficio de Canónigo-Secretario Capitular de la misma. El 16 de diciembre de 2011 la Santa Sede hizo público que S. S. Benedicto XVI lo ha nombrado nuevo obispo de Ourense.