Homilía del cardenal Blázquez

Eucaristía del cardenal Blázquez en la clausura del Congreso de Laicos (Laicos2020)

Homilía en la Eucaristía de clausura

(Congreso de laicos 14-16 febrero 2020)

1) “Como el Padre os ha amado, así os he amado yo” (Jn. 15, 9). “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto” /Jn. 15, 16). “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo” (Jn. 20, 21; 17, 18). Hay una especie de cascada de amor y de misión que tiene su fuente en el corazón del Padre, pasa por Jesús, el Hijo enviado, son destinatarios de su misión los Apóstoles y va llegando a los cristianos a lo largo de la historia. Con inmensa sorpresa y gratitud no somos espontáneos, sino amados, elegidos y enviados.

Somos Pueblo de Dios “en salida” porque somos Iglesia enviada. Somos misión porque vivimos en comunión con Jesucristo y los hermanos.

“El Señor Jesús, a quien el Padre santificó y envió al mundo (Jn. 10, 36), hace partícipe a todo su Cuerpo místico de la unción del Espíritu con el que Él fue ungido. En Él todos los fieles quedan constituidos en sacerdocio santo y real, ofrecen sacrificios espirituales a Dios por Jesucristo y anuncian las maravillas de Aquel que de las tinieblas los llamó a su luz admirable. Por tanto, no hay ningún miembro que no tenga parte en la misión de todo el Cuerpo, sino que cada uno debe glorificar a Jesús en su corazón, y dar testimonio de Jesús con espíritu de profecía” (Presbyterorum ordinis, 2). En virtud de los sacramentos de iniciación somos un pueblo sacerdotal, profético y misionero.

2) Los mandamientos de Dios son expresión de su voluntad. Son palabras de vida para el hombre; no son humillación de su dignidad, como el instigado por el tentador pensó el primer hombre (cf. Gén. 2, 17; 3, 5). Son caminos de sabiduría para que el hombre no se extravíe. Jesús no ha venido a abolir la Ley sino a darle cumplimiento. El hombre puede organizar su vida al margen de Dios, pero, como “el drama del humanismo ateo” ha mostrado reiteradamente, lo hará contra sí mismo (H. de Lubac. Cf. Pablo VI, Populorum progressio 42). No le viene bien al hombre desentenderse de Dios y de su Ley.

Pensemos en la “eutanasia”, que con eufemismo vergonzante significaría muerte feliz o muerte digna. La sociedad, los hombres, pueden despenalizarla, dejar indefensas a personas débiles, permitir que sean eliminadas, presionar sutilmente sobre otros. Pero realmente renunciar al carácter inviolable de la vida humana es minusvalorar su dignidad personal.

¿Cómo lleva Jesús a plenitud la Ley y los Profetas? Jesús no es un legislador minucioso ni rigorista, de mínimos y casuística. Es Señor abre a sus discípulos un horizonte de amplio respiro, de hondura y de libertad porque responde a la verdad y la honda aspiración del hombre. La vocación del hombre es la libertad; la libertad está destinada al servicio de los demás, no al abuso y al engreimiento. “El que no ama cumple la ley” (Rom 13, 8-10; Gál. 5, 13 ss). El Espíritu del Señor anima el corazón del hombre para decir sí a Dios, sin condiciones, sin plazos, sin fecha de caducidad. El Espíritu colma la letra; Jesús propone una vivencia de la Ley desde dentro, no con un mero cumplimiento exterior. El cumplimiento de la ley de Dios genera convivencia respetuosa y sabia ordenación interior.

La Ley auténticamente humana y humanizadora no es caprichosa ni impuesta despóticamente ni convenida sin respeto a la genuina condición humana, sino asentada en la verdad del hombre y al servicio del bien común. La “cultura del encuentro” (Papa Francisco) arraiga en el respeto a la dignidad de toda persona que nos remite a Dios.

El Evangelio que ha sido proclamado y hemos escuchado contiene tres casos de los cinco que el texto enumera de la manera como Jesús interpreta la ley de Moisés enmendando la interpretación de los fariseos. Con autoridad inaudita y soberana enseña Jesús: “Habéis oído que se dijo … pero yo os digo” (Mt 5, 21.27.33),. Los cinco ejemplos se encuadran entre las siguientes expresiones clave: “Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 5, 20); y “sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (5, 48). Esta es la medida moral que Jesús enseña a sus discípulos.

Volvamos dócilmente al Evangelio que hemos escuchado. La ofrenda a Dios y la reconciliación con el hermano son inseparables. Levantemos las manos  a Dios limpias de rivalidades, de orgullo  y resentimientos. La fe en Dios es fecunda en buenas obras; la adoración de Dios conduce al servicio de los hombres; el encuentro con Dios impulsa a servir a los demás. La acogida del padre revelado en Jesucristo es fundamento permanente de fraternidad. ¡No elijamos a Dios contra el hombre ni al hombre contra Dios!.

El matrimonio y la familia son realidades fundamentales en la vida de las personas y en la convivencia de la sociedad. El adulterio, nos dice el Evangelio de Jesús, comienza en el corazón. Aquí están las raíces donde germinan las acciones del hombre. ¿Por qué no nos detenemos para mirar con respeto y amor compasivo al matrimonio y a la familia de nuestro tiempo? ¿Por qué se multiplican las rupturas del matrimonio, con el sufrimiento de los esposos, los hijos y familias hasta el punto de conmover la estabilidad de la sociedad? Produce consternación el que tantas mujeres sean víctimas de su esposo o pareja. ¡Hasta dónde puede llegar el odio y la violencia! ¡Asesinar a la persona con la que se ha tenida la suma intimidad! ¿Qué nos pasa? ¿Qué desviaciones padecemos? Sin olvidar otros medios, necesitamos ciertamente educación moral y fortalecimiento de valores éticos para que nunca otra persona sea convertida en objeto de que se pretenda disponer arbitrariamente. No podemos olvidar que de la familia unida y saludable depende en gran medida la salud ética de la sociedad. El mismo carácter institucional del matrimonio padece serios acosos. Por otra parte, la educación de los hijos depende en gran medida del hogar, donde se aprenden vitalmente las grandes lecciones que orientan la vida. Los padres son los ministros de Dios en la comunicación del don de la vida; y en la convivencia y sucesión de generaciones se transmite la sabiduría de los mayores y la inserción profunda en la historia del propio pueblo con sus ejemplos y sus advertencias. El desarraigo de la historia nos deja inermes para afrontar con serenidad y esperanza el futuro. ¡Cuidemos la familia, con la cual la persona está custodiada y sin ella está a la intemperie!. Para la comunicación personal y social necesitamos alimentar la confianza recíproca. La verdad y la veracidad deben acreditar la fiabilidad de la comunicación entre los hombres. “en este clima el sí y el no de los labios debe corresponder al sí y al no del corazón” (S. Guijarro).

3) La moral evangélica vivida y enseñada por Jesús a sus discípulos a los que enviará como apóstoles está sostenida por la relación con el Padre de Dios. Tiene profunda incidencia en las relaciones humanas y en la sociedad, pero su fundamento es trascendente.

Permitidme que amplíe esta perspectiva, tomando pie de unas palabras de San Pablo pronunciadas con énfasis: “Es palabra digna de crédito y merecedora de total aceptación que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores y yo soy el primero” (1 Tim. 1, 15). Nuestras acciones, que califican a nuestra persona, poseen una dimensión de orden religioso, que incluye la perspectiva moral, pero la trasciende. Podemos ser no sólo inmorales sino también pecadores. No es sólo quebrantamiento moral de las justas leyes humanas y de la ley inscrita en nuestro interior, sino también rechazo de la voluntad de Dios. La misión de Jesús enviado por el Padre y su obra salvífica tiene que ver con el pecado y la condición pecadora de los hombres. Jesús entregó su vida y derramó su sangre por los hombres “perdón de los pecados” (cf. Mt. 26, 28: Lc. 1, 77: ef. 1, 7). La misión que Jesús nos ha confiado es anuncio del Evangelio del amor misericordioso de Dios, del perdón de nuestros pecados y de la conversión a Dios y a la fraternidad con los demás hombres. Estos días hemos culminado una etapa que nos abre a la siguiente en unidad y esperanza. Han sido días de convivencia fraternal y misionera, de encuentro con Dios y con los demás.

El Evangelio es en todo su recorrido Buena Noticia, llamada del Buen Pastor que nos busca, que generosamente nos ofrece su custodia. Podemos distinguir cuatro pasos en su camino. El Evangelio tiene su fuente en el corazón del Padre Dios, que para sorpresa nuestra nos ama desde siempre (cf. Ef 1, 3 ss; Rom 8, 28-39). Es Buena Noticia anunciar que Dios existe y que nos ama. No le somos indiferentes. El Evangelio en un segundo momento es Jesús en Persona. Anunció la misericordia del Padre que convirtió en praxis diaria por la cercanía a las personas heridas por la vida, a los últimos a los débiles, a los pobres, a los pecadores. El Evangelio es, además, fermento de vida nueva en quien lo recibe con fe y humildad. El Evangelio vence el temor, expulsa la tristeza y alienta la esperanza en las pruebas (cf. 1 Ped 1, 6-9). El Evangelio recibido por la persona se refleja en el rostro, en la relación con los demás, en la victoria sobre el desaliento, la ostentación, la rivalidad, el egoísmo, la vida insípida. La Virgen María fue dichosa por haber creído (cf. Lc 1, 45); es ejemplo del gozo que comunica el Evangelio recibido. Por fin, el evangelizador emite en una onda que hace memoria de Jesucristo, que a la memoria une la gratitud, que al agradecimiento responde anunciando por amor la esperanza que no defrauda porque el Espíritu de Dios es su fuente (cf. Rom 5, 5); sería contradictorio anunciar la Buena Noticia del amor de Dios con un corazón resentido y triste;  no se puede testificar el Evangelio de la paz con rivalidades y desprecios.

Me permito también recordar en esta celebración una dimensión de la esperanza cristiana no siempre atendida. Escuchemos las siguientes palabras: “Si nuestra esperanza en Cristo se limita solo a esta vida, somos las personas más dignas de compasión. Pero Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que murieron” (1 Cor. 15, 19-20). Si todo termina en la muerte, la fe en Jesucristo sería vana y la esperanza fallida. Por el bautismo, que es comunión con Jesucristo muerto y resucitado, hemos ido “regenerados para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable e inmarcesible, reservada en el cielo” (cf. 1 Ped. 1, 3-4). La salvación en Jesucristo tiene una altura y profundidad, una anchura y dilatación hacia el futuro; estas dimensiones desbordan las coordenadas en que se inscribe nuestra vida temporal. Con la esperanza afrontamos serenamente las diversas etapas de nuestra historia; y es una dicha inmensa poder esperar también en el umbral de la muerte, ya que Jesús fue crucificado, resucitó de entre los muertos y está vivo para siempre. Él nos toma de la mano para atravesar la puerta a la eternidad.

4) Queridos hermanos, estamos llamados a seguir a Jesús en cada jornada como discípulos y apóstoles. Comenzaba en la comunicación orante con el Padre; lo continuaba predicando el Evangelio y curando a los enfermos y; al final del día se retiraba de nuevo al monte a orar. Sin convivencia con Jesús, sin oración perseverante y sin amor a los que somos enviados, no habrá auténtica evangelización ni sobrevivirán los evangelizadores. Somos inseparablemente discípulos- misioneros. Tengamos la seguridad de que hay siempre personas que aguardan a un enviado de Dios que le anuncie el Evangelio y les ilumine la vida.

Nos hemos reunido en este Congreso, y ya antes iniciamos un largo itinerario, respondiendo a la convocatoria del señor en favor de su pueblo y de la humanidad. No salimos de aquí a la misión apoyándonos en nosotros mismos. Pero el Señor vence el miedo y abre las puertas. Como el día de Pentecostés, los apóstoles de la primera hora, enardecidos por el Espíritu Santo, salieron a anunciar a Jesucristo con valentía y confianza, así también nosotros, alimentados en la Mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo, nos reconocemos Pueblo de Dios “en salida”, y salimos en su nombre a proclamar con palabras y obras el Evangelio del amor y la reconciliación, la alegría y la esperanza.

Congreso de laicos “Pueblo de Dios en Salida” (14-16 febrero)

Madrid 16 de febrero de 2020

Mons. Ricardo Blázquez Pérez

Cardenal Arzobispo de Valladolid

Presidente de la Conferencia Episcopal Española

 

 

Pueblo de Dios en Salida