Intervención de Isaac Martín

(@laicos2020)

Palabras de Bienvenida de Isaac Martín, laico y miembro de la Comisión Ejecutiva del Congreso. 

Queridos hermanos, queridas hermanas:

Bienvenidos al Congreso de Laicos “Pueblo de Dios en Salida” a todos y cada uno de cuantos nos hemos congregado en este Pabellón de Cristal o nos seguís en streaming o a través de televisión.

Permitidme que me presente. Me llamo Isaac Martín Delgado, soy Profesor Universitario, casado y padre de cuatro hijos, miembro de la Parroquia de San Juan Evangelista de Sonseca, militante de Acción Católica General y Delegado de Apostolado Seglar de la Archidiócesis de Toledo. En definitiva, un fiel laico, como la inmensa mayoría de los que estamos aquí presentes, que trata de vivir su fe en medio de las realidades temporales y tiene un fuerte compromiso en la Iglesia.

Me corresponde daros la bienvenida al Congreso en nombre de la Comisión Ejecutiva que, integrada por dos Obispos (D. Javier Salinas y D. Carlos Escribano), dos sacerdotes (D. Luis Manuel Romero y D. Raúl Tinajero) y una laica y un laico (Doña Pilar Rodríguez Carretero y yo), ha sido el órgano coordinador de todo el proceso que nos ha conducido hasta aquí. Digo bien, ha sido el órgano coordinador, no el órgano impulsor ni el órgano director. Porque los impulsores de este proceso hemos sido todos nosotros y cuantos se han comprometido con el mismo en Diócesis, Parroquias, Asociaciones y Movimientos durante la fase precongresual. Entre todos hemos logrado un objetivo importante: celebrar un Congreso histórico para reflexionar sobre la vocación y misión de los fieles laicos y para dinamizar el laicado en España; un Congreso que está dando ya frutos y está llamado a dar muchos más.

Cuando, en junio de 2018, se nos planteó por primera vez esta idea a los Delegados diocesanos de Apostolado Seglar y Presidentes de Movimientos y Asociaciones, fueron muchas más las dudas que las certezas. Se dudaba, sobre todo, de los tres extremos siguientes: de la capacidad de organizar un Congreso relevante e influyente con tan poco margen de tiempo; de la sinceridad de la afirmación de que se quería que fuese, ante todo, un Congreso de laicos protagonizado por laicos; y de que realmente fuera a ir más allá de un evento que culminara en un libro de actas para poner en nuestras estanterías.

Después de lo vivido en estos meses, podemos decir, con orgullo, que las dos primeras dudas han quedado disipadas y que superar la tercera depende de nosotros.

Efectivamente, en primer lugar, es posible afirmar con rotundidad que los laicos hemos protagonizado este proceso. Lo hemos hecho desde la implicación en su preparación y desarrollo a través de las Comisiones de Logística y Organización y de Contenidos. Pero, sobre todo –y esto es lo más relevante– lo hemos logrado desde la implicación de las Diócesis españolas y de los diferentes movimientos y asociaciones. Más de 37.000 personas integradas en 2.485 grupos hemos participado activamente. ¿Somos conscientes de lo que esto significa? Solo había dos premisas acordadas: marco temporal –debía ser en febrero de 2020, coincidiendo con la finalización del Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal Española– y el tema central –la conversión pastoral y misionera del laicado–. El resto, que es casi todo, lo hemos hecho nosotros, los aquí presentes y otros miles de hermanos nuestros. Seguro que, al recordar interiormente lo que ha sido este proceso en vuestras respectivas realidades eclesiales, coincidiréis conmigo en esta afirmación: ha sido precioso trabajar mano a mano con tantas personas –laicos, religiosos, sacerdotes, Obispos–. Ha sido impresionante comprobar cómo se iban sumando al proceso las distintas Diócesis, alentadas por sus pastores. Ha sido en cierto modo sobrecogedor apreciar la mano de Dios en el proceso y en las personas que hemos participado activamente en él.

Junto con ello, en segundo lugar, resulta también evidente que la vocación y misión de los fieles laicos es el tema central de este Congreso y el eje de todo el proceso. Las reflexiones compartidas con motivo del Documento-Cuestionario preparatorio, el trabajo del Instrumentum Laboris  y el propio contenido del mismo, son muestra de auténtica sinodalidad y resultado de un ejercicio de discernimiento comunitario sin precedentes en la Iglesia española en los tiempos recientes. Nos reconocemos en el contenido de los documentos y en los resultados de la fase precongresual; nos identificamos con lo que vamos a vivir en estos tres días intensos. Todo este proceso es nuestro. Y con él queremos hacer realidad el subtítulo de ambos documentos: “Un laicado en acción: vivir el sueño misionero de llegar a todas las personas”.

Pero sigue planeando en el aire la tercera duda, que es el verdadero reto de nuestro proceso: lograr la consolidación de esta nueva etapa que hemos abierto con motivo del Congreso de Laicos. La respuesta a la misma ya la hemos anticipado: depende de nosotros, que tenemos encomendada la tarea de ser puente entre lo vivido aquí y el resto de hermanos nuestros y, al mismo tiempo, de ser vasos comunicantes entre lo que somos y vivimos como Iglesia y los hombres y mujeres a los que somos enviados. A tal fin, es muy importante ser conscientes de por qué y para qué estamos aquí. Por ello dedicaré unas palabras a presentar el Congreso.

Empezaré diciendo lo que no es. No es un acto reivindicativo del protagonismo de los fieles laicos, porque el protagonismo lo hemos tenido desde el principio, durante todo el proceso, y lo seguiremos teniendo en estos días y después, durante el post-congreso. Hemos actuado con libertad y con responsabilidad. Desde la libertad hemos hablado de nuestras preocupaciones e inquietudes, también de las fortalezas que vemos en nosotros; en un ejercicio de responsabilidad, hemos ofrecido pistas para asumir los retos que hemos identificado y nos hemos comprometido a abrir nuevos caminos para afrontarlos. No desviemos la atención y centremos nuestros esfuerzos en lo importante. Lo importante, en estos días, es cómo dar respuesta a las necesidades que hemos identificado y que se nos presentarán en las ponencias y en las experiencias de las diferentes líneas temáticas que conforman los cuatro itinerarios –Primer Anuncio, Acompañamiento, Procesos Formativos y Presencia en la Vida Pública– que recorreremos mañana.

Este Congreso tampoco es una asamblea para exigir cambios en la Iglesia. Hemos comprendido que el cambio ha de empezar por nosotros mismos y ha de realizarse no desde la crítica, sino desde la acción, en unión con nuestros Pastores, actuando corresponsablemente junto con nuestros hermanos sacerdotes y consagrados. Porque lo que vemos necesario transformar no responde a una forma particular de observar la realidad de un sector u otro de la Iglesia, sino que es consecuencia de un amplio proceso de discernimiento en el que hemos abierto mente y corazón al Espíritu. Resulta evidente que hemos de cambiar cosas en nuestra Iglesia para ser auténticamente Iglesia en Salida. Pero no menos evidente, porque así lo hemos experimentado en este proceso, es que ese cambio ha de hacerse desde las claves de la sinodalidad y el discernimiento. Y, siempre, partiendo de la escucha.

Por no ser, este Congreso ni siquiera es un congreso al uso. No venimos a oír ponencias, sino a trabajar contenidos; el programa no lo conforman ponentes, sino comunicadores de ponencias que han sido elaboradas colectivamente sobre la base de nuestras aportaciones. Es más, una parte de la ponencia final ni siquiera está escrita: la vamos a escribir nosotros, quienes estamos hoy aquí, con nuestras  propuestas.

Os estaréis preguntando, entonces, qué es este Congreso de Laicos. Lo definiré con dos ideas fundamentales:

— Es continuidad del ejercicio de discernimiento sinodal iniciado en la fase precongresual y punto de partida del camino que recorreremos juntos en los próximos años.

— Es una experiencia de comunión, de participación activa en la definición del papel del laicado en la Iglesia y en la sociedad españolas en el momento actual.

Estamos, en definitiva, en un encuentro. Encontrarse es coincidir dos o más personas en un mismo lugar; también compartir puntos de vista sobre una concreta realidad. Nosotros –no dos, sino dos mil doscientos– vamos a coincidir en un mismo espacio durante tres intensos días para ponernos a los pies del Señor, dejarnos guiar por el Espíritu y reflexionar juntos sobre la vocación y misión de los fieles laicos. Pero, junto con ello, vamos a compartir, con sinceridad de corazón y sintiéndonos hermanos, nuestras esperanzas, nuestras inquietudes, nuestras visiones de esta realidad a la que tanto amamos, que es la Iglesia fundada por nuestro Señor y, al mismo tiempo, nuestros sueños acerca de cómo hacer presente el Reino de Dios. Y lo vamos hacer en comunión, poniendo en común lo que nos une, que es la fe en Jesucristo. De aquí saldrán propuestas, porque trabajaremos en grupo; aquí se concretarán iniciativas, a las que daremos continuidad; pero, antes que todo eso, la clave fundamental es que de aquí hemos de salir ilusionados, esperanzados y convencidos.

Ilusionados por la vocación y misión que Dios mismo nos ha encomendado. No somos seglares por defecto, porque Dios no nos haya llamado a ser sacerdotes ni religiosos o religiosas; somos seglares por propia vocación, porque Dios nos quiere así, en coherencia con la llamada transmitida el día de nuestro bautismo. Dios nos quiere laicos y laicas presentes en medio del mundo. Esperanzados porque, aunque somos minoría en la sociedad, tenemos un papel fundamental como enviados al mundo para acompañar a los hombres y mujeres en sus anhelos y necesidades y anunciarles a Jesucristo. Convencidos de que cada uno de nosotros es importante y necesario. No en vano, Dios nos ha confiado esta misión en este concreto momento de la Historia.

Todo ello permite calificar estos días de acontecimiento, de suceso de gran importancia. Para acceder a este espacio hemos debido atravesar lo que hemos llamado “Túnel del tiempo”. En él están reflejados los acontecimientos más significativos que han marcado el curso de la Historia, a nivel social y eclesial, en los últimos ciento cincuenta años. Se trata de un signo que nos ayuda a entender lo que vamos a vivir estos días: en continuidad con lo que somos como Iglesia, teniendo muy presente el pasado y agradecidos por el legado que hermanos nuestros en la fe han construido a lo largo del tiempo, nos hemos de ver como protagonistas de la historia del presente y constructores del futuro. Junto con ello, hemos podido leer en la zona de recepción una frase que no es simplemente una declaración programática, sino pura realidad: queremos que estos días supongan un Pentecostés renovado. Las imágenes, la disposición de este espacio, todo el programa está pensado para tener la experiencia de ser partícipes de ese Pentecostés. En definitiva, hemos de salir de aquí siendo plenamente conscientes de que hemos sido llamados a protagonizar el rumbo de la historia, de nuestra historia.

En este sentido, sabemos que todo depende de Dios. Ahí está la clave del éxito de este proceso y la fuerza transformadora de la realidad que queremos cambiar. Somos conscientes de que hemos de ponernos en actitud de escucha, interrogarnos acerca de qué quiere Dios de cada uno de nosotros; en definitiva, discernir sobre qué ha de cambiar en nuestro propio interior, en nuestras propias comunidades, en nuestra querida Iglesia, para hacer de nosotros auténticos discípulos misioneros; de nuestras comunidades, espacios de acogida e impulso evangelizador; de nuestro mundo, anticipo del Reino de Dios.

Esta ilusión que estamos viviendo aquí y ahora no es un entusiasmo momentáneo. Es experiencia real, sentida y vivida por todos. Si algo ha cambiado en nosotros durante todo este proceso y nos ha movido a identificarnos más con Jesucristo, si algo nuevo ha comenzado a brotar en nuestras comunidades, si nos ha ayudado a convencernos de que no podemos ser Iglesia para nosotros, sino que somos Iglesia para los demás, el esfuerzo ya ha merecido la pena.

Veámonos como enviados. Sintámonos importantes como miembros de la Iglesia. Nuestras Diócesis y Parroquias, nuestros Movimientos y Asociaciones han confiado en nosotros la inmensa tarea de ser enlace entre lo que vamos a vivir en estos días y nuestras comunidades de referencia. Ese es nuestro encargo, nuestra concreta misión, el compromiso que hemos asumido. A llevarlo a cabo nos ayudarán las ponencias, las experiencias y testimonios y los grupos de reflexión. Pero también las celebraciones eucarísticas, la Vigilia de oración y la animación y testimonio de nuestros músicos, así como la posibilidad de ponernos a los pies del Señor en la Capilla de Adoración que hemos preparado para que Él sea el centro de nuestros trabajos. «Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20). Nos hemos reunido dos mil personas en su nombre. Es la presencia del Señor entre nosotros la que garantiza el éxito de nuestros trabajos.

He hablado en nombre de la Comisión Ejecutiva. Formar parte de esta pequeña comunidad ha sido un privilegio. También lo ha sido compartir desvelos con tantos y tan buenos hermanos, sacerdotes, religiosos y laicos, que han integrado las Comisiones de Contenidos y de Organización y Logística o que han apoyado el proceso desde diversos departamentos de la Conferencia Episcopal Española y otros espacios eclesiales. He podido percibir con claridad lo que es verdaderamente la Iglesia. En cada uno de mis hermanos, compañeros de camino en esta apasionante aventura, he visto ejemplo de caridad, de entrega plena a los demás, de donación de la propia vida desde el convencimiento de que estamos cumpliendo la voluntad de Dios. No puedo no darles las gracias, porque, tras estos intensos meses de trabajo, me han ayudado a vivir más plenamente mi ser Iglesia.

Permitidme terminar con una petición y una pregunta. La petición es que dejemos de lado los miedos y eliminemos nuestros prejuicios: se puede ser Iglesia unida; podemos vivir desde la complementariedad las distintas vocaciones en las que se concreta la llamada universal a la santidad; podemos ser testigos, desde el amor, ante tantas y tantas personas que, por diferentes motivos, han dado la espalda a Dios o, sencillamente, se manifiestan indiferentes ante Él. No sólo podemos, sino que debemos. Sabemos que somos vasijas de barro, como nos muestra la imagen de la portada del Cuaderno del Congresista, pero el tesoro que portamos en ellas no es sólo para que lo redescubramos nosotros, sino también para mostrarlo a los demás y que ellos se transformen a sí mismos en nuevas vasijas. La pregunta, que hemos de hacernos individualmente cada uno de nosotros, es qué esperamos de este Congreso. Matizo. No qué le pedimos a estos días o qué deseamos que sea, sino qué esperanza ha generado el mismo en nosotros y en nuestras comunidades de referencia. La esperanza es un estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea. Nosotros buscamos vivir plenamente la vocación a la que hemos sido llamados tanto en la Iglesia como en el mundo. Y lo vemos alcanzable porque confiamos en la promesa que Dios nos ha hecho: la vida eterna.

Muchas gracias a todos y cada uno de vosotros por estar hoy aquí y, sobre todo, por vuestra fidelidad a lo que verdaderamente estamos llamados a ser: Iglesia en Salida.

 

 

Pueblo de Dios en Salida