Acompañar en la soledad

El pasado martes, en la fiesta de la Virgen María de Lourdes, celebrábamos la Jornada mundial del Enfermo. Este año, la Jornada mundial y todo el año nos proponen afrontar la soledad, especialmente ante las situaciones de dolencia. Por eso el lema del año es «Acompañar en la soledad».

Se trata de una propuesta del departamento de Pastoral de la Salud de la Conferencia Episcopal Española y la de la Tarraconense, concretando el lema propuesto por Roma: «Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso» (Mt 11,28).

La soledad es considerada una epidemia del siglo XXI. Según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE 2018), unos cinco millones de personas en España aseguran sentirse solas. Casi la mitad son personas mayores.

Hay que distinguir las diversas situaciones de soledad. Hay una soledad que se podría decir que es buscada, necesaria y saludable. Es muy necesario tener momentos de soledad, de intimidad con uno mismo para conocerse mejor, para «sentir» los sentimientos, para reflexionar sobre lo que estamos viviendo, para experimentar la necesidad del otro –de Dios– y de los otros – las personas–, para tomar decisiones. Si no asumimos y escogemos los momentos y espacios de la propia soledad, será muy difícil afrontar la soledad no deseada, y que percibimos como la sensación de sentirse abandonado y desamparado.

Hay la soledad de los ancianos, la mayoría de los cuales han vivido toda la vida en familia pero que ahora, en una residencia o en su propio hogar, se encuentran muy solos, a pesar de tener a otras personas en su lado. Ellos desean que se les dedique tiempo para compartir, porque ahora sí tienen mucho tiempo, y desean compañía, afecto y ternura. Necesitan comprobar que se les recuerda, que se les escucha, que continúan siendo queridos y que son miembros importantes de la familia.

No podemos olvidar a los ancianos que ya han perdido a sus allegados, y que también necesitan la atención de personas que se convierten de alguna manera en su familia.

La soledad de los enfermos. La dolencia es uno de estos momentos en que más fácilmente se puede experimentar la soledad: la preocupación por la gravedad del diagnóstico, la incertidumbre de la curación, el dolor, las pérdidas en la vida social, quizás del trabajo, de capacidades físicas, la estancia en el hospital… Ciertamente, la dolencia es un momento de experiencia de soledad, tanto si se está acompañado como si se está más solo. Aun así, es muy importante sentirse acompañado en la experiencia de la dolencia respetando la situación de cada enfermo.

Hay que tener presente la soledad de las generaciones que viven enganchadas a sus aparatos móviles y pendientes de las redes sociales, por más que no tengan conciencia de esta soledad. Habrá que acompañarlos para que recuperen las relaciones interpersonales, el trato directo con las personas; para que recuperen el gusto de mirarse, de escucharse, puesto que no es comparable la relación personal y la expresión del rostro con aquello que pueden transmitir los «emoticonos».

Lo he comprobado varias veces: la imagen de un grupo de personas alrededor de una mesa compartiendo una comida, todas en silencio mientras miran sus móviles, supone un verdadero problema de aislamiento, de comunicación, de carencia de relación personal, de individualismo.

Y no hay que olvidar a las personas que, a pesar de estar acompañadas, se encuentran solas. También hay que acompañarlas y paliar estas soledades.

Los cristianos, a semejanza de Jesucristo, estamos llamados a descubrir y a aliviar todas las formas de soledad. Acompañar, estar cerca, entender lo que el otro vive y compartirlo… es una misión urgente.

+ Francesc Pardo i Artigas

Obispo de Girona

Mons. Francesc Pardo i Artigas
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Francesc Pardo i Artigas nació en Torrellas de Foix (comarca del Alt Penedès, provincia de Barcelona), diócesis de Sant Feliu de Llobregat, el 26 de junio de 1946. Ingresó en el Seminario Menor de Barcelona y siguió estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor, de la misma diócesis. Se licenció en Teología, en la Facultad de Teología de Cataluña. Es autor de diversos artículos sobre temas teológicos publicados es revistas especializadas. Recibió la ordenación presbiteral en la basílica de Santa María de Vilafranca del Penedès, el 31 de mayo de 1973, de manos del cardenal Narcís Jubany. El 16 de julio del 2008, el Papa Benedicto XVI lo nombró Obispo de Girona. Recibió la Ordenación Episcopal el dia 19 de octubre del 2008 en la Catedral de Girona, tomando posesión de la diócesis el mismo día.