Parolin: Sant’Egidio, pueblo de «sal y luz»

52 Aniversario Comunidad de Sant'Egidio - Card. Parolin

La «sal y la luz del Evangelio» a difundir en todas las ciudades, empezando por Roma. Y, en particular, esa sal que es la paz «a ser esparcida en muchos países del mundo». Es la vocación que el cardenal secretario de Estado, Pietro Parolin, reconoció el sábado 8 de febrero por la tarde en el «pueblo de Sant’Egidio» –personas de todas las edades, italianos junto con «nuevos europeos» inmigrantes y muchos amigos – que abarrotaron la basílica de San Juan de Letrán durante los cincuenta y dos años de vida de la Comunidad. Celebrando el V Domingo del Tiempo Ordinario, el cardenal destacó que «desde sus primeros pasos, Sant’Egidio eligió llevar el Evangelio a la vida de las personas, para ser sal y luz. Muy jóvenes fueron a las periferias y las habitaron con amor». Sin detenerse en Roma: «Han mirado hacia nuevos horizontes y trazado nuevos caminos en muchas ciudades del mundo, todas necesitadas de sal y luz.

La luz de las buenas obras

«No quiero hablar de lo que hacen -continuó Parolin-, sino señalar el alma de todo ello: la caridad que parte del pobre, de quien ha sido descartado y es la nueva piedra angular”. En un mundo lleno de egoísmo, divisiones y muros, «mientras que demasiados odios viven en las venas de la sociedad», «nuestra respuesta no es la contraposición, sino hacer brillar aún más la luz de las ‘buenas obras’, que cambian, transforman la soledad en comunión, los conflictos en paz, la resignación en esperanza de un nuevo futuro».

Una casa común

Sant’Egidio – añadió el Secretario de Estado – «siente que el mundo debe ser una casa común, una patria universal para todos los pueblos. Esto también se puede ver en la acogida e integración de los refugiados, emigrantes, de los que llegan a Italia a través de los corredores humanitarios». Una comunidad que nació en Roma que vive un “romanismo “ que «no es nacionalismo o cerrazón, reacciones infantiles, después de todo, frente al gran mundo global». Porque «romanismo es universalidad y sólo bajo la bandera de la universalidad puede Roma renacer realmente». El Papa Francisco – continuó – «está ante nosotros. No podemos, ni queremos que esté solo. Esto significa comunicar el Evangelio y hacer el bien, como él lo hace. Nos aferramos a él. Sant’Egidio está a gusto en el camino que el Papa traza. Sigue caminando por los lugares de dolor y de las periferias».

El saludo del Papa

El cardenal Parolin agradeció finalmente al fundador de la Comunidad, Andrea Riccardi, y a su presidente, Marco Impagliazzo: «El Santo Padre me encarga que les traiga sus saludos y les transmita el deseo de que sigan dando frutos de espiritualidad, solidaridad y paz y, como dijo en Mozambique, que manifiesten el amor de Dios, siempre dispuestos a soplar vida y esperanza donde abundan la muerte y el sufrimiento». Y, entre las iniciativas de paz de la Comunidad, recordó el reciente «acuerdo para la apertura de un diálogo en Sudán del sur».

Una ciudad fraternal

Al final de la liturgia, Impagliazzo dirigió un saludo a la asamblea: «Con el Papa, nuestro obispo, soñamos con una Iglesia que sea pueblo de todos, sin exclusiones, para que la misericordia del Señor toque los corazones de todos, sin excepción. La vida en las periferias de Roma y en las periferias humanas y existenciales del mundo nos ha enseñado mucho. Los encuentros con personas de todas las condiciones y proveniencia, año tras año, han sido nuestra escuela: la calle como historia. Quien de nosotros encontró a un pobre, se detuvo a escucharlo, se hizo su amigo, recibió lo que hubiera imaginado». Pero el «sueño» comienza desde la ciudad donde nació la Comunidad: «Hoy miramos al futuro de Roma como una ciudad fraternal. Hacia este sueño se mueve una comunidad en salida hacia las periferias de la ciudad y del mundo».

La fiesta del pueblo de Sant’Egidio

Después de la celebración hubo una fiesta en el patio del palacio de Letrán: ancianos y jóvenes juntos, personas sin hogar, personas con discapacidades, muchas de ellas incluidas en los caminos artísticos y laborales, inmigrantes que han estado viviendo la experiencia de la integración en el tejido social y civil italiano durante años. Un pueblo que siente hoy, aún más, la necesidad de trabajar por la paz, amenazada en demasiadas partes del mundo.

 

 

L’Osservatore Romano