Ante la nueva campaña de Manos Unidas

Queridos diocesanos:

La campaña de Manos Unidas viene lanzada un año más con criterio que es justo reconocer. Para luchar contra el hambre en el mundo no bastan procedimientos de urgencia, que siempre serán necesarios, porque hay que dar de comer al que tiene hambre aquí y ahora, en la circunstancia de cada día, auxiliando al que la padece. Desgraciadamente, en nuestro primer mundo, donde las sociedades del bienestar todo se usa y se desecha para que la producción no decaiga, uno de los contrastes mayores, si no el mayor, con la uniformidad estandarizada de vida que crea el desarrollo económico son los indigentes, las personas que viven en la calle; y los necesitados que acuden a los bancos de alimentos o los comedores sociales sostenidos por la caridad de las parroquias y la generosa entrega de las religiosas y los voluntarios; o los sintecho que se refugian de forma provisional en los albergues puestos por la instituciones municipales; y los inmigrantes ilegales que son instalados en centros de internamiento, que para saciar el hambre de mayor humanidad y dignidad se arriesgan a tantas penalidades.

Las personas que viven en mayor o menor marginación nos recuerdan a los demás que el hambre es una realidad sociológica que no se acaba y que nos remite a regiones del planeta mantenidas en el subdesarrollo. Son éstas las zonas desertizadas, en las que escasea la lluvia y se cuartean las tierras haciéndolas infértiles; y lo son las regiones de extensiones inmensas amenazadas por una explotación de sus recursos naturales, sean los minerales o los bosques, no menos que por el acontecer de los fenómenos atmosféricos y meteóricos que determinan el cambio climático.

Es preciso tener todo en cuenta, sin hacer demagogia, y admitir que es verdad que no todo en el cambio climático se debe a la mano del hombre, pero al admitirlo así, hay que aceptar la evidencia de lo que está sucediendo y ver de qué modo y con qué gravedad el factor humano forma parte muy importante del conjunto de factores del cambio. Si así lo admitimos, estaremos en condiciones de revertir y desasociar de los factores naturales de los ciclos climáticos, la intervención de la mano del hombre que contribuye a desencadenarlos o que agrava su repercusión sobre el planeta. Si logramos con el esfuerzo de todos poner en marcha procesos de reversión ―ya lo estamos sin duda haciendo, aunque sea poco lo todavía logrado—, los fenómenos naturales resultarían menos dañinos tanto para el planeta que habitamos como para la vida de las personas.

Es decir, si conseguimos combustibles menos contaminantes y energías limpias y sostenibles, una razonable planificación y consumo del agua, en sus diversas formas, como recurso básico para la vida; si logramos librar tierras y mares de basuras contaminantes, controlar el desecho de plásticos expuestos a su ingestión por los animales terrestres y marinos, hacer un uso razonable del papel y superar una mentalidad consumistas de usar y tirar, aprovechando la utilidad de múltiple uso de tantas cosas que fácilmente desechamos al primer uso, habremos dado un paso importante en la lucha contra el hambre, aunque no lo parezca.

Sí, un paso importante, porque estaremos comportándonos no movidos exclusivamente por el lucro en la explotación de los recursos naturales, sino de forma humana, teniendo en cuenta las necesidades de la vida, marcada por la rica biodiversidad con la que el Creador adornó la tierra; y prestando la debida atención a las necesidades del medio para albergar la vida y hacer posible una sociedad más humana. Avanzaremos, en suma, un razonable ajuste de los sistemas de producción de alimentos y de su distribución a las necesidades de la humanidad.

Manos Unidas nos quiere hacer caer en la cuenta de la íntima relación que existe entre la pobreza y el deterioro del planeta, el deterioro agresivo de las aguas y la desertización y la infertilidad de regiones que han venido siendo lugares que han albergado la vida del hombre y han dado soporte alimenticio a poblaciones hoy reducidas a la marginación. De esas tierras hemos de preocuparnos, algunas africanas vastísimas como la cuenca fluvial del Congo, o americanas esquilmadas por la fiebre depredadora de multinacionales irreductibles en su voracidad, como en la Amazonía. Dos regiones estándar en el planeta hoy de actualidad por ser objeto de esquilmo, siendo así que albergan ricos ecosistemas de vida, al tiempo que encierran recursos materiales cuantiosos. Regiones que son hoy escenario de particular atención para el magisterio del Santo Padre, que advierte sobre la preocupación que suscitan por su importancia para el futuro del planeta y de la humanidad, según criterio de los expertos.

Se nos llama a una colaboración que hemos de llevar a cabo, ciertamente, sin caer en el absurdo de recluir a sus pobladores en una especie de reserva que sería tanto como condenarlos al neolítico, negarles su derecho fundamental al progreso material y espiritual que humaniza y desarrolla las potencialidades humanas dadas por el Creador a la humanidad con la inteligencia. Nadie puede ignorar que la inteligencia es la facultad del alma llamada a regir el proceso del desarrollo material y espiritual de la humanidad. Nadie deja de considerar de forma inmediata y cotidiana que el proceder de la razón natural es resultado de ser facultad dada por Dios para que el hombre sea un ser verdaderamente humano, regido con criterio de moralidad que le permite distinguir entre el bien y el mal.

En este sentido, Manos Unidas llama a considerar cómo la desnaturalización de la inteligencia por una voluntad ávida de dominio y posesión, atraída por el lucro, concupiscencia del hombre pecador, va contra el plan de Dios, amenaza el planeta y lleva a la marginación de los pobres de la tierra. Denunciando el esquilmo extremo de los recursos naturales, Manos Unidas tiene toda la razón en afirmar: «Quien más sufre el maltrato del planeta no eres tú», porque hoy es obvio para todos que son los pobres. ¿Cómo no prestar atención a las reflexiones morales que el Papa Francisco nos ha ofrecido sobre el cuidado de la tierra como «casa común» de la humanidad, reflexiones que emergen de los fenómenos económicos y sociales que están determinando el cambio climático? Se ha de escuchar su llamada de atención sobre un modo de explotación de las riquezas de la tierra que rompe la armonía de una producción verdaderamente humana, respetuosa con los múltiples ecosistemas en los que se asienta la vida de las especies, que ha de ser regida por el hombre.

En efecto, si no hacemos caso al lema de Manos Unidas para esta campaña: «Colaborar está en tu mano», entonces, tal como dice el Papa, «podemos ser testigos mudos de gravísimas inequidades cuando se pretende obtener importantes beneficios haciendo pagar al resto de la humanidad, presente y futura, los altísimos costos de la degradación ambiental» (Francisco, Encíclica sobre el cuidado de la casa común Laudato sí’, n. 36).

Se trata, en efecto, de poner manos a la obra de nuestra colaboración, por humilde que sea, para que del cuidado de la casa común la humanidad obtenga la mesa compartida que no deje a nadie sin un puesto en ella.

Con todo afecto y mi bendición.

 

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

Mons. Adolfo González Montes
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MONSEÑOR ADOLFO GONZALEZ MONTES nació en Salamanca en 1946. Sacerdote desde 1972, ejerció su ministerio en la parroquia de Santo Tomás de Villanueva. Fue Capellán de la Universidad Pontificia de Salamanca, además de Director espiritual y miembro del equipo de formadores durante dos años del Colegio Mayor Santa María de Guadalupe, de dicha Universidad Pontificia. Doctor en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca, fue profesor y desde 1988 catedrático de Teología Fundamental. En 1997 fue nombre obispo de Ávila por Juan Pablo II. El 15 de abril de 2002 es nombrado Obispo de Almería y tomó posesión canónica de la diócesis el 7 de julio. En febrero de 2005 es elegido Presidente de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales de la Conferencia Episcopal Española, formando parte desde entonces de la Comisión Permanente de la misma. En la XCI Asamblea Plenaria celebrada del 3 al 7 de marzo de 2008 es reelegido Presidente de la misma Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales de la Conferencia Episcopal Española y miembro de su Comisión Permanente. El 2 de noviembre de 2005 fue elegido en la LXXXV Asamblea Plenaria de la CEE representante de la Conferencia Episcopal Española en la Comisión de Episcopados de la Comunidad Europea (COMECE), con sede en Bruselas.