Un debate muy poco debatido (III)

Hacemos un poco de historia en este debate. La petición de eutanasia por parte de los enfermos que sufren consta desde el principio de la medicina, puesto que ya figura en el Juramento Hipocrático el rechazo explícito del médico a practicar esta petición. Se deduce de ello sencillamente que el médico está para curar y, mientras llega la muerte tras haber recibido el paciente los cuidados paliativos convenientes, el médico y los profesionales sanitarios ayudan al paciente, junto con la familia, a la aceptación de su muerte, sin encarnizamiento terapéutico. Pero médico y paciente han luchado por mantener la vida hasta donde es posible.

Sin embargo, en el último siglo se ha promocionado por medio de asociaciones y movimientos la aprobación legal de la eutanasia, así como la del suicidio asistido. De hecho, nuestro gobierno o, más precisamente, el grupo parlamentario socialista ya han anunciado que la ley de la eutanasia será una de las propuestas de ley más urgentes en la actividad parlamentaria. No es, pues, esta afirmación una simple deducción mía arbitraria. Está en todos los medios. Y ya sabemos que en España enseguida sube en el ranking de preferencias lo que se ponen de moda o parece progresistas. De modo que lo que se convierte en correctamente legal por la aprobación del Parlament o rápidamente se convierte en moralmente aceptable. Sobre todo, si no hay debate y el aparato de mayoría, con los medios bien utilizados, se impone sin más.

La aceptación, pues, de la eutanasia, ¿es un signo de civilización y meta a alcanzar porque es un derecho humano? La eutanasia es ante todo un pecado grave y dañino. Signo de civilización es justamente lo contrario. La fundamentación de la dignidad de la persona humana, con independencia de cualquier otra circunstancia como raza, sexo, religión, salud, edad, habilidad manual, capacidad mental o económica, va directamente en contra de la eutanasia. Ni la eutanasia ni el suicidio asistido hacen a la sociedad mejor ni más libre, ni son expresión de verdadero progreso. Eso es lo que se quiere ofrecer a la sociedad española, como si no tuviéramos problemas más urgentes que solucionar. Cuando he escrito alguna vez en el pasado sobre la posibilidad de una ley de legalización de la eutanasia, ya dije que esa ley sería una ley de un capitalismo salvaje, donde prevalece el dinero que la ley ahorrará al Estado o la sanidad pública.

Por añadidura, el ser humano no pierde la dignidad por sufrir. No se trata de sufrir por sufrir. Hay que cuidar al que sufre. Por ello mismo es contradictorio defender la eutanasia en una época como la nuestra, en la que la medicina ofrece alternativas, si se utilizan los cuidados paliativos, como nunca hasta ahora. Para tratar y cuidar a los enfermos con la última fase de sus vidas no hace falta recurrir a un ensañamiento terapéutico; basta con habilitar más camas y atención para que sea posible los cuidados suficientes para que una persona viva y llegue a su muerte con paz.

Nada más pernicioso, pues, que introducir razones ideológicas para justificar la eutanasia. Ya sé que está en el programa político de varios partidos políticos, pero cumplir ese programa es extremadamente grave y denota poca atención a lo que está viviendo la gente, aunque se utilicen argumentos que parecen humanos y son antihumanos, porque atentan contra la dignidad humana.

El crecimiento de las actitudes eutanásicas es probable que se deban en nuestra sociedad a no conjuntar bien dos factores: por un lado, los avances de la ciencia en la prolongación de la vida de hombres y mujeres; y, por otro, el ambiente cultural que considera el dolor y el sufrimiento como males, que se deben eliminar a toda costa. Podría replicarse que es normal en personas que no tiene una visión trascendente de la vida la aceptación de la eutanasia con una ley. Pero, ¿acaso para los que no creen la persona deja de tener su dignidad? Sería triste que se utilizara solo el criterio de la increencia para defender la eutanasia y el suicidio asistido. Hay, pues, que debatir mucho en este campo y no basarse solo en mayorías parlamentarias, sin buscar otras soluciones, que en este tema existen.

 

 

+ Braulio Rodríguez Plaza

Administrador Apostólico de Toledo

 

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.