Hermanos, porque Dios es Padre

2019.11.22 Encuentro con líderes cristianos y otros líderes religiosos. (Vatican Media)

Dios llora por los hijos que sufren, porque es Padre. El Papa habló de ello en la Misa en Santa Marta, comentando el dolor desgarrador de David por la muerte de Absalón, el hijo rebelde que había luchado con él para ascender a su trono. En lugar de celebrar la matanza de los que lucharon contra él, David lloró porque hubiera preferido morir en lugar de su hijo. «Este grito de David – observa el Papa – es un hecho histórico pero también es una profecía. Nos hace ver el corazón de Dios, lo que el Señor hace con nosotros cuando nos alejamos de Él, lo que el Señor hace cuando nosotros nos destruimos por el pecado, desorientados, perdidos. El Señor es padre y nunca niega esta paternidad… Es tan grande el amor de padre que Dios tiene por nosotros que murió en nuestro lugar. Se hizo hombre y murió por nosotros». El Papa nos invita a mirar la Cruz, allí donde Dios ha vencido el pecado del mundo: nosotros encontramos ese grito de Dios cuando vamos a confesar nuestros pecados. La confesión no es como «ir a la tintorería» para quitar una mancha, sino «es ir al padre que llora por mí, porque es padre».

Si Dios es Padre, nosotros somos hermanos. Francisco recordó en un Video Mensaje el Documento sobre la Fraternidad Humana, firmado hace un año en Abu Dabi con el Gran Imán de Al-Azhar: «Hoy celebramos el primer aniversario de este gran evento humanitario, con la esperanza de un futuro mejor para la humanidad, un futuro libre de odio, del rencor, del extremismo y del terrorismo, en el que prevalezcan los valores de la paz, el amor y la fraternidad». Francisco saluda «a todas las personas que en la humanidad ayudan a sus hermanos pobres, enfermos, perseguidos y débiles, sin importar su religión, al color o la raza a la que pertenecen», hombres y mujeres «que en este mundo encarnan el amor a través de acciones y sacrificios hechos por el bien de los demás» por muy diferentes que sean en cuanto a religión o pertenencia étnica y cultural. En un tweet, afirma que la Declaración de Abu Dabi «ha escrito una nueva página en el diálogo entre las religiones y las personas de buena voluntad». El Documento es un fuerte compromiso que llama a cada creyente «a ver en el otro a un hermano a quien sostener y amar» y a no usar jamás «el nombre de Dios» para matar. El Papa y el Gran Imán recuerdan que «la libertad es un derecho de toda persona: todos disfrutan de la libertad de creencia, de pensamiento, de expresión y de acción. El pluralismo y la diversidad de religión, de color, de sexo, de raza e de idioma son una sabia voluntad divina». Por esta razón se condena el hecho de «obligar a la gente a adherirse a una determinada religión o cultura, así como imponer un estilo de civilización que otros no aceptan». El Documento también define «una necesidad indispensable de reconocer el derecho de la mujer a la educación, al trabajo, al ejercicio de sus derechos políticos», tratando de «liberarla de las presiones históricas y sociales contrarias a los principios de su fe y dignidad». Aún queda mucho por hacer en el camino de la fraternidad, porque el egoísmo está en el corazón del hombre, pero hay acontecimientos importantes que, como signos de los tiempos, trazan nuevos caminos en la historia de la humanidad.

La fraternidad universal es un valor que el cristianismo está  difundiendo durante 2000 años en la historia y en las culturas de todos los pueblos. Hay quienes tienen mayor responsabilidad en esta labor de promover la fraternidad. «Roma vivirá su vocación universal sólo si se convierte cada vez más en una ciudad fraterna»: el Papa en su Mensaje leído ayer en la apertura de las celebraciones del 150 aniversario de Roma como capital de Italia. Una ciudad fraterna, universal, inclusiva, abierta al mundo. «En la escena internacional, llena de conflictos – subraya Francisco – Roma podría ser una ciudad de encuentro», no sólo «una ciudad de belleza única» sino «un gran recurso para la humanidad». Comentando la proclamación de Roma como capital, cita al Cardenal Montini que lo definió un acontecimiento providencial, aunque en aquel momento «suscitó controversias y problemas» porque «parecía un colapso… para el dominio territorial pontificio», pero «cambio Roma, Italia y la propia Iglesia: comenzaba una nueva historia». En su mensaje recuerda tres momentos de la historia de Roma. En primer lugar la ocupación nazi de la ciudad, entre 1943 y 1944, con «la terrible cacería para deportar a los judíos». Fue la Shoah vivida en Roma. En ese momento, la Iglesia – observó Francisco – fue un espacio de asilo para los perseguidos: cayeron antiguas barreras y dolorosas distancias». De esos tiempos difíciles – escribe – sacamos «la lección de la eterna fraternidad entre la Iglesia Católica y la Comunidad Judía». Luego recuerda los años del Concilio Vaticano II, de 1962 a 1965, cuando la ciudad «brilló como un espacio universal, católico y ecuménico». Se convirtió en una ciudad universal de diálogo ecuménico e interreligioso, de paz». El tercer momento que el Papa recuerda es la llamada conferencia sobre los «males de Roma» de febrero de 1974, querida por el entonces Cardenal Vicario Ugo Poletti: «En las participadas asambleas del pueblo, nos pusimos en escucha de la esperanza de los pobres y de las periferias. Allí, se trató de universalidad, pero en el sentido de la inclusión de las periferias. La ciudad debe ser la casa de todos. Es una responsabilidad aún hoy: las actuales periferias – subraya el Papa – están marcadas por demasiadas miserias, habitadas por grandes soledades y pobres de redes sociales». La fraternidad es la cercanía concreta a los que más tienen necesidad.

 

 

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