Presentación del Señor. ¿A quién o a qué dedicamos u ofrecemos nuestra vida?

Para cumplir con la ley judía, todo primogénito tenía que ser consagrado a Dios, presentado en el templo de Jerusalén y a continuación ser rescatado con la ofrenda correspondiente. En aquella ceremonia, dos ancianos, Simeón y Ana, bendicen a Dios y profetizan que el niño es el Salvador, luz de las naciones.

Precisamente recordando el hecho de la presentación de Jesús celebramos la jornada de la vida consagrada, y yo añado la de los padres practicantes. Recordando aquellos dos ancianos, Simeón y Ana, que acogieron a Jesús, a la vez también recordamos en esta fiesta señalada a los abuelos y a las viudas, puesto que Ana era viuda. Permitidme, pues, algunas indicaciones para que esta fiesta nos estimule a todos a vivir nuestra relación con Dios.

Jesús se encarnó con todas las consecuencias de la religión de su pueblo, incluidas las de pasar por las prescripciones legales. Pero hay que preguntarnos qué sentido tuvo para su vida su “consagración a Dios desde la niñez”, para darnos cuenta de qué puede significar para nuestra vida.

Ser consagrado a Dios, o presentado, no es únicamente un acto de piedad, sino que es una elección para la vida y para la manera de vivirla. Ser consagrado a Dios es aceptar ser suyo, no como objeto de su propiedad, sino como hijo que se le confía completamente.

– Esta donación confiada significa que no se acepta ningún otro dios en quién confiar, a quién amar, servir y adorar. Es la opción de no abandonarse a otros dioses como pueden ser los bienes materiales, el poder, la fama o la propia ideología.

– Ser presentado al Señor se convierte en un regalo de Dios para los hombres, puesto que Dios no busca “coleccionar personas” a su servicio, sino enviar a aquellos que se ponen en sus manos para que sean servidores de las personas.

– Algunos se ofrecen al dios dinero buscando siempre el máximo rendimiento económico sin ningún escrúpulo ni consideración ética o moral; especulan siempre que pueden y defraudan la aportación que les corresponde para el bien común de los ciudadanos.

– Otros se ofrecen al dios consumo en los templos de los grandes supermercados, en los pubs de moda, o en los ambientes donde pueden encontrar alcohol y droga.

– Ciertamente, hay que trabajar para ganarse el pan y realizarse, pero también se puede convertir el trabajo en un nuevo dios al cual hay que agradar, sin más tiempo para nada ni para nadie, tanto si se trata de la familia o de otras responsabilidades.

– Buscar el poder por encima de toda otra consideración significa convertirlo en un dios al cual hay que servir sacrificando a menudo los propios criterios y manipulando la verdad.

– Tenemos muchas posibilidades de convertir nuestros deseos en pequeños o grandes dioses a quien sacrificarlo todo.

Pensemos sobre el dios o dioses a los cuales nos estamos ofreciendo cada día en el trabajo, en casa, en el tiempo libre, y en tantos otros momentos.

Reflexionemos si estos ofrecimientos a los dioses que nos fabricamos nos liberan o nos convierten en esclavos.

Y decidamos si no vale más la pena ofrecernos al Dios de Jesús, que no esclaviza ni deshumaniza, sino que libera, salva y da vida.

Entre tantas personas que se han ofrecido a Dios, hoy hay que valorar a las que le han consagrado su vida, a los ancianos que le han sido siempre fieles, y a los padres que se le ofrecen y también le ofrecen a sus hijos.

+ Francesc Pardo i Artigas

Obispo de Girona

Mons. Francesc Pardo i Artigas
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Francesc Pardo i Artigas nació en Torrellas de Foix (comarca del Alt Penedès, provincia de Barcelona), diócesis de Sant Feliu de Llobregat, el 26 de junio de 1946. Ingresó en el Seminario Menor de Barcelona y siguió estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor, de la misma diócesis. Se licenció en Teología, en la Facultad de Teología de Cataluña. Es autor de diversos artículos sobre temas teológicos publicados es revistas especializadas. Recibió la ordenación presbiteral en la basílica de Santa María de Vilafranca del Penedès, el 31 de mayo de 1973, de manos del cardenal Narcís Jubany. El 16 de julio del 2008, el Papa Benedicto XVI lo nombró Obispo de Girona. Recibió la Ordenación Episcopal el dia 19 de octubre del 2008 en la Catedral de Girona, tomando posesión de la diócesis el mismo día.