Homilía de Mons. Juan del Río en el funeral por el alma de su alteza real la Infanta Dña Pilar de Borbón

Majestades Reyes de España, Majestades Don Juan Carlos y Doña Sofía, hijos, nietos y familiares de la difunta S.A.R. Doña Pilar, autoridades del Gobierno de España, representaciones: Civiles, Militares, Académicas, Casas Reales, Ordenes Militares. Comunidad de PP. Agustinos. Hermanos y hermanas.

“El Señor es mi pastor, nada me falta. Aunque camine por cañadas oscuras nada temo porque Tú vas conmigo”.

Nos reunimos en esta Basílica del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial tan cargado de historia de España, para celebrar la Misa Funeral con motivo del fallecimiento de Doña Pilar de Borbón y Borbón, Duquesa de Badajoz, nieta del rey Alfonso XIII y de Doña Victoria Eugenia, hija de Don Juan de Borbón y de Doña María de las Mercedes, hermana del Rey Don Juan Carlos y de Doña Margarita, tía de las Infantas Doña Elena y Doña Cristina y de SM el Rey Felipe VI, viuda que fue de D. Luis-Gómez Acebo y Duque de Estrada, madre de cinco hijos: Dª. Simoneta, D. Juan, D. Bruno, D. Beltrán, y D. Fernando y muy querida por sus nietos y familiares.

S.A.R. vivió sus 83 años con un gran sentido de la realidad social y cultural en las diversas etapas de su fecunda vida. En todo momento, se mostró como una persona cercana y discreta a la vez, supo amar con ternura y lealtad a los suyos, generosa siempre en el compromiso con los más pequeños y necesitados, pero sobre todo Doña Pilar era una fiel servidora de España y de la Corona. Contó con la amistad de la Reina Doña Sofía. Apoyó a su hermano el Rey Juan Carlos y se sintió orgullosa de que llevase a cabo la tarea histórica de la reconciliación de los españoles, con la instauración de la Monarquía parlamentaria, en la que tanto soñó su padre Don Juan, el Conde de Barcelona. Así en muchas ocasiones, mostraba la alta consideración, admiración y estima por los Reyes actuales y sus hijas la Princesa de Asturias Doña Leonor y la Infanta Doña Sofía. Digamos que fue una gran mujer de su tiempo, una esposa enamorada, una madre sacrificada, una abuela espléndida. En definitiva: una insigne Infanta de España.

La visión católica impregnará sus sentimientos y acciones en la vida ordinaria y en sus actuaciones públicas. Una prueba de ello sucedió al final de la Misa familiar de las pasadas Navidades, cuando sus hermosos ojos azules se quebraron de emoción en el beso de adoración que depositaba en la bella imagen del Niño Jesús. Era el gesto de una mujer creyente, de una magnífica persona, que desde su naturalidad y sencillez llevaba con verdadera reciedumbre y fe cristina la sentencia de la enfermedad maligna, que días después le conduciría “hacia las fuentes tranquilas” (Sal 22) de la Casa del Buen Padre Dios.

La Palabra del Señor que se acaba de proclamar, nos ha situado en lo nuclear de la propuesta cristiana: el ser humano está llamado a una plenitud que no se alcanza en este “valle de lágrimas” terrenal. El espíritu interior que llevamos nos dice que somos “hijos de Dios” (Rom 8,16), y que por lo tanto, estamos llamados a la vida eterna. No todo se acaba en la pura descomposición de este cuerpo mortal, hay algo dentro de nosotros que se revela ante la idea de que caminamos sólo hacia la nada y el vacío total.

Ese anhelo de eternidad y felicidad del corazón humano, solo se colma en el encuentro personal con Dios, al estilo de los discípulos de Emaús que descubrieron al gran Viviente, Jesucristo, Muerto y Resucitado, como el único que resuelve el enigma de la vida y del más allá. Aquellos amigos de Jesús cuando cenaron con Él, “al partir el pan”, se dieron cuenta que la muerte había sido vencida y que su Maestro había resucitado. También nosotros, en esta celebración eucarística por el eterno descanso del alma de nuestra hermana Pilar, proclamamos que la “muerte no es el final del camino” y como los apóstoles reunidos en Jerusalén decimos: “Verdaderamente ha resucitado el Señor” (Jn 24,13-34).

Frente a la promesa de salvación de que “este cuerpo corruptible se tiene que vestir de incorruptibilidad” por la resurrección de Jesucristo, San Pablo nos dirá que los trabajos, dolores y sufrimientos de esta vida “no pesan lo que la gloria de que un día se nos descubrirá…porque si sufrimos con él, seremos también glorificados con él” (Rm 8, 14-23). La vida de la Infanta Doña Pilar no estuvo exenta de exilios, angustias y pruebas muy diversas. No solo experimento el dolor humano, sino que hizo mucho bien a toda clase de personas: niños, mujeres, adultos…su solidaridad es por todos conocida, pero la discreta caridad evangélica que “no sepa la mano derecha lo que hace la izquierda” (Mt 6,3), está escrita en el Libro de la Vida de Dios.

Pero si por la débil condición humana que todos tenemos, tuvo sus fallos y errores, que Cristo, al que confesó como su Salvador y Redentor, tenga misericordia de sus pecados y le conceda la paz de los justos. En esta confianza ella vivió, y pedía en sus oraciones que este tesoro de la fe católica permaneciera en su familia en las futuras generaciones. Por eso, queridos hijos de Doña Pilar, nietos y demás allegados, recoged este testimonio de entrega y amor a España. ¡Tened los ojos abiertos y el corazón consolado! ¡Esperad en el Señor, sed valientes, tened ánimo, confiad siempre en Dios! (cf. Sal 26, 14).

 

+Juan del Río Martín
Arzobispo Castrense de España