«La Palabra de Dios nos hace, nos embellece, nos alimenta, nos forma en la vida en Cristo»

El Papa Francisco ha instituido el DOMINGO DE LA PALABRA DE DIOS, el III del Tiempo Ordinario, que este año de 2020, D.m., se celebrará el 26 de este mes de enero. Para prepararnos, ha escrito una carta apostólica en la que comienza haciendo referencia al diálogo del Señor Resucitado con los dos discípulos que iban de vuelta a Emaús. A estos, como sabéis, con las palabras de Jesús se les abrió la mente y el corazón para poder comprender la Sagrada Escritura, en lo que se refería al misterio pascual de Jesús, que, por lo que ellos habían podido percibir, tanto les había decepcionado. “Sin la Sagrada Escritura, los acontecimientos de la vida de Jesús y de su Iglesia en el mundo permanecen indescifrables” (Aperuit Illis, 1).

El Papa nos hace ver en esta carta que la Sagrada Escritura es intensamente vital para que un cristiano pueda conocer, amar y seguir a Jesucristo, y para escuchar el diálogo constante de Dios con nosotros. Ese diálogo es un tesoro inagotable, que hemos de saber escuchar en sus muchos matices y colores, que siempre son inabarcables. Por eso, lo que Dios nos quiere decir lo comprenderemos mejor, y de un modo más completo, si lo escuchamos en la comunión de la Iglesia. La Sagrada Escritura, leída en una escucha y comprensión comunitaria, nos ha de acompañar en el camino de la fe, en el camino del desarrollo responsable y humilde de nuestra vida cristiana. En cualquier edad, momento y situación, la Palabra de Dios nos hace, nos embellece, nos alimenta, nos forma en la vida en Cristo. En definitiva, nos hace felices, porque “dichoso el que escucha la Palabra de Dios y la cumple”. Por eso, escribe Francisco: “que nunca falte en la vida de nuestro pueblo esta relación decisiva con la Palabra viva que el Señor nunca se cansa de dirigir a su Iglesia”.

Es tanta la importancia y el valor de nuestra relación con la Palabra, que el Santo Padre nos invita a vivir este Domingo como un día especialmente solemne, y yo os diría que, también, especialmente significativo; por lo que no nos deberían de faltar gestos y signos que hagan expresiva y visible la celebración. Se trata de hacer evidente a la asamblea, que se reúne para celebrar la Eucaristía, el valor que tiene la Palabra de Dios. Recuerda, por eso, el Papa varios modos de hacer esto: entronizar la Palabra; destacar con especial énfasis su proclamación; adaptar la homilía al valor y significado del servicio de la Palabra; formar a los fieles para que la lean, la conozcan y sean animadores de su escucha. Por supuesto, no debería de faltar la entrega o bendición de la Biblia, con una recomendación especial en ese domingo de su lectura, profundización y oración en la vida diaria y, en especial, en la lectio divina, que hay que practicar para así gustar la Palabra del Señor.

Lo que realmente se busca para ese Domingo, y para siempre, es que el pueblo cristiano vaya tomando, poco a poco, posesión de lo que es patrimonio de todos. Es un derecho y, naturalmente, un deber el poder escuchar la Palabra de Dios, comprenderla y reconocernos en ella para que dé fruto abundante en nosotros. Es por eso, que las comunidades cristianas, en especial en este año de pastoral de nuestra Diócesis, hemos de poner el máximo empeño en encontrarnos en comunidad y unidos para buscar en la Palabra el alimento que cada cual necesite.

Las comunidades no han de dar por supuesto que el servicio de promover la escucha de la Palabra ya se hizo en su momento y con eso debería de bastar. Ese servicio hay que ofrecerlo permanentemente en sus distintas formas y niveles: al que necesita ser iniciado, semanas o cursos bíblicos de iniciación a la lectura de la Palabra; al que quiera orar y meditar con la Palabra, la lectio divina; al que quiera iluminar y orientar su vida, recomendar la lectura personal o comunitaria de la Palabra de Dios. Es el mejor modo de que la Sagrada Escritura tenga el protagonismo que merece, ocupe el lugar central que le corresponde en la vida litúrgica, en especial en la Eucaristía y los sacramentos, y en toda la actividad pastoral de la Iglesia.

Es necesario e imprescindible hacer una Pastoral Bíblica, que consiste en el esfuerzo por resaltar el puesto central de la Palabra de Dios, no en yuxtaposición con otras formas de pastoral, sino como animación bíblica de toda la pastoral” (Verbum Domini 73).Es todo aquel trabajo que realiza la comunidad eclesial en torno a la Sagrada Escritura, su lectura, interpretación, celebración y vivencia con el fin de que ella sea sustento y vigor de la Iglesia, fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de vida espiritual” (DV 21).

Si alguno aún se preguntara porqué digo esto con tanto interés, urgencia y énfasis, habéis de saber que lo digo haciéndome eco de algo esencial y vital: la Sagrada Escritura y la fe están en una relación directa la una de la otra. La fe procede de la escucha y la escucha está centrada en la Palabra de Cristo. “La fe nace del mensaje que se escucha, y la escucha viene a través de la Palabra de Cristo” (Rm 10,17). No hay, por tanto, posibilidad de establecer una relación personal con Jesucristo, que eso es la fe, si no es por la escucha de su Palabra, tanto en la acción litúrgica como en la oración y la reflexión personal.

Si estamos de acuerdo con lo dicho, y no encuentro razón alguna para que no lo estemos, empeñémonos todos en una Pastoral Bíblica sería, adecuada y progresiva. Si lo hacemos no se cumplirá nunca en nosotros la advertencia que nos hacía San Jerónimo: “la ignorancia de la Escritura es ignorancia de Cristo”. Si me lo permitís, queridos laicos, os digo que nos revelemos ante los que jamás nos recomiendan el contacto personal, íntimo y directo con la Sagrada Escritura y, sobre todo, si no lo hacen por la única razón que es inadmisible: porque esto antes no se recomendaba. Sin la Escritura no se fortalece una fe personal, sólida y discernida en cada situación en la que nos encontremos en la vida.

Para romper con la inercia, que quizás haya aún en algunas de nuestras parroquias, hemos de poner un gran empeño en celebrar este DOMINGO DE LA PALABRA. Recibiréis iniciativas diversas desde el Secretariado de Pastoral Bíblica. También, algún material que nos ha llegado desde la Conferencia Episcopal Española, que pondremos en vuestras manos, y lo demás que se ha preparado en la Diócesis. Son sugerencias para la celebración de esta Jornada; pero, también, se enviarán iniciativas para el desarrollo de una Pastoral Bíblica en las parroquias a lo largo de este año que, para nosotros está especialmente dedicado a la Palabra de Dios, como habéis podido conocer por el Plan Diocesano de Pastoral.

A algunos os recomiendo que sigáis haciendo lo que ya hacéis, que en algunos casos es bastante, y en otros casos, animo a que se inicie, progresivamente, una pastoral formativa que anime la lectura, la oración, la reflexión a partir de la Palabra. Esto estará abierto a todos, pero no dejéis de participar los que tenéis alguna responsabilidad en la Iglesia. Sin esta formación de lo esencial no es posible llevar a cabo la misión encomendada. Todo lo que hagáis habrá de estar inspirado por la Palabra de Dios, fuente y luz de nuestra fe y vida cristiana.

Que ninguno olvide que cualquier acción de la Iglesia ha de encontrar su inspiración en el Evangelio; por eso, esta invitación está dirigida a los miles de cofrades que hay en el conjunto de nuestras parroquias; a los numerosos catequistas que siempre han de tener la Palabra como fuente y referencia del mensaje que transmiten. También, a los voluntarios y voluntarias de Cáritas, que sin la Palaba no encontrarán la motivación que necesitan para encontrar a Cristo en el hermano necesitado; a los que animan la vida liturgia en cualquiera de sus servicios, porque sin su formación y vida, la Palabra no sonará bien y con vida. A los que visitan y se acercan a los enfermos para encontrar la palabra de esperanza, esa que sólo en la de Dios podemos inspirar. A los acompañantes de grupos en infancia y juventud, para que todos vean que sólo son mediadores entre ellos y la Palabra de Cristo que les hace vivirla. A los que animan los grupos de mayores; a los que animan la pastoral familiar y el servicio a la vida y a la dignidad de la persona; a los que están cerca de los marginados sociales; a los que están llamados a ser apóstoles en el mundo del trabajo… y, sobre todo, a cuantos comparten el sueño misionero de llegar a todos, que descubráis que, sin la Palabra de Dios, es imposible que ese sueño se mantenga activo en su ilusión, en su audacia y en su impulso.

Con mi afecto y bendición.

 

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

 

Mons. Amadeo Rodríguez
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Mons. Amadeo Rodríguez Magro nació el 12 de marzo de 1946 en San Jorge de Alor (Badajoz). Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Badajoz, del que luego sería formador. Recibió la ordenación sacerdotal el 14 de junio de 1970. Su primer destino pastoral fue de coadjutor de la parroquia emeritense de San Francisco de Sales (1970-1974), de la que posteriormente sería párroco (1977-1983). Tras obtener la licenciatura en Ciencias de la Educación (sección Catequética) en la Universidad Pontificia Salesiana de Roma (1983-1986), D. Amadeo fue nombrado por su Obispo, D. Antonio Montero, vicario episcopal de Evangelización y director de la Secretaría Diocesana de Catequesis (1986-1997), siendo también designado vicario territorial de Mérida, Albuquerque y Almendralejo; y finalmente vicario general (1996-2003). Fue además secretario general del Sínodo Pacense (1988-1992) y secretario de la conferencia de Obispos de la Provincia Eclesiástica de Mérida-Badajoz (1994-2003). En 1996 fue nombrado canónigo de la Catedral de Badajoz, cuyo cabildo presidió de 2002 a 2003. Realizó su labor docente como profesor en el Seminario, en el Centro Superior de Estudios Teológicos, en la escuela diocesana de Teología para Laicos (1986-2003) y de Doctrina Católica y su Pedagogía en la Facultad de Educación de la Universidad de Extremadura (1987-2003). También formó parte del consejo asesor de la Subcomisión Episcopal de Catequesis de la Conferencia Episcopal Española. El 3 de julio de 2003 San Juan Pablo II le nombra obispo de Plasencia y recibe la ordenación episcopal en la Catedral de Plasencia el 31 de agosto de 2003. En la Conferencia Episcopal Española es el vicepresidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis y presidente de la Subcomisión Episcopal de Catequesis desde 2014, de la que ya era miembro desde 2003. También ha formado parte de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias de 2005 a 2011. El 9 de abril de 2016 se hizo público su nombramiento como obispo de Jaén. Tomó posesión de su cargo el día 21 de mayo de 2016.