Orar por la unidad de los cristianos

Queridos diocesanos:

Apenas comenzado el nuevo año de 2020 que el Señor nos concede, el mes de enero nos invita a tener en cuenta en nuestras actividades de carácter religioso y pastoral el “Octavario de oración por la Unidad de los cristianos”. Se trata de una iniciativa importante dentro del conjunto de las Jornadas eclesiales de ámbito supradiocesano. Aunque no comprende una colecta como sucede en algunas de estas, tiene sin embargo una gran transcendencia en el campo del ecumenismo que debemos valorar.

La inauguración de la espléndida sede social y de culto de la “Iglesia Evangélica de León” el 4 de octubre pasado, situada en Eras de Renueva, en la que estuve presente amablemente invitado por el Pastor responsable y que supuso “un acontecimiento único y sin precedentes” en nuestra capital, como señalaron los medios informativos, constituye no solo una hito histórico sino también un motivo para insistir en la importancia que tiene la oración en favor de la unidad. Fue el propio Señor, durante la última Cena con los apóstoles, quien se dirigió al Padre de este modo: «Padre, te ruego por ellos, para que sean uno, como tú y yo somos uno, para que el mundo crea» (Jn 17,11).

El Concilio Vaticano II, inaugurado por el Papa san Juan XXIII, tuvo entre otros objetivos el fomentar el diálogo ecuménico y la unidad de los cristianos para superar siglos de incomprensión, cuando no de abierta antipatía y hostilidad, como si la verdad que no deja de ser una atributo divino, pudiese ser patrimonio exclusivo de un grupo, de una comunidad o de una iglesia particular. Aquel amado pontífice, secundado después por el igualmente santo, Pablo VI, quiso recordar a todos que Cristo no está dividido y que los creyentes en Él hemos encontrarnos, al menos, en la oración y en la práctica del amor fraterno.

La Semana de Oración es un momento privilegiado en el que la obediencia que las Iglesias deben a su cabeza y Señor, se hace plegaria sincera, humilde y esperanzada, respecto de lo que significa esa unidad basada en el amor «para que el mundo crea». San Juan XXIII recordaba que es mucho más importante y sólido lo que nos une que lo que nos separa. En definitiva, lo que dice el propio N.S. Jesucristo en el Evangelio: «Es imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo» (Mt 19,26).

Porque no se trata solamente de restaurar una unidad que, en definitiva, es más un don divino que una realización humana. La falta de unidad afecta, en primer término, a la doctrina, es decir, a lo que las respectivas Iglesias enseñan como expresión de la fe y de la reflexión teológica, condicionada no pocas veces por los sistemas de pensamiento y de interpretación de la Palabra de Dios contenida en la Biblia. No obstante, en este campo se ha avanzado mucho también gracias al diálogo entre los teólogos y los grupos de trabajo de las diferentes Iglesias. Pero aunque este aspecto es muy importante, la unidad llegará por el camino de la superación de las incomprensiones y de los enfrentamientos históricos.

Por eso es muy importante y siempre será decisivo el que los miembros de las diferentes confesiones cristianas nos encontremos en el amor práctico y efectivo,  tratando de superar los obstáculos de la desunión mediante una actitud de apertura mutua, confiada no en nuestras propias fuerzas o capacidades sino en el amor fraterno que, en definitiva, es un don del Espíritu Santo nos transciende a todos. Con mi cordial saludo:

 

+Julián López,

Obispo de León

Mons. Julián López
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Mons. D. Julián López Martín nace en Toro (Zamora) el 21 de abril de l945. Estudió en el Seminario Diocesano de Zamora y en el P. Instituto de San Anselmo de Roma, donde obtuvo el doctorado en Teología Litúrgica en 1975, como alumno del P. Colegio Español y del Centro Español de Estudios Eclesiásticos anexo a la Iglesia Nacional Española de Roma. Recibió la ordenación sacerdotal en Zamora el 30 de junio de 1.968. CARGOS PASTORALES Fue coadjutor de Villarín de Campos y cura ecónomo de Otero de Sariegos (1968-1970), coadjutor de la parroquia de Cristo Rey en Zamora (1973-1989) y, desde 1978, canónigo Prefecto de Sagrada Liturgia de la Catedral de Zamora y delegado diocesano de Pastoral Litúrgica, miembro del Consejo Presbiteral y del Colegio de Consultores desde 1984. Ha sido también consiliario diocesano del Movimiento Familiar Cristiano (1976-1986) y consiliario de la Zona Noroeste de este Movimiento (1980-1983). Profesor de Religión en el Instituto "Claudio Moyano" (1975-1976) y en la Escuela Universitaria de Formación del Profesorado en Zamora (1981-1983). Ha sido director del Centro Teológico Diocesano "San Ildefonso" y de la Cátedra "Juan Pablo II" (1984-1992); delegado diocesano para el IV Centenario de la Muerte de Santa Teresa de Jesús (1980-1982); Año de la Redención (1983-1984); Año Mariano Universal (1987-1988); V Centenario (1992) y Congreso Eucarístico de Sevilla (1993). Profesor de Liturgia y Sacramentos de la Universidad Pontificia de Salamanca (1975-1981 y 1988-1994), ha sido también Presidente de la Asociación Española de Profesores de Liturgia (1992-1995), habiendo impartido clases en las Facultades de Teología de Burgos (1977-1988) y de Barcelona (1984-1989). El 15 de julio de 1994 fue nombrado Obispo de Ciudad Rodrigo por el Papa Juan Pablo II, tomando posesión el 25 de agosto del mismo año. Cargo que desempeñó hasta su nombramiento como Obispo de León el día 19 de marzo de 2002, tomando posesión el 28 de abril. El 6 de julio de 2010 Benedicto XVI le nombró miembro de la congregación para el Culto Divino de la Santa Sede. En la CEE ha sido miembro de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis de 1996 a 1999. De 1993 a 2002 formó parte de la Comisión de Liturgia y desde 2002 a 2011 fue Presidente de dicha Comisión. Desde 2011 es miembro de ella