«Los Hibakusha o la necesidad de la memoria»

«La paz, como objeto de nuestra esperanza, es un bien precioso al que aspira toda la humanidad». Con estas palabras empieza el Mensaje del papa Francisco, con motivo de la Jornada Mundial de la Paz que celebramos cada primero de enero, desde que el papa san Pablo VI la instituyera hace cincuenta años.

El mensaje de este año, lleva por título: «La paz como camino de esperanza: diálogo, reconciliación y conversión ecológica». Se trata de un texto muy personal del papa Francisco, que parece redactado tras las experiencias vividas durante su viaje apostólico a Tailandia y al Japón, el pasado mes de noviembre. Durante su viaje al país nipón, visitó las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, afectadas tremendamente por las bombas atómicas lanzadas durante la Segunda Guerra Mundial. El pasado 24 de noviembre, en el llamado Parque del epicentro de la bomba atómica de Nagasaki, el papa Francisco pronunció un memorable discurso sobre la necesidad de renunciar a las armas nucleares.

En dicho discurso, hizo hincapié en los valiosos recursos que se desperdician, en lugar de utilizarlos en beneficio del desarrollo integral de los pueblos y dedicarlos al cuidado de la creación. Sin duda, como señala el Papa, las fortunas que se gastan en la fabricación, modernización, mantenimiento y venta de armas, cada vez más destructivas, son un «atentado continuo que clama al cielo».

La historia debe ser continuamente recordada, ya que dichos hechos son siempre susceptibles de repetirse. Precisamente en este mensaje, con motivo de la Jornada Mundial de la Paz, el Papa recuerda a los Hibakusha, los supervivientes de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki. Ellos son un testimonio del horror de lo acontecido en agosto de 1945. Su testimonio es imprescindible para que las generaciones actuales y venideras no perdamos la memoria.

Tampoco nosotros podemos olvidar los errores de nuestro pasado reciente. En los años inmediatamente anteriores al desastre causado por las bombas atómicas y por la Segunda Guerra Mundial, los españoles vivimos el drama de una guerra civil. Una guerra motivada por el fracaso a la hora de vivir la fraternidad y por la imposibilidad de enarbolar un proyecto común que recogiera lo mucho que nos une y que respetara las legítimas diferencias.

La historia es maestra de vida. Ojalá seamos capaces de avanzar hacia el futuro y aprender de los aciertos y de los errores de nuestro pasado. Nuestra conversión continua consiste en volver a poner en el centro de nuestra acción la «dignidad de la persona humana». La paz social está en juego. Debemos apostar por reducir la creciente desigualdad; por asegurar, al menos, una vivienda y un sueldo dignos para las familias.

¿Cómo podemos construir un camino de paz? Meditemos la propuesta del Papa: «Debemos buscar una verdadera fraternidad que esté basada en nuestro origen común en Dios» y promover «un diálogo convencido de hombres y mujeres que busquen la verdad, más allá de las ideologías y opiniones diferentes». Señor, haznos capaces de acoger el Espíritu de comunión para que nos libre de «encasillar al otro por lo que pudo decir o hacer», y nos dé la fuerza para tenerlo siempre en cuenta.

† Card. Juan José Omella
Arzobispo de Barcelona
Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.