Expectación humilde

Para vivir a fondo el Adviento conviene hacer la experiencia de llevar al límite las esperanzas humanas.

No creemos que la gente sea apática y conformista. Todo lo contrario. La gente, en general, lucha por mejorar y progresar. Sobre todo los jóvenes. Ellos son capaces de tomar decisiones arriesgadas, tienen confianza en sí mismos, se lanzan a la aventura, delante de la mirada perpleja y aturdida de los mayores. Otra cosa es clarificar hacia dónde se dirigen los esfuerzos, qué es lo que en el fondo se desea… Una cuestión ésta que hoy no preocupa demasiado, ya que el consejo más común que escuchamos a expertos en la relación de ayuda (consejeros, tutores, terapeutas psicólogos, etc.) siempre es el mismo: “tienes derecho a desear y obtener lo que quieras; si lo quieres de verdad, lo conseguirás, nadie te lo podrá impedir”.

Tarde o temprano puede sobrevenir la frustración al no verse cumplidos los sueños. Pero no importa demasiado. Buenos consejeros y amigos darán recetas para encajar el golpe y evitar la depresión y la bajada de la autoestima. Además siempre cabe el recurso a culpar al sistema o a los otros en general, que compiten con más poder o cometen errores e injusticias.

El camino del Adviento nos llama a vías más realistas y sensatas. Fijémonos en la conocida escena de las Bodas de Caná. Concretamente en aquel momento en que María detecta que se les ha agotado el vino y que eso pone en riesgo de frustración y compromiso a los novios. La boda se celebra como debe ser, según el rito judío y los novios han proyectado su relación de amor según su propio impulso natural y de acuerdo con los preceptos de la Ley. ¿Qué significa que no les quede vino? Significa que, tanto ese amor nacido del impulso natural, como el amor preceptuado por la Ley, se han agotado, han llegado al límite de sus posibilidades. Será necesario un vino nuevo, un vino, un amor, que no proceda solo del impulso natural de la pareja, ni esté simplemente mandado por la Ley, sino un vino nuevo, que nazca “de una humanidad nueva” y sea recibido como don.

Ya sabemos el desenlace de la historia. El Hombre Nuevo es Jesucristo y el vino nuevo es exactamente su amor. Pero en el Adviento revivimos aquella expectación, aquel deseo de que ese amor se pueda conocer, encontrar, palpar, ver, aquí en nuestra historia. Porque también estamos desanimados, cansados, de tantos vinos agotados, de tantos amores fracasados.

Este sentimiento, constatar la provisionalidad y la falta de consistencia de los amores, no es malo en absoluto. Porque nace del realismo, del conocimiento de la vida real, más allá de las apariencias que engañan. También es bueno, porque denota una sensibilidad y una clarividencia notables acerca del anhelo profundo de amor auténtico que anida en cada persona humana.

Por eso es muy sano el reconocimiento de los propios límites. Lo recomiendan psicólogos humanistas. Pero nosotros vamos más allá: lo tenemos como programa de vida, no porque nos guste la humillación, sino porque en la medida en que constatamos los límites de nuestros particulares amores, buscamos y esperamos “el mejor vino”, el más perfecto amor que se nos ofrece en el Dios hecho hombre, Jesucristo. Es por eso que decimos que el Adviento es el deseo y la esperanza humilde.

 

 

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.