Segunda predicación de Adviento: María en la Visitación

El Papa asiste, junto a la familia pontificia, a la segunda predicación de Adviento del Padre Raniero Cantalamessa (Vatican Media)

El Papa Francisco asistió en la mañana del 13 de diciembre en la Capilla “Redemptoris Mater” del Palacio Apostólico, junto a la familia pontificia, a la segunda predicación de Adviento del Padre Raniero Cantalamessa, quien prosiguió sus reflexiones a partir de María en el Magníficat

En su segunda predicación de Adviento el Padre Raniero Cantalamessa se refirió a  María en la Visitación, a partir de su cántico de alabanza, el Magníficat, en que la Virgen dice: “Proclama mi alma la grandeza del Señor”. El Predicador de la Casa Pontificia explicó que esta meditación conduce con María a la montaña, a la casa de Isabel, donde la Madre de Dios hablará directamente y en primera persona con su cántico de alabanza, el Magníficat. Y al recordar que hoy el Sucesor de Pedro celebra cincuenta años de sacerdocio, el Padre Cantalamessa afirmó que con el cántico de la Virgen, que es la oración que más espontáneamente brota del corazón en una ocasión parecida, se podría participar de alguna manera en su jubileo.

Comprender el Magníficat

El Predicador dijo ante todo que para entender el Magníficat es preciso decir algo sobre el sentido y la función de los canticos evangélicos que tienen la función de explicar “pneumáticamente” lo que sucede, es decir, poner de relieve, con palabras, el sentido del acontecimiento, confiriéndole la forma de una confesión de fe y de alabanza. Y señaló que “indican el significado escondido del acontecimiento que debe ser puesto de manifiesto”, a la vez que “son parte integrante de la narración histórica; no constituyen un entreacto ni se trata de pasajes separados, porque todo acontecimiento histórico está constituido por dos elementos: por el hecho y por el significado del hecho”. Mientras los cánticos “introducen ya la liturgia en la historia”. Y, además, estos cánticos son “palabra de Dios”, inspirada por el Espíritu Santo.

Una nueva mirada sobre Dios

Refiriéndose concretamente al Magníficat el Padre Cantalamessa dijo que no interesa tanto saber si lo compuso María, “cuanto saber si lo compuso por inspiración del Espíritu Santo”, puesto que en él habla el Espíritu Santo. Y así, el cántico de María “contiene una mirada nueva sobre Dios y sobre el mundo”. A lo que añadió que “la mirada de María se dirige a Dios” mientras en la segunda parte, “su mirada se dirige al mundo y a la historia”. De manera que “el primer movimiento del Magníficat es hacia Dios” que tiene el primado absoluto sobre todo. Y “María no se demora en responder al saludo de Isabel; no entra en diálogo con los hombres, sino con Dios. Ella recoge su alma y la abisma en el infinito que es Dios. En el Magníficat se ha ‘fijado’ para siempre una experiencia de Dios sin precedentes y sin comparaciones en la historia”.

En otra parte de su meditación el Predicador afirmó que “el conocimiento de Dios provoca, por reacción y contraste, una nueva percepción o conocimiento de uno mismo y del propio ser, que es el verdadero”. Sí, porque “el yo no se capta más que delante de Dios. En presencia de Dios, pues, la criatura se conoce finalmente a sí misma en la verdad. Y vemos que así sucede también en el Magníficat. María se siente ‘mirada’ por Dios, entra ella misma en esa mirada, se ve como la ve Dios”.

El júbilo de María

También dijo que “María no atribuye la elección divina a su humildad sino únicamente a la gracia de Dios”. Puesto que “pensar  diversamente  sería destruir la humildad de la Virgen”. “María glorifica a Dios en sí mismo, aunque lo glorifique por aquello que ha obrado en ella, es decir, a partir de la propia experiencia, como hacen todos los grandes orantes de la Biblia. El júbilo de María es el júbilo escatológico por el obrar definitivo de Dios y es el júbilo de la criatura que se siente amada por el Creador, al servicio del Santo, del amor, de la belleza, de la eternidad. Es la plenitud de la alegría”.

Riqueza y pobreza eternas

Tras analizar semánticamente cómo María describe lo que siente el Padre Cantalamessa invitó a observar lo que ha ocurrido en la historia, en el sentido de que los poderosos no fueron derribados materialmente de sus tronos ni los humildes ensalzados;  a Herodes se lo siguió llamando “el Grande” y María y José tuvieron que huir a Egipto por su causa. Por eso explicó que no era un cambio social y visible lo que se esperaba, porque el “reino de Dios se ha manifestado” provocando “una revolución silenciosa” y “radical” en la fe.

Lo que “no significa” que sea “menos real y radical, menos serio, sino que lo es infinitamente más”. “Se trata – dijo el Predicador – de una riqueza eterna y de una pobreza igualmente eterna”.

El Magníficat, escuela de evangelización y de conversión

En este punto de su reflexión el predicador dijo que no se trata de algo que se debe sólo predicar, sino de algo que se debe, ante todo, practicar. “María puede proclamar la bienaventuranza de los humildes y de los pobres, porque ella misma está entre los humildes y los pobres”. Y “el cambio radical manifestado por ella debe suceder ante todo en la intimidad de quien repite el Magníficat y ora con él”. El hombre que vive “para sí mismo”, cuyo Dios no es el Señor, sino el propio “yo”, es un hombre que se ha construido un trono y se sienta en él dictando leyes a los demás.

Y añadió que “María nos exhorta, con dulzura materna, a imitar a Dios, a hacer nuestra su opción. Nos enseña los caminos de Dios. El Magníficat es verdaderamente una escuela maravillosa de sabiduría evangélica. Una escuela de conversión continua”. Y dijo además que “por la comunión de los santos en el cuerpo místico, todo este inmenso patrimonio se une ahora al Magníficat”.

“Gracias a este maravilloso cántico, María continúa glorificando al Señor durante todas las generaciones; su voz, como la de un corifeo, sostiene y arrastra a la de la Iglesia”

(Ciudad del Vaticano, vaticannews.va)

 

Primera predicación de Adviento: entramos en la estela de María

El Papa Francisco asistió en la mañana del 6 de diciembre en la Capilla “Redemptoris Mater” del Palacio Apostólico, junto a la familia pontificia, a la primera predicación de Adviento del Padre Raniero Cantalamessa, quien ofreció una reflexión a partir de María, de la que el Evangelio afirma: “¡Dichosa tú que creíste!”

En su primera predicación de Adviento dirigida al Santo Padre y a los cardenales, arzobispos y obispos; secretarios de las Congregaciones y prelados de la Curia romana y del Vicariato de Roma, el Padre Raniero Cantalamessa reflexionó en este camino “hacia la Navidad, acompañados por la Madre de Dios”, tal como se desprende del tema general de estas meditaciones del Predicador de la Casa Pontificia. Y lo hizo, como todos los años, en el espléndido escenario de la Capilla Redemptoris Mater del Palacio Apostólico a partir de las 9.00 de la mañana.

El profeta, el precursor y la Madre

El Predicador comenzó recordando que cada año la liturgia nos prepara a la Navidad con tres guías: Isaías, Juan Bautista y María, es decir, “el profeta, el precursor y la madre”. A lo que añadió que “el primero lo anunció desde lejos, el segundo lo señaló presente en el mundo y la Madre lo llevó en su seno”. Por esta razón – explicó el Padre Cantalamessa – para el Adviento de este año pensó en confiarse “enteramente a la Madre de Dios”. Sí, porque “nadie mejor que ella – dijo – puede  predisponernos  a celebrar con fruto el nacimiento de Jesús”. Y también porque “Ella no ha celebrado el Adviento, sino que lo ha vivido en su carne”.

De ahí que haya afirmado que se comienza este camino contemplando a María en la Anunciación. En efecto, cuando la Virgen llegó a la casa de Isabel, ésta la acogió con gran alegría y, “llena del Espíritu Santo”, exclamó: ¡Dichosa tú que creíste! Porque se cumplirá lo que el Señor te anunció. De modo que el “evangelista Lucas se sirve del episodio de la Visitación como medio para mostrar lo que se había cumplido en el secreto de Nazaret y que sólo en el diálogo con una interlocutora podía manifestarse y asumir un carácter objetivo y público”.

María creyó y se convirtió en Madre del Señor

Y añadió que lo grandioso que había ocurrido en Nazaret, después del saludo del ángel, es que María creyó y se convirtió en “Madre del Señor”. Así fue como se produjo el acto de fe más grande y decisivo en la historia del mundo. A la vez que de las palabras de Isabel: “Dichosa tú que creíste”, se ve cómo ya en el Evangelio, la maternidad divina de María no es entendida sólo como maternidad física, sino mucho más como maternidad espiritual, fundada en la fe.

El riesgo de la fe

Tras analizar algunos aspectos de lo que significó para María este acto de fe, el Predicador recordó  que “Dios no engaña nunca”, ni tironea a las criaturas a un determinado consenso escondiéndole las consecuencias, tal como se ve en todos los grandes llamados del Creador. De manera que, “a la luz del Espíritu Santo, que acompaña el llamado de Dios, Ella ciertamente vislumbró que también su camino no sería diferente al de todos los demás llamados”. Sin embargo – prosiguió – en el plano humano, María se encuentra en una soledad total. Algo que en la actualidad podría ser “el riesgo de la fe”, entiendo, por lo general, con el riesgo intelectual y dijo que “para María se trató de un riesgo real”.

Fe y esperanza en la estela de María

El Padre Cantalamessa afirmó que además que “como la estela de un bello barco va ensanchándose hasta desaparecer y perderse en el horizonte, así es la inmensa estela de los creyentes que forman la Iglesia”. Y dijo que comienza con “una punta” que es la fe de María, su “fiat”. Sí, porque la fe, junto con su hermana “la esperanza”, es lo único que no comienza con Cristo, sino con la Iglesia y por lo tanto, con María, que es el primer miembro, en orden de tiempo y de importancia.

Además destacó que la vida de la Virgen no sirve sólo para acrecentar nuestra devoción privada, sino también nuestra comprensión profunda de la Palabra de Dios y de los problemas de la Iglesia. “María nos habla primero de la importancia de la fe”, dijo. Y “la fe es la base de todo”; “tan querida a Dios que hace depender de ella prácticamente todo, en sus relaciones con el hombre”. A la vez que recordó que “gracia y fe” son los dos pilares de la salvación.

Y al resaltar diversos aspectos de la fe de María que pueden ayudar a la Iglesia de hoy a creer más plenamente dijo que la Virgen se incluye humildemente en el grupo de los creyentes, se convierte en la primera creyente de la nueva alianza, como Abraham fue el primer creyente de la antigua alianza. Y que el Magníficat está lleno de esta fe basada en las Escrituras y de referencias a la historia de su pueblo.

“¡Creamos también nosotros! Contemplar la fe de María nos mueve a renovar sobre todo nuestro acto de fe personal y de abandono en Dios”

Ante la pregunta de ¿qué hacer entonces?, el Predicador respondió que es  sencillo: “después de haber orado, para que no sea una cosa superficial, decir a Dios con las palabras mismas de María: ‘¡Heme aquí, soy el esclavo, o la esclava, del Señor: hágase en mí según tu palabra!’”. Es decir, recordar que María dijo su “fiat” en un modo optativo, con deseo y alegría. Algo que todos deben y pueden imitar y de modo especial deben hacerlo los sacerdotes y cualquiera que esté llamado, de alguna manera, a transmitir la fe y la Palabra de Dios a los demás.

Creamos también nosotros – fue la invitación final del Padre Cantalamessa – para que lo que se actualizó en María se actualice también en nosotros. Y concluyó diciendo:

“Invoquemos a la Virgen con el dulce título de Virgo fidelis: ¡Virgen creyente, ruega por nosotros!”

(Ciudad del Vaticano, vaticannews.va)

 

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