Una esperanza nueva

La esperanza que nos permite superar el desánimo y el pesimismo ante situaciones difíciles del mundo o de la Iglesia es realmente nueva. A algunos les parecerá contradictoria o paradójica. Pero, sinceramente, es la única verdadera. Como decimos, es la esperanza de Dimas, pobre y pecador, frente a la desesperación de Judas, fuerte y seguro de sí mismo.

Lo que le pasó a Judas fue que se sintió incapaz de superar el Antiguo Testamento. En él, naturalmente, fue educado y desde él esperaba lograr la liberación del Pueblo de Israel, contando con el esfuerzo en cumplir la Ley y la conquista del poder…

Jean-Claude Guillebaud es un escritor reconocido internacionalmente, sobre todo por su defensa del ser humano, que él ve amenazado por la biotecnología y el creciente poder de la ciencia aplicada en todos los ámbitos de la vida social. Él realizó su propia búsqueda personal de la verdad, que dejó plasmada en su interesante obra “Cómo he vuelto a ser cristiano”. Con los ojos y el corazón bien abiertos, desde una postura honrada y coherente, reconoce que la gran cuestión es cómo sostener una esperanza hoy, que dé respuesta a la situación problemática que vivimos. Tras detectar la falsedad y los límites de ideologías y religiones, llega a identificarse con la esperanza cristiana. La esperanza cristiana viene a ser para él una “reformulación” del mesianismo judío: Dios lleva la historia, pero dando la mano a la persona humana, que es elevada a la “categoría” de corresponsable de su propio futuro. Algo así como las manos de Dios en las manos de los hombres.

En realidad la tradición judía ya conocía esta experiencia de las manos de los hombres que trabajan unidas a las de Dios. Oramos en el salmo: “Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos” (Sal 89,17). Lo que nadie sospechaba era que apareciera entre nosotros uno, cuyas manos fueran realmente de Dios y al mismo tiempo verdaderamente humanas. Y que con esas manos nos abrazara y trabajara hasta dar su vida para abrirnos la puerta de la esperanza en un mundo de felicidad eterna.

Una vez reconocida esta realidad, brillan ante nuestros ojos las palabras proféticas del Antiguo Testamento con toda su verdad:

“Fortaleced las manos débiles, afianzad las rodillas vacilantes; decid a los inquietos: Sed fuertes, no temáis. He aquí vuestro Dios. Llega el desquite, la retribución de Dios. Viene en persona y os salvará” (Is 35,3-4)

No es solo una exhortación a recuperar los ánimos para estimular el trabajo. Es una invitación a la alegría (“festejad con gozo y cantos de júbilo”) porque el Señor nos hace el gran don con su presencia y nos beneficia con su obra salvadora.

Es el triunfo de la gracia, del amor gratuito, que, sin anular el libre y voluntario esfuerzo de la persona humana, va abriendo horizontes en las vidas de cada uno y en la historia de este mundo.

Solo falta que, tanto los desesperados frente a las dificultades, como los optimistas seguros de sí mismos y de su poder, logren captar la manera en que este don se nos ofrece y nos devuelve una esperanza activa y nueva. Porque no solo hay que saber que nos hacen un regalo, sino también “entenderlo”, darse cuenta del misterio de amor que encierra.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.