Adviento: tiempo para rehacer la esperanza

Este domingo, inicio de un nuevo año de la liturgia de la Iglesia, empieza el tiempo de Adviento, que durará hasta Navidad.

Cada año me pregunto por qué la Iglesia nos propone este tiempo y cuál es su finalidad. Quizás porque en sesiones de catequesis con niños y en algunas reuniones con sus padres, al explicar y comentar el Adviento, constataba que mayormente se consideraba un tiempo para ir de compras, para salir a recoger musgo para hacer el pesebre, para pensar en las felicitaciones que había que enviar, para empezar a pensar en los banquetes. Yo intentaba hablar de la esperanza y de su necesidad, pero me parece que no me hacía entender. A menudo algunos adultos me recordaban que “quien espera desespera”. Quizás por esta convicción y sentimiento, pienso que nos conviene recuperar o rehacer la virtud de la esperanza.

Precisamente el Adviento es tiempo de esperanza porque nos quiere ayudar a vivir la actitud de aquellos que esperaban de Dios que les enviase el Mesías liberador, y que éste se manifestaría en su pueblo.

Para nosotros, cristianos, las tres grandes virtudes o actitudes fundamentales son la fe, la caridad y la esperanza. Sabemos explicar bien la fe, si creemos o no; sabemos qué significa la caridad, el amor hasta el perdón, puesto que me doy cuenta si amo o no amo. Pero… ¿y la esperanza?

La esperanza cristiana de ninguna forma se asemeja a la experiencia de estar en una sala de espera y esperar a que te llamen para resolver algún problema. Esta es una espera pasiva.

La esperanza cristiana de los cristianos tampoco se fundamenta en un temperamento optimista, ni en los éxitos puntuales, ni en la ausencia de dificultades. No se trata, pues, de optimismo ni de pesimismo.

¿Qué esperamos los cristianos? ¡Pues esperamos a Jesucristo!

Esperamos que Jesucristo, el Salvador, que ya se ha encarnado en la historia humana, vuelva glorioso para llevar a plenitud la salvación que nos ofrece con su vida, muerte y resurrección.

En definitiva, esperamos que la historia de cada cual y de la humanidad acabará bien, y muy bien, porque acabará en y con Dios.

Fundamentamos esta esperanza en la venida primera de Jesús como hombre, que nos disponemos a revivir en Navidad con la actitud de esperanza de los justos, de los profetas y sobretodo de María, su madre.

Fundamentamos nuestra esperanza en la vida, muerte y resurrección de Jesús, que es ya la victoria sobre el mal, el pecado y la muerte.

Nos mantenemos en esta esperanza gracias al Espíritu que hemos recibido y a la Iglesia, nuestra Iglesia, que es el pueblo de la esperanza en la historia.

Aun así, esta esperanza es una esperanza activa. Ciertamente que esperamos el retorno glorioso de Jesucristo para llevar a plenitud la salvación, pero esta salvación ya la vivimos en nuestra vida y en nuestra historia. El Señor continúa haciéndose presente en nuestra vida, ahora no como hombre, pero sí por medio de signos muy humanos, para que lo acojamos: en la Eucaristía, en los sacramentos, en la comunidad de la Iglesia y en cada persona a quien queremos y servimos.

Esta esperanza en “el cielo” de ninguna forma nos aleja de la tierra y del compromiso de amarla y transformarla. Más bien al contrario. Nuestro compromiso es luchar contra todo mal, contra toda injusticia: en definitiva, contra el pecado, para asegurar la vida con dignidad, con libertad, con fraternidad de toda persona y de todos los pueblos, tal como Dios desea.

Esperamos la Salvación, pero ya la hemos empezado a vivir.

+ Francesc Pardo i Artigas

Obispo de Girona

Mons. Francesc Pardo i Artigas
Acerca de Mons. Francesc Pardo i Artigas 370 Artículos
Francesc Pardo i Artigas nació en Torrellas de Foix (comarca del Alt Penedès, provincia de Barcelona), diócesis de Sant Feliu de Llobregat, el 26 de junio de 1946. Ingresó en el Seminario Menor de Barcelona y siguió estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor, de la misma diócesis. Se licenció en Teología, en la Facultad de Teología de Cataluña. Es autor de diversos artículos sobre temas teológicos publicados es revistas especializadas. Recibió la ordenación presbiteral en la basílica de Santa María de Vilafranca del Penedès, el 31 de mayo de 1973, de manos del cardenal Narcís Jubany. El 16 de julio del 2008, el Papa Benedicto XVI lo nombró Obispo de Girona. Recibió la Ordenación Episcopal el dia 19 de octubre del 2008 en la Catedral de Girona, tomando posesión de la diócesis el mismo día.