«Chicos que han sido ‘matones’ y ‘gallitos’ buscan a ese Dios misericordioso»

Félix Martínez, capellán de los centros de medidas judiciales El Laurel y El Lavadero

El miércoles 20 de noviembre se celebra el Día Internacional de los Derechos de la Infancia para conmemorar la firma de la Convención de los Derechos del Niño en 1959, una herramienta para la promoción y protección del bienestar de la infancia. En esta efeméride, el Colegio Fundación Caldeiro (avenida de los Toreros, 45) acoge un encuentro sobre Menores en riesgo, organizado por el Grupo Intereclesial de Infancia y Adolescencia en riesgo.

Una oportunidad para conocer, de la mano de Gema Rodríguez –coordinadora técnica de Programas de la Coordinadora Estatal de Plataformas Sociales Salesianas– y de Félix Martínez –capellán de los centros de medidas judiciales El Laurel y El Lavadero–, una realidad «que demanda una respuesta desde la Iglesia» y «donde Cristo se nos hace presente».

El padre Félix atiende estos centros, sin dejar siquiera paso al cansancio. Y, de la misma forma, nos abre las puertas de su casa y de su ministerio. Lo hace agradecido, con una sonrisa que lo dice todo, olvidando el peso que esta labor carga sobre sus espaldas. «Como religioso amigoniano terciario capuchino que soy, tengo una misión y un carisma claros: atender de una manera especial a menores con problemas».

Por ello, la historia de su vida se resume, de principio a fin, en una labor de acompañamiento en diferentes centros: «Estuve ocho años en la colonia San Vicente de Ferrer de Valencia, 27 en la Casa de los Muchachos y en el Servicio de Orientación y Ayuda al Menor (SOAM) de Torrelavega, y ahora en Madrid, desde que llegué hace tres años».

¿Cuál es su labor principal en los centros de menores que custodia?

El Laurel y El Lavadero son centros que acogen a chicos y chicas que, por distintas circunstancias, han tenido problemas con la sociedad, con la familia o consigo mismos. Como capellán, por tanto, mi labor es atenderles desde una situación pastoral. A mí me ayuda a integrarme en la vida de los muchachos, afrontando –con ellos– las crisis que les toca vivir e intentándoles ofrecer un caminar nuevo, una situación que les sustente en su proceso personal hasta que ellos sean los protagonistas de sus vidas.

Unas vidas, supongo, con muchas carencias…

Así es. Son vidas con muchas carencias y problemas, donde yo solamente intento ofrecerles la posibilidad de comenzar de nuevo.

¿Cómo es su encuentro con ellos?

Voy los viernes por la tarde y les ofrezco un espacio de cercanía. Los que vienen, lo hacen porque ellos lo solicitan. En esa solicitud, buscan una posibilidad de un espacio distinto y de encuentro. Y para ellos es importante, además, la figura de un mediador. Yo intento acompañarlos desde el encuentro con ellos mismos, con el prójimo y con Dios Solo intento ayudar en un crecimiento humano y, a la vez, en un crecimiento de fe.

¿Qué realidad se encuentra allí?

Los muchachos han vivido conflictos importantes. Y en esa situación de ruptura que han experimentado, intento ofrecerles un mensaje de Dios: un Dios misericordioso que nos ofrece esa cercanía desde el amor.

¿Y cómo responden ellos?

Ellos se quieren abrir al misterio de Dios. Tienen muchos interrogantes y me preguntan. Suelo leer el Evangelio, les pongo una canción, ponemos vídeos y reflexionamos…

Y se abren, incluso, al sacramento del perdón, ¿no?

Sí, me llama la atención cómo ellos demandan el sacramento de la Reconciliación, de la Penitencia. Me lo piden varios. Y con ellos he tenido experiencias muy bonitas. Desde ese trato personal, intento ayudarlos a descubrir ese misterio de Dios desde una dimensión misericordiosa y de cercanía. Es el principal sacramento que demandan. Para mí esta experiencia con ellos, donde me toca evangelizar como capellán, es muy rica. Y el primer evangelizador y quien se siente evangelizado por ellos soy yo.

Dentro del centro, ¿de qué manera ve el rostro de Dios?

Lo veo en cada uno de estos muchachos que llegan a estos centros por distintos problemas: personales, familiares, sociales… Y veo, sobre todo, ese rostro de Dios en chicos que han pertenecido a bandas, que han tenido conflictos personales y familiares muy fuertes, y cómo hablando conmigo en el sacramento de la reconciliación agachan la cabeza, me manifiestan que quieren cambiar, me piden que les ayude a cambiar… Se aferran al hecho espiritual para poder vivir una transformación y un cambio personal.

Unos chicos que han sido matones y gallitos, en ese contacto con la dimensión espiritual, se sienten sencillos y humildes, y buscan a ese Dios misericordioso. Y cuando hablamos y salen opciones por los pobres, se dan cuenta del mal que han hecho y descubren cómo tienen que respetar a los demás.

¿Es importante, pues, la tarea que lleva a cabo la Iglesia en los menas?

La Iglesia siempre tiene una tarea de acogida. Con estos menores que vienen solos de otros países y que se tienen que buscar la vida aquí, no cabe duda que la Iglesia realiza en ellos una labor de acogida muy importante. Como, por ejemplo, los pisos de menas de Cáritas, donde también los acogen. U otros proyectos, donde ellos se sienten integrados, apoyados y valorados. Es importante ser capaces de apoyarlos en eso: integración, apoyo y valoración. Que no se sientan excluidos nunca.

¿Dónde cree que se encuentra el secreto para conseguirlo?

En la sociedad en la que nos toca vivir es necesario que seamos capaces de proteger a quienes más lo puedan necesitar. Y si nosotros hoy, en nuestra sociedad, hablamos de rostros frágiles y de exclusión social, tenemos que hablar de los menores, y de los menores no acompañados.

El Día Internacional de los Derechos de la Infancia es, quizá, una fecha clave para llevarlo a cabo, ¿no?

Aprovechando este día, todos podemos y debemos intentar darles respuestas de integración social, como hace la Iglesia, y debemos acompañarlos y quererlos. Tenemos que esforzarnos para la sensibilización y el compromiso activo: que seamos capaces de hacer algo por el bien de ellos, intentando que su futuro sea con menos dificultades y con cierta dignidad.

Acompañarlos, dice, y además quererlos…

Sin duda alguna. Los que llegan a los centros tienen unas necesidades importantes y unas carencias muy fuertes. Y las carencias prioritarias son las afectivas y personales. Por eso, es necesario que los adultos nos esforcemos en crear un mundo más justo y en quererles desde esa dimensión de la afectividad.

A usted, como sacerdote, ¿qué le aporta todo esto?

Yo pertenezco a los terciarios capuchinos amigonianos, que tenemos una misión y un carisma claros: atender de una manera especial a menores con problemas. Por ello, la historia de mi vida fue vivir ocho años con menores en un centro, 27 en Torrelavega y aquí en Madrid desde hace tres que he llegado. Yo voy a estos centros como capellán, me toca intentar ayudar, pero el primer evangelizado soy yo. Estos chicos, sobre todo los que se acercan conmigo con libertad, me aportan –desde su experiencia– ejemplo y testimonio, por las dificultades que ellos han tenido en la vida.

¿Y a la sociedad, algunas veces, le cuesta mucho perdonarlos?

En la sociedad, muchas veces criminalizamos a estos chicos y pensamos en lo que son capaces de hacer. Desde el diálogo que tengo con ellos, analizo y descubro los problemas que ellos tienen. Si a veces dan problemas es porque ellos tienen muchos, por lo que les ha tocado vivir en situaciones concretas y difíciles en su contexto social, en su familia… Son muchas veces supervivientes de esas situaciones. Quizá, si nosotros hubiésemos vivido lo que a ellos los ha tocado vivir, pues no sé dónde estaríamos… Igual en algún centro de este estilo, o vete a saber dónde. El contacto con estos muchachos a mí me ayuda a descubrir eso.

Un camino que solo puede recorrerse desde el amor, ¿no?

Son chicos que, muchas veces, por lo que sea, no han recibido cariño o nadie los ha querido. Por eso es importante tener espacios de afecto, de encuentro. Mi función como mediador y capellán es intentar ofrecer estos espacios de encuentro y descubrir que ellos también son hijos de Dios.

¿Ha pasado miedo alguna vez?

No. Solamente he pasado por alguna situación difícil. Pero miedo no. Porque, de hecho, cuando alguno viene algo contrariado, son los mismos chicos quienes me protegen…

A pesar de los cansancios, las horas gastadas y algún que otro disgusto… ¿Merece la pena dar la vida por todos ellos?

No cabe duda de que sí. Me quedo con experiencias muy agradables. Recuerdo un chico que quería confesarse, porque quizá es el espacio en el que individualmente se encuentran conmigo. Y él, perteneciente a bandas, me decía que quería salir de la banda, que le ayudase a ello porque era muy difícil y que, cuando saliese del centro, no sabía qué iba a pasar con su vida. «Me gustaría empezar de nuevo, plantearme la vida de otra manera, fuera de robos y violencia», me decía.

En estos diálogos con ellos, que se han metido en tantos y tantos problemas, veo en profundidad su bondad. Eso me llena, no cabe duda. Por tanto, no nos fijemos tanto en los problemas que dan, sino en los problemas que tienen.

(Carlos González, Archidiócesis de Madrid)

 

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