Domingo de la Palabra de Dios

El día 30 de septiembre, en que celebra la Iglesia la memoria litúrgica de san Jerónimo, este año en el comienzo del 1.600 aniversario de su muerte, conocido sobre todo como el traductor de la Sagrada Escritura al latín en la versión conocida como “Vulgata”, hizo pública el Papa Francisco una Carta Apostólica, que tiene un alcance grande para el futuro ya que por ella instituye el Domingo de la Palabra de Dios, coincidiendo con el III Domingo del llamado litúrgicamente tiempo ordinario.

El que sea dedicado un domingo a la meditación y celebración particular de un aspecto del misterio cristiano nos recuerda cómo el Papa Juan Pablo II determinó que el II Domingo de Pascua fuera denominado de la Divina Misericordia, como había deseado su paisana Santa Faustina Kowalska y expresado en su Diario en el n. 299.

¿Cuál es la intención del Papa? Se inscribe en el dinamismo de recepción del Concilio Vaticano II y de la prolongación de otros documentos que se inscriben en el mismo itinerario. Debemos recordar cómo la Iglesia desde hacía varios siglos, en gran parte como reacción a la Reforma protestante, se había distanciado en su vida espiritual y en la acción pastoral del uso habitual de la Sagrada Escritura. La celebración litúrgica en latín había contribuido también a ese distanciamiento. Pues bien, el Concilio Vaticano II recuperó felizmente el lugar que corresponde en la vida y misión de la Iglesia a la Palabra de Dios.

  1. a) Deseo a continuación subrayar algunos aspectos más relevantes de esa carta apostólica. San Jerónimo con atinada expresión afirmó “ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”, ya que hablan de Él como prueba cada página del Nuevo Testamento; un signo destacado es el relato evangélico de la Transfiguración que presenta a Jesús hablando con Moisés y Elías, representantes de la Ley y los Profetas. En la escuela de Jesús, que es el primer exégeta de las Escrituras, aprendemos a interpretar las (cf. Lc. 9, 30-31; 24, 25-27). Con la Sagrada Escritura en las manos digamos a Jesús: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”. Nos sentamos diariamente a sus pies como discípulos.
  2. b) La constitución conciliar sobre la Palabra de Dios establece una comparación entre Eucaristía y Sagrada Escritura en unos términos vigorosos. “La Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo, pues, sobre todo en la sagrada liturgia, nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la Palabra de Dios y el Cuerpo de Cristo” (Dei Verbum, 21). Nos alimenta el Señor con su Palabra y su Cuerpo eucarístico; y a tomar de ambos alimentos estamos invitados. Por ello comprendemos mejor que si celebra la Iglesia desde hace siglos la fiesta del “Corpus Christi”, también sea dedicado un domingo a la Palabra de Dios. Estas realidades supremas son ofrecimiento diario, pero para resaltar su centralidad a cada una dedicamos un domingo en el año litúrgico. Por otra parte los dos alimentos, la Palabra de Dios y la Eucaristía, están íntimamente unidos, como indica el relato de la aparición de Jesús a los discípulos de Emaús a los cuales interpreta la Escritura por el camino y se sienta a la mesa para la “fracción del pan” (cf. Lc. 24, 26-27, 30). Existe un vínculo inseparable entre la Sagrada Escritura y la Eucaristía.
  3. c) Toda la Escritura, porque “está inspirada por Dios es útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar” (2 Tim, 3, 16). Con palabras de la Carta Apostólica del Papa Francisco: “El Espíritu Santo transforma la Sagrada Escritura en Palabra viva de Dios, vivida y transmitida en la fe de la Iglesia” (n. 9). La acción del Espíritu Santo no se refiere sólo a la formación de la Sagrada Escritura, sino también actúa en los que se ponen a la escucha de la Palabra de Dios (cf. n. 10). Hay una serie de signos litúrgicos que muestran la disposición a escuchar la Sagrada Escritura reconociéndole una autoridad que a ningún otro libro reconocemos los cristianos. La Sagrada Escritura es recibida por la asamblea en pie, cuando es introducida procesionalmente; al empezar las sesiones del Vaticano II era entronizada la Sagrada Escritura. La incensamos y besamos; ante ella nos inclinamos y con ella recibimos la bendición. A través estos signos comprendemos mejor la unión de Palabra de Dios y Cuerpo sacramental de Cristo.
  4. d) La homilía y la catequesis sirven directamente al pueblo cristiano la Palabra de Dios. La catequesis es un servicio a la transmisión y maduración de la fe. El catequista cree y desea vivir lo que enseña. Sobre la homilía pidió el Sínodo de los Obispos, en la Asamblea dedicada a la Palabra de Dios, que los ministros la preparáramos con celo apostólico, en un ambiente de oración, y nos hiciéramos las siguientes preguntas: “¿Qué dicen las lecturas proclamadas? ¿Qué me dicen a mí personalmente? ¿Qué debo decir a la comunidad teniendo en cuenta su situación concreta?” El predicador tiene que “ser el primero en dejarse interpelar por la Palabra de Dios que anuncia” (Exhortación Apostólica Postsinodal Verbum Domini, 59). Aunque parezca extraño, es el primer destinatario de su predicación; no predica sólo a los demás; ni por supuesto, contra los demás. Él se pone también bajo la Palabra de Dios que anuncia, promete, enseña, corrige, consuela, anima. El que pronuncia la homilía, que para muchos es la única oportunidad de escuchar la Palabra de Dios, debe estar atento a esta situación concreta y por ello ser exigente en la preparación, relacionando la predicación de la Palabra de Dios con la existencia concreta de los oyentes.

Termina el Papa la Carta sobre el “Domingo de la Palabra de Dios” con una referencia a la Virgen María la Madre del Señor. María fue bienaventurada porque creyó lo que se le había dicho (cf. Lc. 1, 45). “María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón (Lc. 2, 19.51).

¡Que la Palabra de Dios ocupe en nuestra vida cristiana un lugar destacado y le prestemos la debida atención!

+ Card. Ricardo Bláquez

Arzobispo de Valladolid

Card. Ricardo Blázquez
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Don Ricardo Blázquez Pérez nació en Villanueva del Campillo, provincia y diócesis de Ávila, el 13-4-1942. Realizó sus estudios en los seminarios Menor y Mayor de Ávila (1955-67) y fue ordenado presbítero el 18-2-1967. Obtuvo el doctorado en Teología por la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma (1967-72) y también estudió en universidades alemanas. Sus 21 años de ministerio sacerdotal se centraron en la actividad docente. Fue secretario del Instituto Teológico Abulense (1972-76), profesor (1974-88) y decano (1978-81) de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca, así como vicerrector de la misma. El 8-4-1988 fue elegido obispo de la iglesia titular de Germa di Galazia y nombrado obispo auxiliar de Santiago de Compostela, recibiendo la ordenación episcopal en esa catedral el 29 de mayo siguiente de manos de D. Antonio María Rouco Varela. El 26-5-1992 fue designado obispo de Palencia y el 8-9-1995 obispo de Bilbao. El 13-3-2010 se hizo público su nombramiento por el papa Benedicto XVI como 14.º arzobispo metropolitano y 40.º obispo de Valladolid, sede de la que tomó posesión el 17-4-2010. Desde marzo de 2014 es el presidente de la Conferencia Episcopal Española, organismo del que ya fue presidente entre 2005 y 2008, y vicepresidente entre 2008 y 2014; anteriormente, fue miembro de la Comisión para la Doctrina de la Fe (1988-93) y de la Comisión Litúrgica (1990-93), y presidente de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe (1993-2002) y de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales (2002-05), así como Gran Canciller de la Universidad Pontificia de Salamanca (2000-04). El papa Francisco le creó cardenal en el consistorio del 14-2-2015, con el título de Santa Maria in Vallicella, y le nombró miembro de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (2014), de la Congregación para la Doctrina de la Fe, del Consejo Pontificio de la Cultura y de la Congregación para las Iglesias Orientales (todos en 2015) y de la comisión cardenalicia para la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (2016). Además de colaborar en la redacción de muchos documentos de la Conferencia Episcopal Española, son reseñables sus siguientes publicaciones: La resurrección en la cristología de Wolfhart Pannenberg (1976) Jesús sí, la Iglesia también (1983) Jesús, el Evangelio de Dios (1985) Las comunidades neocatecumenales. Discernimiento teológico (1988) La Iglesia del Concilio Vaticano II (1989) Tradición y esperanza (1989) Iniciación cristiana y nueva evangelización (1992) Transmitir el Evangelio de la verdad (1997) En el umbral del tercer milenio (1999) La esperanza en Dios no defrauda: consideraciones teológico-pastorales de un obispo (2004) Iglesia, ¿qué dices de Dios? (2007) Iglesia y Palabra de Dios (2011) Del Vaticano II a la Nueva Evangelización (2013) Un obispo comenta el Credo (2013)