¿La muerte puede ser vencida?

Hemos celebrado la fiesta de Todos los Santos y la conmemoración de los Fieles difuntos. Estos últimos días, muchos habéis ido a los cementerios para recordar a los difuntos de la familia y amigos, para dejarles una señal de recuerdo y para ofrecerles una oración. También hemos ofrecido la celebración de la Eucaristía por todos los difuntos.

El hecho me ha hecho pensar en la muerte, que siempre es una situación dolorosa, incomprensible, por el deseo natural de vivir, pero que está presente en el horizonte de toda vida humana.

Podemos recordar algunas reacciones ante el hecho de la muerte. “Todo se ha acabado” es una expresión comúnmente repetida. En muchas muertes, la celebración cristiana ofrece la esperanza de la Salvación y de la Vida, rogando por el difunto y por quienes sufren su fallecimiento. En otras celebraciones se hace memoria de la persona, pero sin ninguna perspectiva que transcienda a la muerte; entonces el elogio de la persona queda como la única posibilidad de mantener su recuerdo.

Ahora bien, últimamente, y como consecuencia de los grandes descubrimientos científicos en medicina, se plantea una nueva cuestión: ¿la muerte puede ser vencida?

La respuesta se considera una cuestión técnica. La investigación científica intenta que vivamos más años, porque cree que el proceso biológico de deterioro físico y mental asociado a la edad se puede revertir. Concretamente, podríamos ser personas de 90 o 115 años viviendo en cuerpos con biologías mejoradas, como de 40 o 60 años. Y no es ciencia ficción, ya que parece que todo esto se pueda conseguir en algunos años. Hay pensadores que han publicado verdaderos bestsellers reflexionando sobre estas cuestiones, como Y. N. Harari en su libro Homo Deus. Breve historia del mañana (Ed. Debate, 2016). Quizá sí se puede alargar la vida, pero la muerte continúa en el horizonte de cada existencia.

La pregunta, sin embargo, la planteo desde la fe o “en cristiano”. La manera como una persona se sitúa ante la muerte está unida a su manera de pensar, de valorar, de vivir la vida y de plantearse el “después de la muerte”.

¡Cristo ha vencido a la muerte! Esta es la afirmación central de nuestra fe porque creemos en su resurrección de entre los muertos. Desde entonces podemos vivir la muerte como un acto de fe, de esperanza y de amor; un acto de libertad; un paso, Pascua, a una nueva manera y definitiva de existencia.

Ciertamente la muerte ha sido vencida, y nosotros con Cristo podemos vencer a la muerte. Pero, ¿cómo vivir esta verdad en nuestra vida? ¿Cómo experimentamos esta verdad en el transcurso de nuestra vida humana? ¿Cómo integrar la perspectiva de la muerte en la vida ordinaria?

En primer lugar, viviendo, porque ya hemos empezado a vivir la Vida Eterna en plenitud y para siempre. Estamos ya salvados, estamos redimidos, «aunque no vivamos la plenitud a la cual estamos destinados, ni la salvación se haya extendido a toda la humanidad». Aun así, hay que remarcar el «ya», el «ahora», el presente. Por eso podemos afirmar que la vida es una, y que se convertirá en eterna. Una vida con dos estadios: uno temporal e histórico, y el otro más allá de la historia. La fe de ahora continuará en visión, y la muerte es el paso, la Pascua.

Creemos en la resurrección, en la salvación del ser humano completo, en su unidad corporal y espiritual, en la salvación de la humanidad, de la historia y de la creación. Es el don de Dios.

¡La muerte ya ha sido vencida!

+ Francesc Pardo i Artigas

Obispo de Girona

Mons. Francesc Pardo i Artigas
Acerca de Mons. Francesc Pardo i Artigas 411 Articles
Francesc Pardo i Artigas nació en Torrellas de Foix (comarca del Alt Penedès, provincia de Barcelona), diócesis de Sant Feliu de Llobregat, el 26 de junio de 1946. Ingresó en el Seminario Menor de Barcelona y siguió estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor, de la misma diócesis. Se licenció en Teología, en la Facultad de Teología de Cataluña. Es autor de diversos artículos sobre temas teológicos publicados es revistas especializadas. Recibió la ordenación presbiteral en la basílica de Santa María de Vilafranca del Penedès, el 31 de mayo de 1973, de manos del cardenal Narcís Jubany. El 16 de julio del 2008, el Papa Benedicto XVI lo nombró Obispo de Girona. Recibió la Ordenación Episcopal el dia 19 de octubre del 2008 en la Catedral de Girona, tomando posesión de la diócesis el mismo día.