Más allá de la muerte

Más allá de la muerte, nos espera la vida para siempre. Hemos nacido para la vida, para la vida sin fin; la muerte es un accidente pasajero, que nos introduce en la vida eterna definitivamente. El mes de noviembre es el último mes del Año litúrgico, es el mes de los Santos, el mes de los Difuntos. Es el mes en que nos detenemos a pensar en la vida que no acaba, en la vida después de la muerte. “Dichoso mes, que empieza por todos los Santos y termina con san Andrés”, afirma un dicho popular, que considera el mes de noviembre como mes privilegiado.

La fiesta de todos los Santos es el 1 de noviembre. Nos levanta el ánimo para que miremos al cielo como nuestra patria definitiva. Los años van pasado y nuestra estancia en la tierra es limitada, tiene fecha de caducidad. La fiesta de todos los Santos nos invita a mirar al cielo, donde se encuentran nuestros hermanos mayores, los que nos ha precedido en el signo de la fe y duermen ya el sueño de la paz. Allí iremos también nosotros con ellos. No es una fecha para la tristeza, sino para la alegría y la esperanza. Nuestra vocación es la santidad, y esos hermanos nuestros ya han alcanzado la meta, y gozan de Dios para siempre. Entre esos santos que veneramos están muchos amigos, familiares y conocidos que ya han traspasado el umbral de la muerte, después de haber vivido santamente. La Iglesia ha canonizado a algunos, pero la inmensa multitud de los habitantes del cielo no serán canonizados. A todos quiere la Iglesia honrar con el recuerdo para que los imitemos y recurramos a su intercesión en el camino de la vida. Santos del cielo, mirad nuestras vidas y acompañadnos en nuestro caminar hasta la meta. Viendo vuestra vida santa, aprendemos a vivir santamente.

La vida cristiana llega a su plenitud en la santidad. Nos anima saber que esa es nuestra vocación, y que en este camino van delante nuestros hermanos mayores, los santos del cielo.

Y, por qué celebramos a los Difuntos otro día, el 2 de noviembre. Porque los que traspasan el umbral de la muerte y todavía están atados por lazos de pecado o secuelas derivadas, necesitan ser plenamente liberados, purificados en el Purgatorio. El Purgatorio es aquella situación en la que la persona ve con plena claridad cuánto es el amor de Dios y qué poco ha correspondido por su parte. Es una purificación que se realiza en clima de amor. Por eso duele tanto. Cuando somos muy queridos y no hemos sabido corresponder, el dolor es inmenso. Eso es el Purgatorio cara a cara con Dios. Por los que se hayan apartado de Dios definitivamente en el infierno, la Iglesia no ora, porque su situación es irreversible.

La Iglesia nos invita constantemente a orar por los difuntos, que han muerto en la amistad de Dios y todavía no han llegado al cielo. Porque nuestra oración los ayuda, los alivia, les acorta el tiempo de la prueba. Podemos expresar nuestro dolor con lágrimas que brotan espontáneas, como Jesús lloró ante la tumba de su amigo Lázaro, aún sabiendo que lo iba a resucitar. Podemos expresar con flores nuestro cariño hacia las personas queridas. Pero lo que realmente les llega es nuestra oración por su alma, ofrecer la Santa Misa en sufragio suyo u otras oraciones. La oración por los Difuntos está continuamente presente en la memoria de la Iglesia, en todas las Misas, en la oración de Vísperas cada día, etc.

Os invito a que encarguéis a vuestros sacerdotes que ofrezcan Misas por vuestros difuntos, y nos unamos todos a ese ofrecimiento. Es una santa costumbre, muy extendida, pero que a veces se descuida. La Misa tiene un valor infinito y, si a ello unimos nuestra ofrenda de corazón y una limosna, entramos en el precioso misterio de la comunión de los santos, donde unos ayudan a otros en la aplicación de los frutos de la redención de Cristo. Ellos nos ayudan, nosotros los ayudamos. En el misterio de la fe y la comunión eclesial. Oramos unos por otros, ofrecemos la Santa Misa, el Rosario, nuestros sacrificios. Hacemos como una piña entre todos, y de esa manera la muerte y sus secuelas son vencidas por el amor cristiano.

Recibid mi afecto y mi bendición:

 

+ Demetrio Fernández,

Obispo de Córdoba

Mons. Demetrio Fernández
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Nació el 15 de febrero de 1950 en Puente del Arzobispo (Toledo) en el seno de una familia cristiana. Sintió la llamada de Dios al sacerdocio en edad temprana. Estudió en los Seminarios de Talavera de la Reina (Toledo), Toledo y Palencia. Es maestro de Enseñanza Primaria (1969). Licenciado en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana. Estudios de Derecho Canónico en Roma y Salamanca. Doctor en Teología por la Pontificia Universidad Salesiana de Roma con el tema: “Cristocentrismo de Juan Pablo II”. Recibió la ordenación sacerdotal el 22 de diciembre de 1974 en Toledo, de manos del cardenal Marcelo González Martín, arzobispo de Toledo. Profesor de Cristología y Soteriología en el Seminario de Toledo (1980-2005); Consiliario diocesano de MAC -Mujeres de Acción Católica- y de “Manos Unidas” (1983-1996); Vicerrector y Rector del Seminario Mayor “Santa Leocadia” para vocaciones de adultos (1983-1992); Pro-Vicario General (1992-1996); Delegado Episcopal para la Vida Consagrada (1996-1998); Párroco de “Santo Tomé”, de Toledo (1996-2004). Nombrado Obispo de Tarazona el 9 de diciembre de 2004, recibió la ordenación episcopal el 9 de enero de 2005 en el Monasterio de Veruela-Tarazona. El día 18 de febrero de 2010 fue nombrado por el Santo Padre Benedicto XVI Obispo de Córdoba. Inició su ministerio episcopal en la Sede de Osio el día 20 de marzo de 2010.