El significado de la vida

En muchas ocasiones se nos reprocha a obispos y sacerdotes que no hablamos casi de la vida eterna, del más allá, y hablamos mucho del más acá, de la vida de cada día. Mi reflexión es la siguiente: hay que hablar o predicar, en homilías o charlas de todo el misterio cristiano. Porque en el Nuevo Testamento Jesús no tiene ningún problema de hablar del demonio, de las moradas eternas o de los infiernos; habla también de la vida sencilla de cada día. No olvidemos, pues, que Cristo con su muerte y resurrección llevó a cumplimiento la Alianza de Dios con la humanidad, habiendo triunfado sobre el pecado y la muerte. Estamos, pues, en “lo último” (lo “escatológico”, dicen otros), y no tenemos que esperar ni a otra época ni a otro que nos salve. Es la edad última, antes de la consumación que nos llega a cada uno con nuestra muerte, y a todos cuando Cristo venga por segunda vez de manera definitiva.

Pero, sin duda, hay un olvido de lo principal y una preocupación excesiva por el día a día, con tener cosas y conseguir, consumir esto o aquello. Aquí es bueno recordar ese episodio evangélico: un joven le plantea a Jesús la pregunta “Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna? (Mt 19, 16). Es la pregunta fundamental, porque es la pregunta llena de significado para la vida. Expresa la aspiración más profunda del corazón del ser humano y está en el origen de cada decisión y acción humana; es la fuerza secreta que mueve nuestra libertad. Es la aspiración a una vida llena de sentido, que no pierde nunca las razones que hacen que vivir sea hermoso, incluso cuando la vida diaria, con frecuencia, sea dura.

¿Quieres hacerle tú, joven o mayor, esta pregunta a Jesús?: “¿Qué tengo que hacer para no ver nunca la muerte?”. Y esperar su respuesta, porque solo Él puede darnos la respuesta que es totalmente verdad, porque sólo Él conoce nuestro corazón. Cristo dice, por ejemplo: “Si tu observas mi palabra, no verás nunca la muerte”. ¿Qué significa “si tú observas mi palabra”? Significa vivir como vivió Cristo. Así de sencillo. Vivir significa aquí pensar: observar la palabra de Cristo, significa pensar como pensaba Cristo. Vivir significa desear: observar la palabra de Cristo significa tener los mismos deseos/sentimientos que estuvieron en Cristo Jesús. Vivir significa decidir: observar la palabra de Cristo significa decidir/elegir según los criterios que son los de Cristo. En una palabra: observar la palabra de Cristo significa dar cada día que pasa más espacio a la presencia de Cristo y a sus palabras. Así nunca verás la muerte.

¿Por qué quien así vive no verá nunca la muerte? Hay que ver primero que significa “no ver la muerte”. Desde luego, no significa evitar la muerte física. Pero es que ésta no nos separa de Cristo, porque nos ha hecho Él partícipes de su vida resucitada en el Bautismo y así vencemos a la muerte: por eso quien observa su palabra participa en la vida misma de Dios. Esta participación en su perfección se realiza totalmente después de la muerte; sí, pero en la comunión con Cristo es ya, desde ahora, luz de verdad, fuente de significado para nuestra vida terrena, en saborear la plenitud ilimitada. Así nuestra vida se pone en el horizonte verdadero.

La afirmación de Cristo es que quien observa la palabra de Dios nunca verá la muerte, sino que desde ahora posee la vida eterna, porque Cristo es la Vida eterna que se nos ha hecho visible, que ha puesto a nuestra disposición: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11, 25).

Así que –me dirijo ahora a los jóvenes-, si queréis conoceros a vosotros mismos hasta el fondo, si queréis vivir sin disminuir la medida de vuestro deseo, tenéis que acercaros con todo vuestro ser a Cristo, abriros a su palabra, entrar en Él para asimilar toda su plenitud. Entonces podréis decir con verdad plena: “Porque en ti está la fuerte viva, y tu luz nos hace ver la luz” (Sal 36, 10).

 

+ Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo. Primado de España

 

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.