Pablo VI amó a la Iglesia como era, sin peros ni fisuras

Ahora que una especie de viento helado azota la imagen pública de la Iglesia resulta iluminador acercarnos al modo en que San Pablo VI la entendió y la sintió. Cuando releemos sus escritos, especialmente los del final de su vida, impresiona la dulce sencillez de su confesión de fe, la conciencia de su pequeñez y de sus límites (él, que había sido un grandísimo intelectual y un avezado hombre de gobierno), su simpatía por el corazón del hombre y su búsqueda, el dolor por la confusión que contemplaba en aquellos años 70, pero sobre todo su amor inquebrantable a la Iglesia.

En la parte conclusiva de su extraordinaria “Meditación ante la muerte”, confiesa ese amor con una sencillez que desarma: «puedo decir que siempre la he amado… y que para ella, no para otra cosa, me parece haber vivido. Pero quisiera que la Iglesia lo supiese». Y después, tomando conciencia de todo su dramático desarrollo histórico, afirma: “quisiera finalmente abarcarla toda en su historia, en su designio divino, en su destino final… en su consistencia humana e imperfecta, en sus desdichas y sufrimientos, en las debilidades y en las miserias de tantos hijos suyos, en sus aspectos menos simpáticos y en su esfuerzo perenne de fidelidad, de amor, de perfección y de caridad”. Esta mirada final, tan aguda y luminosa, sólo se explica por lo que él mismo había escrito en la encíclica Ecclesiam suam, que «el misterio de la Iglesia no es mero objeto de conocimiento teológico, sino que debe ser un hecho vivido, del cual el alma fiel, aun antes que un claro concepto, puede tener una como connatural experiencia»

Fue esa experiencia profunda la que permitió al Papa Montini sostener una lucha constante para preservar el Depósito de la Fe, salvaguardar la unidad de la Iglesia y prepararla para una nueva misión, a través de un diálogo crítico y apasionado con un mundo que ya soltaba amarras de la gran Tradición cristiana que lo había forjado. En su última homilía, pronunciada el 29 de junio de 1978, confesaba que el propósito incansable de sus quince años de pontificado había sido no traicionar nunca «la santa verdad». Un testigo de excepción, el cardenal Hyacinthe Thiandoum, confesó años más tarde haberle sorprendido llorando como Pedro, sólo que el apóstol lloraba por haber traicionado, mientras que él lloraba por el sufrimiento que algunas veces le supuso permanecer fiel.

Recordemos aquí el tiempo en que arreciaba la crisis postconciliar y la Iglesia se veía lacerada por quienes impugnaban el Concilio, por su supuesta ruptura con la Tradición, y por quienes pretendían convertirlo en una especie de refundación, quebrando la continuidad del único sujeto eclesial a lo largo de la historia. Muchos reclamaron entonces al Papa, de forma destemplada, gestos clamorosos e intervenciones contundentes para afrontar la tempestad. Él, sin embargo, consideró que tenía que seguir “únicamente la línea de la confianza en Jesucristo, a quien su Iglesia le interesa más que a nadie”. Una lección que nos conviene recordar estos días. En ese sentido, Pablo VI realizó con la profesión del “Credo del Pueblo de Dios” un gesto absolutamente propio de su ministerio como Sucesor de Pedro, y mostró así la raíz esencial de cualquier respuesta a las crisis que la Iglesia pueda atravesar: redescubrir la fe, revivirla de nuevo en toda su amplitud y profundidad, en cada circunstancia. Y consciente ya de su inminente paso al Padre, quiso pedir la gracia de transformar su muerte “en un don de amor para la Iglesia”, a la que amó hasta el final sin peros ni fisuras.

José Luis Restán, Director editorial de COPE

(Fundación Pablo VI)

 

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