El fin del ser humano

El fin del ser humano, sea varón y mujer, no es la muerte, no es la fría losa de un sepulcro, o la tierra leve en una tumba. Considero que contra ese planteamiento hay algo en cada uno de nosotros que se revela, porque ¿quién no quiere vivir, vivir bien, vivir con los seres queridos, vivir feliz, vivir siempre? «Ciertamente todos nosotros queremos vivir felices, y en el género humano no hay nadie que no dé su asentimiento a esta proposición, incluso antes de sea plenamente anunciada» (San Agustín, De las costumbres de la Iglesia, 1q,3,4). Incluso los que se suicidan van buscando la muerte, pero por huir del dolor, de la frustración y del sin sentido.

La fe cristiana considera que «todos los hombres, dotados de alma racional y creados a imagen de Dios, tienen la misma naturaleza y el mismo origen y, redimidos por Cristo, gozan de la misma vocación y destino eterno» (GS, 29). En el Credo decimos: Creo… en la resurrección de la carne y en la vida eterna. Dios nos llama a compartir el destino de Cristo, ser coherederos con él (cfr. Gal 4, 4-7). Esa es la voluntad de Dios, su plan y proyecto (cfr. Ef 1, 1-10). Depende de cada uno el responder a ese anhelo y amor de Dios o no; depende de nuestra responsabilidad tener gloria o tener condenación. «El cristiano que une su propia muerte a la de Jesús, ve la muerte como una ida hacia Él y la entrada en la vida eterna» (Cat. Igl. Cat. 1020). Dicho con otras palabras: anhelamos el cielo, vivir para siempre con Cristo, estar con él, donde está él, reinar con él, ver a Dios tal cual es, comunión de vida y amor con la Santa Trinidad, con la Virgen María, los ángeles y los santos. A todo eso nos referimos cuando decimos cielo.

La Sagrada Escritura emplea imágenes diversas para hablar de nuestro destino: vida, luz, paz, banquete de bodas, vino del reino, casa del Padre, la Jerusalén celeste, el paraíso: «Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le amán» (Cat. Igl. Cat. 1023.1029). En el cielo «allí desaparecerá el gemido y el dolor. Allí no hay oración sino alabanza, aleluya; amén; voz concorde con los ángeles, allí no habrá contemplación, sino descanso, y amor sin tedio» (San Agustín, Comentario al salmo 85, 11). Esta será nuestra actividad: la alabanza de Dios. Amar y alabar. Dejarás de alabar si dejas de amar. Pero no cesarás de amar, porque está Aquel a quien has de ver, que no te causará ningún cansancio. Te saciará y no te saciará” (Salmo, 85, 7).” Allí descansaremos y veremos, veremos y amaremos, amaremos y alabaremos. He aquí lo que acontecerá al fin sin fin. ¿Y qué otro fin tenemos sino llegar al Reino que no tendrá fin? (S. Agustín. Ciudad de Dios, 22,30).

Alguno preguntará: ¿Y no nos aburriremos, no nos cansaremos haciendo siempre lo mismo como nos aburrimos y cansamos en esta vida mortal de muchas actividades? Es verdad que hay actividades que nos cansan, pero la vida eterna no. ¿Nos cansamos de tener salud, de estar sanos? ¿Nos cansamos de amar y ser amados, de estar con los que nos aman y con cuya compañía disfrutamos? ¿No es verdad que no? Pues mucho más con Dios.

¿Qué hacer, cómo dar pasos hacia la vida eterna? Conviene que de vez en cuando pensamos en la vida eterna. Estamos tan metidos en las cosas y problemas de cada día que perdemos esta perspectiva. «No nos satisface todo lo que tiene fin, por muy largo que sea; y por lo mismo, no puede llamarse largo. Si somos avaros, lo seamos de la vida eterna. Desead la vida que no tiene fin. Se entregue de lleno a esto vuestra codicia. ¿Deseas tesoros sin límites? Codicia la vida eterna sin fin». (San Agustín, Comentario al salmo, 90, 2).

«Solo Dios basta», nos dirá Santa Teresa de Jesús. «Ninguna cosa puede bastarte si no es quien te ha creado. Donde quieras que pongas la mano hallarás miseria, sólo puede bastarte quien te hizo a su imagen… Sólo en Dios puede haber seguridad, y donde puede haber seguridad habrá como una hartura insaciable. Porque ni te hartará de modo que quieras dejarlo, ni te ha de faltar nada que puedas echar de menos» (San Agustín, Sermón 125,11). «Si se ama la vida, adquirámosla allí donde no se termina con la muerte» (San Agustín, Carta 127,5). Busquémosla en Cristo que es el camino, para llegar a la verdad y la vida (Jn 14, 6). Sigamos a Cristo, conozcamos a Cristo, amemos a Cristo y como Cristo. Cree, espera y ama. Sobre todo, amemos, porque «al caer la tarde, nos examinarán del amor» (S. Juan de la Cruz).

+  Manuel Herrero Fernández, OSA.

Obispo de Palencia

Mons. Manuel Herrero Fernández
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Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA, nació el 17 de enero de 1947 en Serdio-Val de San Vicente, (Cantabria). Ingresó en el Seminario Menor “San Agustín” de Palencia. Estudió Filosofía y Teología en el Monasterio Agustino de “Santa María de la Vid” (Burgos), en el “Estudio Teológico Agustiniano” de Valladolid y en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial (Madrid). Obtuvo el Bachillerato en Teología por la Universidad Pontificia de Comillas (Madrid) y la Licenciatura en Teología Pastoral por la Universidad Pontificia de Salamanca, sede de Madrid. Hizo Profesión Solemne el 25 de octubre de 1967, siendo miembro de la Orden Agustina, Provincia del “Santísimo Nombre de Jesús de España”. Fue ordenado sacerdote el 12 de julio de 1970, por el entonces Obispo de Palencia, Mons. Anastasio Granados. Ha desempeñado los siguientes cargos: • Formador en el Colegio Seminario Agustino de Palencia. • En Madrid: Director Espiritual del “Colegio Nuestra Sra. del Buen Consejo”; Párroco de “Ntra. Sra. de la Esperanza”; Delegado del Vicario de Religiosas; Prior de la Comunidad de “Santa Ana y La Esperanza”; Arcipreste de “Ntra. Sra. de la Merced”; Profesor de Pastoral en los Centros Teológicos agustinos de El Escorial y de Los Negrales; Vicario Parroquial de “San Manuel y San Benito”. • En Santander: Primer Párroco de “San Agustín”; Delegado Episcopal de “Caritas y Acción Social”; Profesor del Seminario Diocesano de Monte Corbán; Delegado Episcopal de Vida Consagrada; Vicario General de Pastoral; Párroco de “San Agustín”; del 22 de diciembre de 2014 hasta el 30 de mayo de 2015 Administrador Diocesano de Santander durante la sede vacante; Profesor del Instituto Teológico de Monte Corbán, Vicario General y Moderador de la curia de la diócesis desde 2002, y párroco de “Ntra. Sra. del Carmen” desde 2014. El 26 de abril de 2016 fue nombrado Obispo de Palencia por el Papa Francisco y el 18 de junio del mismo año fue ordenado Obispo e inició su Ministerio Episcopal en la Sede palentina.