El cielo y la muerte

Es una verdadera lástima que la inercia de las costumbres, los orígenes y restos paganos, y los intereses comerciales hayan banalizado y privado de sentido celebraciones de gran trascendencia para la vida humana.

Según dicen, “Halloween” etimológica-mente significa “víspera de Todos los Santos”, aunque derivó también en “víspera de difuntos”. Lo que hoy se conoce en todo el mundo por ese nombre responde a una celebración de historia complicada: sus orígenes paganos – celtas, su cristianización en torno al siglo IX, su derivada en el mundo folclórico, y su entrada y explotación comercial en el siglo XX, han hecho de ella algo absolutamente banal.

La integración de tradiciones paganas en la celebración de nuestra fe responde a la voluntad de Dios que desea que nuestra fe arraigue en la humanidad, se haga cultura y que la humanidad adquiera el rostro de Jesucristo, se cristianice. Así mismo no estamos en contra de las adherencias folclóricas de numerosas fiestas cristianas. Sólo desearíamos que estas adherencias no nos impidieran vivir profundamente hechos de absoluta transcendencia en nuestra vida.

He aquí que la tradición nos ha dejado dos celebraciones unidas: el recuerdo de los muertos y la conmemoración de los santos. Esto no deja de tener su sentido, pero resulta antihumano banalizar la muerte y el cielo.

La filósofa Hannah Arend nos enseñó el significado y la gravedad de la actitud de “banalizar” la vida. Volveremos sobre ello para denunciar esta actitud como una auténtica enfermedad. Pero aquí ya entendemos que si todo el recuerdo de los muertos consiste en hacer miedo, disfrazarse, gastar bromas; y que los santos no merecen más que el trato de “muertos vivientes”, que deambulan entre este y el otro mundo, ¿qué nos queda de humanidad?; ¿hasta qué punto hemos perdido la visión honrada y realista de la vida?; ¿cómo hemos llegado a acomodarnos al engaño y la evasión?

Si el cielo no existe, si los justos y las víctimas del mal y la injusticia no alcanzan la luz y la felicidad, ¿qué sentido tiene luchar por la humanidad y mejorar este mundo?; si olvidamos o negamos el hecho incuestionable de la muerte, como algo contrario a la vida y al amor, ¿en qué mundo de fantasía vivimos?; ¿todos nuestros sueños no serán más que quimeras?

Los santos son hermanos nuestros, se han ensuciado con el polvo de nuestros mismos caminos, sus luchas fueron más o menos como las nuestras, se hicieron las mismas preguntas que nosotros y buscaron la verdad, y anhelaron la felicidad, sufrieron las mismas enfermedades y disfrutaron de momentos de gozo, tal como nosotros vamos viviendo… Sólo que en ellos triunfó el amor de Dios y en esta victoria descubrimos el triunfo de la humanidad. Todo lo verdaderamente humano ha vencido en ellos.

Entonces nuestros sueños no son meras ilusiones. Los sueños, con los que a veces construimos utopías, los vemos realizados en los santos. No porque hayan sido unos héroes, sino porque la victoria de Cristo sobre el mal y la muerte se ha verificado también en ellos: ¡es posible la felicidad plena y existen los hombres y mujeres totalmente realizados!

Por tanto, aunque la muerte sea algo muy serio, ante nuestros ojos, en lugar de olvidarla, hacerla motivo de miedo o de broma, puede llegar a ser puerta de acceso a la luz. Allí donde viven plenamente nuestros hermanos en perfecta comunión de amor, donde esperamos vivir todos.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.