El arte de cuidar la casa común

El Papa Francisco clausurará hoy el Sínodo de los Obispo de la Amazonía. Ya reflexionaremos sobre sus conclusiones, teniendo en cuenta su finalidad principal: atender evangélicamente a los que habitan esa zona tan vital para la humanidad, dignos de atención por su dignidad y su pobreza material pero ricos en tantas otras cualidades; empresa ardua pues se trata de gentes de muchos pueblos y muchas lenguas en lugares difíciles para la movilidad humana. Me interesa, por ello mismo, hablar del cuidado de la casa común, abierta para todos los humanos, pues sin este cuidado, todo se volverá contra nosotros, sobre todo contra los más pobres.

Hay que confesar que, en la mayoría de los casos, nuestros esfuerzos por hacer de este mundo un hogar han terminado en fracaso. Nuestra prosperidad sin precedentes, lejos de fundamentarse en una convivencia amistosa con la tierra y con el prójimo, descansa sobre la base de la destrucción o el agotamiento sistemático de las fuentes de la vida –el suelo, el agua y el aire. Nuestro fracaso–del que dan testimonio nuestras huidas del mundo virtual y nuestra dependencia creciente de sustancias estimulantes, de antidepresivos, de antiácidos, de consumo de espectáculos que alientan los poderes públicos en gran parte, es una prueba de nuestra indisposición o incapacidad para hacer de este mundo un hogar, para encontrar en nuestros lugares y en nuestras comunidades, en nuestros cuerpos y en nuestros trabajos, un lugar gozoso de descanso. Y lo que es quizás más dañino: estamos enseñado a generaciones enteras de niños a que consideren nuestras formas de vida cargadas de ansiedad como la norma a seguir.

En nuestro mundo, sin embargo, hay gente que lucha por todo lo contrario, como el Papa Francisco y otros muchos. No se trata de volver todos al campo, a los pueblos vacíos, sino es otra realidad la que hemos de perseguir. Es conseguir una reconciliación con la tierra, con el prójimo, con Dios: un camino que se fundamenta en el reconocimiento del lugar que nos corresponde en la inmensidad del universo. El carácter destructivo de nuestro cacareado “progreso” no siempre ha sido evidente, sino que, despreciando todas las actividades agrarias y sus sensibilidades, sólo pensamos en la oferta de recursos naturales que no basta para nuestras demandas de ellas.

Pensemos, por ejemplo, en la erosión y el envenenamiento del suelo, la contaminación y el agotamiento del agua, el fuego para, engañosamente, tener nuevas disponibilidades de recursos, sin pensar en los habitantes del medio donde están esos recursos. La deforestación de la Amazonía, pues, no es algo sin importancia, porque, además despreciamos a los nativos, como nos reímos de los que viven en el medio rural de nuestra patria; con la destrucción de las comunidades rurales, que se despueblan por no atender a un desarrollo sostenible, que vea posibilidades para no abandonar nuestros pueblos. En un libro leído recientemente sobre la “casa común, el autor denomina a los depredadores del medio ambiente, a esas personas y grupos de la explotación, los “pornógrafos de la agricultura”, porque su objetivo es conseguir el máximo beneficio a toda costa, y porque su método es la explotación rapaz.

Y, ¿qué decir de la ecología humana? El Señor nos ampare. Hay quienes afirman que vivimos en Europa una “civilización” que está en riesgo, y ese riesgo se corre lo mismo en partidos de izquierdas y de derechas. Si nuestra sociedad se atrinchera sobre el aborto, la eutanasia, la ideología de género, las madres de alquiler o el totalitarismo ideológico, ¿qué poder de maniobra tienen los que piensan que todo eso lleva al desastre, y a una sociedad sin dimensión ética y moral. Si huimos de la verdad, ¿de quién nos fiaremos? Es más cómodo decir que un hombre puede ser hombre o mujer cuándo y cómo quiera. Pero eso es una mentira, porque la biología es determinante: una mujer es una mujer y un hombre es un hombre. ¿Qué reflexión harán quienes aceptan la ideología de género sin una actitud meramente crítica?

Pidamos a Dios valentía y determinación para no despreciar la verdad, sin buscar ardides para engañarnos a nosotros mismos.

 

+ Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo. Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.