La misión a la vuelta de la esquina

Hemos escuchado la llamada a vivir este mes centrados en las misiones. En principio, esta llamada que se refiere a la tarea evangelizadora allí donde la Iglesia vive en la frontera, es decir, donde Jesucristo no es conocido o la fe cristiana apenas es significativa. Pensamos espontáneamente en tierras lejanas y en los misioneros que allí van dejando la vida.

Ésta es una visión, diríamos, “clásica” de la misiones. Una visión que sigue siendo verdad: las misiones son los lugares y las acciones que facilitan el encuentro de la fe cristiana, el Evangelio, la Iglesia, con el mundo que llamamos “pagano”. En ese mundo, a todas las gentes de cualquier cultura, raza o condición, Jesucristo es anunciado y testificado, según el mandato y el envío que de Él hemos recibido (cf. Mt 28,19-20). El Papa hace una llamada a reavivar el espíritu (la tensión) misionera y nos recuerda aquellas palabras de la carta a Timoteo: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tm 2,4).

Pero hemos de vivir este espíritu misionero con los pies en la tierra y en el momento presente. El espíritu misionero nos pide que vivamos la misión evangelizadora aquí y hoy: “la misión está a la vuelta de la esquina”. En un doble sentido.

Está a la vuelta de la esquina porque la comunión del Espíritu que vivimos en la Iglesia salva las distancias, atraviesa los muros físicos y simbólicos, reúne lo diferente, no conoce las palabras “extranjero o extraño”, conjuga el verbo compartir… En consecuencia, todo aquello que se vive en las misiones lejos lo hemos de vivir cerca. Es también vida nuestra. Tan cerca como lo están los buenos amigos aunque se encuentren físicamente ausentes.

La misión está a la vuelta de la esquina en otro sentido. Resulta que ya aquí, en nuestra sociedad y nuestra cultura “del primer mundo”, a comienzos del siglo XXI, existe el mundo pagano, el mundo que no conoce a Jesucristo. Alguien matizaría diciendo que más bien “no lo reconoce” como el Salvador vivo y presente, que interpela nuestra fe y determina una forma de pensar y vivir. Es cierto que perduran aún vestigios de su recuerdo en el arte, en la cultura, en costumbres y tradiciones, y quizá también un cierto humanismo sin referencia a Dios Padre… (Habría que explicar bien eso de que “nuestro mundo ha dejado de ser cristiano”). Pero la realidad se impone. Aunque suene fuerte esta expresión, es verdad que los criterios de vida, las pautas de conducta, la organización social, responden a lo que entendemos por mundo pagano. Algunos van más allá y dicen que este mundo, esta forma de vivir, tiene sus propios dioses, sus ritos, sus mitos… En cualquier caso, todos tenemos sobradas experiencias de encontrarnos con personas que construyen sus vidas al margen de Jesucristo, por rechazo, por indiferencia, por ignorancia, por prejuicios, etc.

Hemos de vivir el espíritu misionero también en casa, entre los amigos, con los compañeros de trabajo, ejerciendo nuestra profesión, cuando creamos o disfrutamos de la cultura, en el mundo del ocio o de la política.

Hagámoslo por muchas razones. La más importante es que en ello consiste nuestra aportación a la salvación del mundo. Si por nuestra acción misionera Jesucristo es conocido y recibido, entonces habremos realizado el mejor regalo que un amigo ofrece a sus amigos: les hace partícipes del tesoro más valioso, que él mismo ha recibido y es el fundamento de su vida. Es cuestión de verdadera amistad.

 

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.