En tiempos recios, amigos fuertes de Dios

A las puertas de la festividad de nuestra patrona, santa Teresa de Jesús, comenzamos un nuevo curso no solamente laboral y escolar, sino también pastoral.

Ella decía “en tiempos recios, amigos fuertes de Dios”. Esta expresión se refiere a los años que le tocó vivir, no exentos de novedades y convulsiones como ocurre también en el mundo actual. La Santa hablaba de que eran “tiempos recios” y señalaba también que en dichos tiempos “son menester amigos fuertes de Dios para sustentar a los flacos” (Libro de la Vida 15,5). Ciertamente, podríamos encontrar bastantes paralelismos entre la época de Santa Teresa y la nuestra.

Su tiempos, como los de ahora, eran difíciles, de cambio entre épocas, pero que,  a la vez, ofrecían, como actualmente lo hacen los nuestros -¡desechemos todo pesimismo quejumbroso!- grandes oportunidades para vivir una fe que impregne la vida y sea transformadora de la realidad social; que muestre un testimonio coherente y atractivo de Cristo, una posibilidad real de vivir la santidad y, como nos anima el papa Francisco en su Exhortación Evangelii Gaudium, iniciemos una nueva etapa evangelizadora en nuestra diócesis y llevemos a cabo, de manera mas intensa, el compromiso social que va unido inseparablemente a la fe cristiana.

Para ello seamos, en primer lugar, inconformistas con nuestro nivel de vivencia cristiana, en ocasiones de puro mantenimiento y rutina, de nuestra carencia de afán apostólico y misionero, de nuestras faltas de amor a Cristo y a los hermanos, de nuestras divisiones e individualismos eclesiales. Seamos también, por ser precisamente ciudadanos cristianos, inconformistas con el estado de nuestro mundo, de nuestra realidad social más próxima donde, a pesar de los avances conseguidos, seguimos percibiendo desigualdades y marginación para con las capas sociales más desfavorecidas y también en ámbitos territoriales, como nuestra provincia y región, donde el envejecimiento, la despoblación y la falta de infraestructuras de comunicación adecuadas, nos dañan gravemente, dejándonos poco margen de esperanza para la recuperación si no viene en socorro, con la urgencia y concreción necesarias, la debida ayuda de las administraciones públicas y el concurso obligado, sin partidismos ni recelos, de todas las fuerzas sociales y políticas, de la entera sociedad civil.

Nuestra santa y modelo, que fue una inconformista y por ello reformadora en su tiempo, parte en su vida primero de una reforma personal, interior, que irá desplegándose hasta llegar a ser una reforma exterior que afectará a toda la Iglesia y de la que desde entonces somos beneficiarios con el gran legado carmelitano. Su “conversión” no es pues una conversión puramente exterior, extrínseca sin más, de simple cambio de estructuras, sino una conversión, un cambio interior y personal. Lo mismo hemos de hacer nosotros avanzando primero en nuestra maduración humana y cristiana, poniéndonos metas concretas de reforma y un mayor seguimiento de Cristo.

Fundamentada en la roca del “sólo Dios basta”, de una plena vida cristiana de unión con Dios en la oración, santa Teresa de Jesús saca fuerzas sobrenaturales para enfrentarse a sus crisis personales y a la situación espiritual de la Iglesia y de la sociedad de su época, de “tiempos recios”, con la reforma  del Carmelo, con su transformación espiritual llena de frescor evangélico y valentía humana, de la que tan necesitados estamos hoy de recuperar en nuestra genética espiritual como Iglesia y sociedad abulense: santidad, coherencia cristiana, sensibilidad y compromiso social, valentía, arrojo, inconformismo, unidad y cohesión, espíritu de superación personal y de cooperación, solidaridad…

Pongámonos manos a la obra con esperanza. Tenemos ante sí un nuevo curso en el que avanzar personal, familiar, social y eclesialmente. Para comenzar se nos ofrece una magnífica oportunidad a los cristianos con el Mes Misionero Extraordinario, que establecido por el Papa Francisco con el lema “Bautizados y enviados: la Iglesia de Cristo en misión en el mundo”, tiene como fin recordarnos las exigencias de nuestra condición de cristianos e impulsar nuestro aprecio por las misiones y los misioneros en otros países, tomando conciencia a la vez de que también nosotros hemos de ser, sin excusas, misioneros en el aquí y ahora de nuestras circunstancias concretas y en nuestra tierra. ¡Seamos amigos fuertes de Dios!

Con mi bendición y afecto,

 

+ José María Gil Tamayo

Obispo de Ávila

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