“No se trata solo de migrantes, se trata también de nosotros”

Es el lema de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado de este año 2019. Vamos a sintetizar el Mensaje que el papa Francisco nos ha dirigido con esta ocasión. Las personas migrantes, refugiadas, desplazadas y las víctimas de la trata, se han convertido en emblema de la exclusión. Muchas veces, además de soportar dificultades por su misma condición, son objeto por nuestra parte de juicios negativos y nuestra actitud cerrada hacia ellas es una señal de la decadencia moral en la que vivimos. En ella podemos ver al descubierto nuestros miedos, nuestra falta de caridad y de humanidad, nuestra tendencia a excluir, nuestra resistencia a poner a los últimos en el primer lugar.

Tenemos miedo a los “otros”, a los desconocidos, a los marginados, a los forasteros. Y esto se nota particularmente hoy en día. Vemos a los migrantes y refugiados como un peligro para nuestra seguridad, para nuestros puestos de trabajo, etc… El problema no es el tener dudas y sentir miedo. El problema se presenta cuando esas dudas y esos miedos condicionan nuestra forma de pensar y de actuar engendrando intolerancia, cerrazón e incluso a veces racismo. El miedo nos priva así del deseo y de la capacidad de encuentro con el otro, con aquel que es diferente; nos priva de una oportunidad de encuentro con el Señor (cf. Francisco, Homilía en la Concelebración Eucarística de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, 14 enero 2018).

No olvidemos que a través de las obras de caridad mostramos nuestra fe (cf. St 2,18). Y la mayor caridad es la que se ejerce con quienes no pueden corresponder y tal vez ni siquiera dar gracias. Se trata de nuestra humanidad, que nos ha de llevar como al buen samaritano a detenernos, a sentir compasión, a acercarnos y a aliviar, curar y salvar. “Abrirse a los demás no empobrece, sino que más bien enriquece, porque ayuda a ser más humano” (Francisco, Discurso en la Mezquita “Heydar Aliyev” de Bakú, Azerbaiyán, 2 octubre 2016).

El mundo actual es cada día más elitista y cruel con los excluidos. Los países en vías de desarrollo siguen siendo expropiados de sus mejores recursos naturales y humanos en beneficio de unos pocos mercados privilegiados. Las guerras afectan sólo a algunas regiones del mundo; sin embargo, la fabricación de armas y su venta se lleva a cabo en otras regiones, que luego no quieren hacerse cargo de los refugiados que dichos conflictos generan. Quienes padecen las consecuencias de las guerras y de la expropiación de sus recursos naturales son siempre los pobres, los más vulnerables, a quienes se les impide sentarse a la mesa y se les deja sólo las “migajas” del banquete (cf. Lc 16,19-21). El desarrollo exclusivista hace que los ricos sean más ricos y los pobres más pobres. El auténtico desarrollo es aquel que pretende incluir a todos los hombres y mujeres del mundo, promoviendo su crecimiento integral, y preocupándose también por las generaciones futuras.

No se trata sólo de migrantes: se trata de poner a los últimos en primer lugar (cfr Mt 10,43-44). La lógica mundana justifica el abuso de los demás para lograr nuestro beneficio personal. Pero la fe cristiana nos prohíbe tajantemente esto, en la lógica del Evangelio “los últimos son los primeros. Se trata de prestar atención a la persona en su totalidad y a todas las personas. «El desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico, debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre» (S. Pablo VI,  Populorum progressio, 14). En nuestra época, también llamada la era de las migraciones, son muchas las personas inocentes víctimas del “gran engaño” del desarrollo tecnológico y consumista sin límites (cf. Francisco, Laudato si’, 34), que emprenden un viaje hacia un “paraíso” que inexorablemente traiciona sus expectativas.

El papa Francisco termina recordándonos que la respuesta al desafío planteado por las migraciones contemporáneas se puede resumir en cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar. Si ponemos en práctica estos verbos, contribuimos a edificar la ciudad de Dios y del hombre, promovemos el desarrollo humano integral de todas las personas y también ayudamos a la comunidad mundial a acercarse a los objetivos de desarrollo sostenible que ha establecido y que, de lo contrario, serán difíciles de alcanzar.

No quiero terminar sin agradecer a la Delegación Diocesana de Migraciones y otras Instituciones eclesiales y civiles su trabajo durante todo el año en la acogida, protección, promoción e integración de los inmigrantes y refugiados en nuestra diócesis.

+Manuel Sánchez Monge,

Obispo de Santander

 

Mons. Manuel Sánchez Monge
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Mons. Manuel Sánchez Monge nació en Fuentes de Nava, provincia de Palencia, el 18 de abril de 1947. Ingresó en el Seminario Menor y realizó luego los estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor Diocesano. Cursó Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, donde obtuvo en 1974 la Licenciatura, con una tesina sobre la infalibilidad del Papa y ,en 1998, el Doctorado con una tesis sobre "La familia, Iglesia doméstica". Fue ordenado sacerdote en Palencia el 9 de agosto de 1970. Fue Profesor de Teología en el Instituto Teológico del Seminario de Palencia (1975), Vicario General de Palencia (1999) y Canónigo de la Catedral (2003). Fue ordenado obispo de Mondoñedo-Ferrol el 23 de julio de 2005. En la Conferencia Episcopal Miembro de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada desde 2005 Desde 2008 es miembro de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar