El miedo a los otros…inmigrantes y refugiados

El papa Francisco ha establecido que este domingo, día 29 de septiembre, se celebre la jornada mundial del Emigrante y el Refugiado. Para vivirla plenamente, puede resultarnos útil conocer los ejes fundamentales del mensaje papal.

Su diagnóstico

La fe nos asegura que el Reino de Dios ya está misteriosamente presente en nuestra tierra, pero constatamos con dolor los conflictos violentos, las guerras, las injusticias y las discriminaciones. Es difícil, al mismo tiempo, superar los desequilibrios económicos y sociales a escala local y global. Y son los pobres y los desfavorecidos quienes más sufren estas situaciones.

Se constata la “globalización de la indiferencia” por la tendencia al individualismo y a la mentalidad utilitarista de las sociedades más desarrolladas. Y es por eso que las personas inmigrantes, refugiadas, desplazadas, víctimas del tráfico de seres humanos, se convierten en personajes excluidos y, a menudo, en culpables de los males sociales. Respiramos la cultura del “descarte”.

Corremos el peligro de dormirnos en nuestras comodidades. Para evitarlo hay que recuperar dimensiones esenciales de nuestro cristianismo y de nuestra humanidad.

Al preocuparnos por los más vulnerables también nos interesamos por nosotros: también crecemos.

Nuestros miedos

Las maldades y los hechos trágicos de nuestro tiempo acrecientan nuestro «miedo a los otros», a los desconocidos, a los marginados, a los forasteros… Todos tenemos una cierta experiencia de ello. Y las dudas y los miedos condicionan nuestra manera de pensar y de actuar, y nos convierten en intolerantes y cerrados, e incluso en “racistas”. El miedo nos priva, de esta manera, del deseo y de la capacidad de encuentro con el otro, con aquel que es diferente. Nos puede privar de la oportunidad de encuentro con el Señor.

Pautas de comportamiento

No se trata solo de inmigrantes, se trata de caridad; y, mediante las obras de caridad, de mostrar nuestra fe. Y la caridad más grande es la que se ejerce con quienes no pueden corresponder y quizás ni siquiera dar las gracias.

Se trata de nuestra humanidad. Recordemos la parábola del buen samaritano, un extranjero para los judíos y que, movido por la compasión, se detiene a ayudar a uno de ellos. Y toca la fibra más sensible de nuestra humanidad. Compadecer, según Jesús, significa reconocer el sufrimiento del otro y pasar a la acción para aliviar, curar y salvar.

No se trata solamente de inmigrantes, se trata de no excluir a nadie. El mundo actual es cada día más elitista y cruel con los excluidos. Quienes sufren las consecuencias de privilegiar los mercados, de las guerras… son siempre los pequeños, los pobres, los vulnerables que deben conformarse con las migajas.

El verdadero desarrollo es aquel que incluye a todos los hombres y mujeres del mundo.

Se trata de poner a los últimos en primer lugar. El lema del cristiano no es “primero yo y después los demás”, sino “primero los últimos”. Y ciertamente hay muchos “últimos” en nuestra sociedad, entre los cuales los emigrantes, con la carga de dificultades que tienen que asumir para encontrar un lugar para vivir con dignidad.

No se trata solo de inmigrantes, se trata de construir la ciudad de Dios y del hombre. Necesitamos ayudar a ver en el emigrante y en el refugiado un hermano o hermana que tiene que ser acogido, respetado y querido, para construir una sociedad más justa y más fraterna.

+ Francesc Pardo i Artigas

Obispo de Girona

Mons. Francesc Pardo i Artigas
Acerca de Mons. Francesc Pardo i Artigas 433 Articles
Francesc Pardo i Artigas nació en Torrellas de Foix (comarca del Alt Penedès, provincia de Barcelona), diócesis de Sant Feliu de Llobregat, el 26 de junio de 1946. Ingresó en el Seminario Menor de Barcelona y siguió estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor, de la misma diócesis. Se licenció en Teología, en la Facultad de Teología de Cataluña. Es autor de diversos artículos sobre temas teológicos publicados es revistas especializadas. Recibió la ordenación presbiteral en la basílica de Santa María de Vilafranca del Penedès, el 31 de mayo de 1973, de manos del cardenal Narcís Jubany. El 16 de julio del 2008, el Papa Benedicto XVI lo nombró Obispo de Girona. Recibió la Ordenación Episcopal el dia 19 de octubre del 2008 en la Catedral de Girona, tomando posesión de la diócesis el mismo día.