Sabiduría de vida que alcanza el corazón

Ahora que ha comenzado el curso escolar en todos los niveles de enseñanza, conviene recordar que conocer y educar han sido inseparables para establecer un futuro de progreso, de justicia y de paz en nuestro mundo. A través de todos los tiempos, una educación al servicio del hombre y no de las ideas de unos pocos ha ayudado a convivir y ha dejado huellas imborrables en la cultura de todos los pueblos.

La educación es el mejor arte para construir hombres y mujeres libres, conocedores de su verdad. Cuanto más se da una adecuada formación conforme a la naturaleza del hombre, que es un ser abierto y relacional, más sabiduría se le ofrece en todos los aspectos de la vida y en todas las dimensiones que tiene y vive.

Este es un trabajo arduo, sin tregua, constante; es un trabajo como el del jardinero «que pone todos los medios para que la flor florezca también entre piedras». Es un trabajo para el cual no valen ideas preconcebidas, porque de lo que se trata es de servir al hombre y hacerlo sin escamotear ninguna de las realidades que tiene. Ello reclama determinación sin fanatismos, valentía sin exaltación, libertad para reconocer todas las dimensiones –que luego el ser humano verá si cierra o no–, tenacidad con inteligencia… Abrir la vida así supone, ya por principio, decir no a la violencia que destruye, que sea la paz la que nos hace encontrarnos con nosotros mismos y con los demás, y sí a vivir la experiencia de reconciliación con uno y con los otros.

Una educación integral garantiza abrir al ser humano a todas las dimensiones que tiene y da conocimientos y sabiduría. ¿Cómo? Nos permite reconocer y abrir la dimensión trascendente, viéndonos cada uno como una criatura que es de Dios, al que le ha sido dada la libertad incluso para negarlo. No se trata de hacerse dueño de sí mismo y de los demás, no se trata de imponer ideas, sino de reconocer realidades que van mucho más allá. Es verdad que hay unas palabras que para los que creemos tienen una fuerza extraordinaria, pero que son las que garantizan la libertad. Ese compromiso incansable de reconocer, garantizar y reconstruir continuamente y concretamente la dignidad a menudo olvidada o ignorada de quien tengo al lado, para que todos puedan ser protagonistas.

Cuando abandonamos partes de nosotros mismos y no las atendemos o las dejamos en la periferia, estas palabras adquieren más fuerza: «Y en tu sabiduría formaste al hombre, para que dominase sobre las criaturas que tú has hecho y para regir el mundo con santidad y justicia, y para administrar justicia con rectitud de corazón» (Sab 9, 1-3). Precisamente, cuando al ser humano se lo reconoce como alguien que viene a este mundo para estar en él sirviendo a los demás con rectitud de corazón, somos capaces de buscar por todos los medios, construir y promover la cultura para la que estamos creados los hombres: la del encuentro. No fuimos creados para la dispersión ni tampoco para el descarte. Sí lo fuimos para vivir ese proceso constante en el que todos se sientan involucrados, en reconocernos en lo que somos, estrechando lazos, con ese corazón que me hace decir a quien veo que es mi hermano. Y con él hago procesos y proyectos que van mucho más allá de las ideas, pues tienden puentes, reconociendo al otro y estrechando lazos, siempre abriendo caminos, buscando metas comunes, valores compartidos, ideas que favorezcan levantar la mirada hacia todos y al servicio de todos.

Me ha impresionado siempre una página del Evangelio en la que Jesús ve a un hombre con parálisis en un brazo (cfr. Mc 3, 1-6). Ve su corazón, ve su sufrimiento. No se detiene en que era sábado, sino en la persona. ¿Qué educación hemos de dar? ¿Qué conocimientos y sabiduría hemos de entregar? Siempre tenemos que ayudar a que todos vean la persona, sus necesidades más hondas. Afrontar esto en la educación es de gran trascendencia. Se pueden tener métodos diferentes, pero siempre que sirvan a la persona, para que esta sea más y haga ser más a los demás. Jesús eligió esto, a pesar de los problemas que le iba a traer curarlo. Le dijo: «Levántate y ponte ahí en medio», y preguntó y nos sigue preguntando: «¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?». Y restableció a aquel hombre, lo curó. Si queremos servir al hombre entremos en su corazón y dejémonos preguntar, llegando al fondo del corazón, si damos vida o muerte, si entregamos bien o mal.

Esta educación supone apostar por otro estilo de vida:

  1. No te quedes en esa sensación de inestabilidad e inseguridad que favorece formas de egoísmo.
  2. No te mantengas en la autorreferencialidad que siempre te aísla y te llena de cosas para compensar y entra en itinerarios que te hagan crecer en la solidaridad, la responsabilidad y el cuidado basado en la compasión.
  3. Vuelve a optar por el bien y regenérate más allá de todos los condicionamientos mentales y sociales que te impongan.
  4. No hay sistemas que anulen la capacidad de belleza y de seguir alentando lo que Dios puso en el corazón de los hombres.
  5. Despierta a vivir una nueva reverencia a la vida y ante la vida; celebra la vida.
  6. Desarrolla la capacidad de salir de ti hacia el otro. Difunde ese nuevo paradigma acerca del hombre, de la vida, de la sociedad, de la relación con la naturaleza que te ha revelado Jesucristo.

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos Cardenal Osoro,

Arzobispo de Madrid

Card. Carlos Osoro
Acerca de Card. Carlos Osoro 349 Articles
Carlos Osoro Sierra fue nombrado arzobispo de Madrid por el Papa Francisco el 28 de agosto de 2014, y tomó posesión el 25 de octubre de ese año. Desde junio de 2016 es ordinario para los fieles católicos orientales residentes en España. El 19 de noviembre de 2016 fue creado cardenal por el Papa Francisco. El prelado nació en Castañeda (Cantabria) el 16 de mayo de 1945. Cursó los estudios de magisterio, pedagogía y matemáticas, y ejerció la docencia hasta su ingreso en el seminario para vocaciones tardías Colegio Mayor El Salvador de Salamanca, en cuya Universidad Pontificia se licenció en Teología y en Filosofía. Fue ordenado sacerdote el 29 de julio de 1973 en Santander, diócesis en la que desarrolló su ministerio sacerdotal. Durante los dos primeros años de sacerdocio trabajó en la pastoral parroquial y la docencia. En 1975 fue nombrado secretario general de Pastoral, delegado de Apostolado Seglar, delegado episcopal de Seminarios y Pastoral Vocacional y vicario general de Pastoral. Un año más tarde, en 1976, se unificaron la Vicaría General de Pastoral y la Administrativo-jurídica y fue nombrado vicario general, cargo en el que permaneció hasta 1993, cuando fue nombrado canónigo de la Santa Iglesia Catedral Basílica de Santander, y un año más tarde, presidente. Además, en 1977 fue nombrado rector del seminario de Monte Corbán (Santander), y ejerció esta misión hasta que fue nombrado obispo. Durante su último año en la diócesis, en 1996, fue también director del centro asociado del Instituto Internacional de Teología a Distancia y director del Instituto Superior de Ciencias Religiosas San Agustín, dependiente del Instituto Internacional y de la Universidad Pontificia de Comillas. El 22 de febrero de 1997 fue nombrado obispo de Orense por el Papa san Juan Pablo II. El 7 de enero de 2002 fue designado arzobispo de Oviedo, de cuya diócesis tomó posesión el 23 de febrero del mismo año. Además, desde el 23 de septiembre de 2006 hasta el 9 de septiembre de 2007, fue el administrador apostólico de Santander. El 8 de enero de 2009, el Papa Benedicto XVI lo nombró arzobispo de Valencia; el 18 de abril de ese año tomó posesión de la archidiócesis, donde permaneció hasta su nombramiento como arzobispo de Madrid en 2014. Tras su participación en la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrada del 4 al 25 de octubre de 2015 y dedicada a la familia, el 14 de noviembre de ese año, el Papa Francisco lo eligió como uno de los miembros del XIV Consejo Ordinario de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos; un organismo permanente que, en colaboración con el Pontífice, tiene como tarea la organización del Sínodo, así como elaboración de los textos y documentación que servirá de base para los estudios de la Asamblea. El 9 de junio de 2016, el Papa Francisco erigió un Ordinariato para los fieles católicos orientales residentes en España, con el fin de proveer su atención religiosa y pastoral, y nombró a monseñor Osoro como su ordinario. El 9 de octubre de 2016, el Papa Francisco anunció un consistorio para la creación de nuevos cardenales de la Iglesia católica, entre los que figuraba monseñor Osoro. El día 19 de noviembre de 2016 recibió la birreta cardenalicia de manos del Sumo Pontífice en el Vaticano. En la Conferencia Episcopal Española (CEE) fue presidente de la Comisión Episcopal del Clero de 1999 a 2002 y de 2003 a 2005; presidente de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar hasta marzo de 2014 (fue miembro de esta Comisión desde 1997) y miembro del Comité Ejecutivo entre 2005 y 2011. Ha sido vicepresidente de la CEE durante el trienio 2014-2017. Ahora pertenece al Comité Ejecutivo como arzobispo de Madrid. Desde noviembre de 2008 es patrono vitalicio de la Fundación Universitaria Española y director de su seminario de Teología.