Responder a la pobreza

Queridos fieles:

Me propongo durante este curso ir publicando diversos artículos que nos ayuden a vivir el objetivo de este último año del Plan Pastoral Diocesano 2016-2020 sobre el servicio de la caridad. El objetivo general nos propone responder a las situaciones de pobreza y de sufrimiento humano como dimensión esencial de la identidad y misión evangelizadora de la Iglesia. Para realizar bien esta misión evangelizadora es necesario tener en cuenta principios básicos que están presentes en nuestra razón, iluminada por la Revelación y la Doctrina Social de la Iglesia. Intentaré seguir fundamentalmente el Catecismo de la Iglesia Católica.

Todos los hombres han sido creados y llamados por Dios a conseguir un mismo fin que es Él mismo. Existe una cierta semejanza entre la unión de las Tres Personas divinas -Padre, Hijo y Espíritu Santo- y la fraternidad que debemos instaurar entre todos, en la verdad y en el amor, como dice la Constitución Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II (n.24).

Por eso, tanto en el orden de la creación como, sobre todo, en el de la gracia instaurada por Jesucristo, el amor al prójimo es inseparable del amor a Dios. Toda persona humana necesita de los demás, pero no solo desde el punto de vista de la utilidad práctica, es decir, porque los demás me sirven para obtener mis fines, sino porque la vida social es una exigencia fundamental de mi propia naturaleza humana. No es un sobreañadido.

El ser humano responde a su vocación, desarrollando sus capacidades humanas solo en la reciprocidad de servicios, en el intercambio con los otros, en el diálogo con sus hermanos y hermanas. Algún filósofo moderno ha dicho que los otros son como mi infierno. ¡Cuán lejos está esa concepción de la vida social de lo que nos enseña la propia razón iluminada por la fe en lo que Dios nos ha revelado sobre la verdadera naturaleza humana! La persona necesita la vida social, pero también la excesiva socialización tiene sus peligros. El fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona, una intervención demasiado fuerte e invasiva del Estado, por ejemplo, puede amenazar la libertad y la iniciativa personal y sofocar el desarrollo armónico de la persona.

La Doctrina Social de la Iglesia ha elaborado un principio general muy importante y básico para que la vida social se desarrolle armónicamente. Es el, así llamado, principio de la subsidiariedad. Según este principio, “una estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior, privándole de sus competencias, sino que más bien debe sostenerle en caso de necesidad y ayudarle a coordinar su acción con la de los demás componentes sociales, con miras al bien común”. Así viene definido este principio en la Encíclica Centesimus Annus de san Juan Pablo II.

Este principio es básico, fundamental, si pensamos en las relaciones entre la familia y el Estado, por ejemplo, o entre el Estado y las asociaciones e instituciones de libre iniciativa creadas para fines económicos, sociales, culturales, deportivos, políticos, etc. El principio de subsidiariedad se opone a toda forma de colectivismo, traza los límites de la intervención del Estado, que debe mirar por el bien común y la justicia social, pero sin arrasar con el tejido social que proviene de instituciones naturales, como la familia, o de las iniciativas libres de las personas. Es un principio básico que intenta, en definitiva, armonizar las relaciones entre las personas concretas y la sociedad, teniendo muy presente lo que decíamos antes: que el fin de las instituciones sociales es la persona.

+ Celso Morga Iruzubieta

Obispo de Mérida-Badajoz

Mons. Celso Morga Iruzubieta
Acerca de Mons. Celso Morga Iruzubieta 54 Artículos
Mons. Celso Morga Iruzubieta nació en Huércanos, La Rioja, el 28 de enero de 1948. Completó sus estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Logroño y fue ordenado sacerdote el 24 de junio de 1972. Posteriormente, cursó la licenciatura en Derecho Canónico en la Universidad de Navarra, donde obtuvo el Doctorado en 1978.morga_iruzubieta_celso Más tarde desarrolló su labor pastoral en diversas parroquias de La Rioja y fue vicario judicial adjunto del Tribunal Diocesano entre 1974 y 1980. Ese año se trasladó a Córdoba (Argentina) para impartir la docencia de Derecho Canónico en el Seminario Archidiocesano. También ejerció de juez en el Tribunal Eclesiástico y de capellán de un colegio religioso. A su regreso a España en 1984, le nombraron párroco de San Miguel, en Logroño, y en 1987 fue llamado a Roma para trabajar en la Congregación para el Clero, el dicasterio vaticano que se ocupa de los asuntos que se refieren a la vida y ministerio de 400.000 sacerdotes católicos en todo el mundo. Allí ha trabajado de jefe de Sección y, desde noviembre de 2009, de subsecretario, cargo que ha ocupado hasta su nombramiento de secretario y Arzobispo titular de Alba Marítima, siendo ordenado obispo por el Papa Benedicto XVI en la Basílica de San Pedro el día 5 de febrero de 2011. Además de su responsabilidad en la Curia Romana, Mons. Celso Morga ha desarrollado una intensa labor pastoral en diversas parroquias de la capital italiana, entre ellas la parroquia de los Santos Protomártires Romanos. Es autor de algunos libros de teología espiritual y ha publicado varios trabajos sobre la vida y el ministerio de los sacerdotes, en L’Osservatore Romano y otras revistas. En la Conferencia Episcopal Española es miembro, desde noviembre de 2014, de la Comisión Episcopal del Clero.