Día mundial contra la trata de personas: “Si sales de allí, será gracias a Dios”

Acogida a mujeres víctimas de la trata

La trata de personas es una de las situaciones más vergonzosas para la humanidad. Algunos –entre ellos el papa Francisco–  lo califican como “la esclavitud del siglo XXI”. Porque, aunque la trata de personas se define técnicamente como “el reclutamiento, traslado, retención y transporte de cualquier persona, frecuentemente por la fuerza, engaños o fraude, con el propósito de explotarlas de diferentes formas”, no es más que un comercio ilegal que vende y compra seres humanos para convertirlos en mercancías de explotación.

Víctimas de la trata de personas

La prostitución, el trabajo o servicio forzado, la esclavitud o servidumbre, e incluso la extracción de órganos, son algunas de las formas de explotación a las que son sometidas millones de personas en el mundo.

“La pobreza está en la base de la trata”, asegura María José Hernando, desde el departamento de Estudios y Documentación de Manos Unidas. Las condiciones en las que se desarrolla la vida de millones de seres humanos hacen que sean más vulnerables a los engaños, los abusos y las manipulaciones.

De hecho, la mayoría de las víctimas de la trata, el 70 por ciento, son mujeres y niñas, que tienen menos posibilidades de tomar decisiones sobre su propia vida, lo que las hace mucho más vulnerables, nos lo dice la ONU en su Informe Anual Sobre el Tráfico de Personas de 2018, donde se asegura que cerca del 60 por ciento de las personas víctimas de la trata acaban sufriendo explotación sexual.

Manos Unidas frente a la trata de personas

“En Manos Unidas, somos conscientes de la urgencia de luchar contra esta lacra y, por eso, promovemos proyectos que abordan la trata en diferentes lugares del mundo”, informa Hernando. “El objetivo de todos estos proyectos es proteger a los colectivos más vulnerables -mujeres, niñas y niños-, del riesgo de abuso y explotación, tanto de los traficantes como de los infractores invisibles (miembros de la familia, clientes…)”, explica la técnico de la ONG.

Además, trabajamos para ofrecerles oportunidades en sus propios hogares; mejorar las relaciones entre padres e hijas; luchar contra el aumento de la demanda de servicios sexuales, de vientres de alquiler y contra matrimonios forzados. En los proyectos apoyados por Manos Unidas se incorpora, además, la sensibilización de la población para que se implique y acoja a las víctimas, identifique a los traficantes y apoye en la demanda ante la ley”, señala María José Hernando.

“Nosotros (en Manos Unidas) hacemos una llamada a la responsabilidad y el compromiso de las instituciones nacionales e internacionales para mejorar las políticas de inmigración y luchar eficazmente contra los negocios ocasionados por actividades ilegales; así como luchar contra la corrupción policial y judicial. Del mismo modo, es imprescindible el compromiso de los sectores del turismo, del transporte, de la salud y de otras empresas en general”, asegura Hernando.

Mujeres víctimas de la trata en Perú

En Perú la trata y explotación sexual de mujeres por parte de mafias y redes criminales constituye un grave problema. La extrema pobreza, la sociedad patriarcal y la mercantilización del cuerpo de las mujeres facilita su existencia.

La casa “Santa Mª Micaela” abrió sus puertas en al año 2015 en el centro de Lima. Es un lugar pensado para alojar a pocas mujeres, no más de doce, para así poder dedicarles la atención personalizada que cada una requiere. Este hogar de acogida para mujeres víctimas de la trata y de la explotación sexual, que es uno más de los muchos que las religiosas Adoratrices, con las que Manos Unidas colabora desde hace casi 30 años, tienen abiertos para apoyar a la población más empobrecida y marginada en Asia, África y América. “Santa María Micaela” se ha convertido, con los años en un referente para el empoderamiento de las víctimas de trata y explotación sexual en Perú.

La casa alberga ahora a mujeres peruanas, venezolanas y ecuatorianas, que han sido derivadas por las instituciones estatales. Estas mujeres deben cumplir un requisito fundamental: desear estar en la casa y estar convencidas de que no pueden mantenerse en esa situación de encierro o volver a caer en la esclavitud en la que estaban. Las mujeres llegan con una autoestima muy baja y tienden a la depresión.

“Cada una de las mujeres tiene detrás una historia”, explica la trabajadora social peruana Dessiree Bozzetta. “Muchas veces trabajar y tratar de reinsertar a estas mujeres no es fácil. Han pasado por mucho y les cuesta salir de ello”, explica. “Además de apoyo psicológico, médico y jurídico, les ofrecemos cursos y formación para que puedan acceder a un empleo. Y, ahora, con Manos Unidas, hemos empezado un programa de generación de empleo. Las apoyamos para que abran sus propios negocios”, describe Bozzetta.

“Nuestro proyecto estaba pensado para mujeres de 18 a 25 años que son rescatadas de las mafias que las explotan, pero la situación del país nos ha obligado a aceptar también a menores que son atendidas en situación de urgencias ante la falta de centros del Estado”, asegura la trabajadora social.

Una de ellas es Soralinda…

A los doce años Soralinda salió de su hogar en un pueblo remoto de Piura. Aislada en su aldea, no tuvo acceso a una buena educación ni a los servicios más básicos, por lo que, en su afán de estudiar y buscar mejores oportunidades, decidió viajar a Lima. Allí fue captada por una mujer que le ofreció trabajar como camarera, aunque, aprovechando su falta de conocimientos y su vulnerabilidad, le ofreció ganar más en otro lugar. Soralinda, que no contaba con el apoyo familiar necesario y desconocía la existencia de la trata de personas y sus consecuencias, aceptó la propuesta, empeñada en encontrar nuevas oportunidades.

Le dieron el DNI de otra mujer ya adulta y la trasladaron a un lugar llamado Las Pampas, cerca de la selva; “un lugar al que llevan a las mujeres y del que, si salen vivas, es gracias a Dios”, explica la trabajadora social peruana.  En el trayecto, un hombre se interesó por ella y al saber que su destino era Las Pampas, le advirtió: “Ese es un lugar del que nunca vas a salir”. Ese hombre, policía de profesión, no olvidó nunca a la pequeña con la que se cruzó en el camino…

Solalinda tuvo que “trabajar” en Las Pampas durante unos meses. Quedó embarazada y le obligaron a abortar a su bebé. Finalmente, tras una redada organizada por la policía, Soralinda salió de la casa y tras pasar los trámites necesarios, fue enviada a Lima, al hogar de “Santa María Micaela” de la Congregación de las Religiosas Adoratrices.

Al principio no quería quedarse, tal era el daño físico y psicológico sufrido, pero el trabajo de las hermanas y de todo el equipo va dando sus frutos. Soralinda lleva ya más de dos años en la casa y, aunque su proceso es largo y es mucho lo que tiene por delante, “Soralinda ha superado muchas cosas y cerrado muchas heridas”, asegura Dessiree Bozzetta.

Ahora ya está estudiando, a punto de terminar la educación secundaria, y trabaja en un restaurante “digno”, que cuenta con todos sus beneficios.

(Manos Unidas)

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