La alegría cristiana

Todos tenemos sed de alegría y de felicidad, un deseo inscrito en el corazón humano. Hemos sido creados para ser dichosos y felices: es el proyecto creador y salvador de Dios.

Sin embargo, vivimos en un mundo escaso de alegría. El dinero, el confort, la seguridad material no faltan con frecuencia; sin embargo, el tedio, la aflicción, la tristeza forman parte, por desgracia, de la vida de muchos. Esto llega a veces hasta la angustia y la desesperación. La sociedad tecnológica con sus avances no engendra verdadera alegría.

A la vez, el mundo se ve acosado por muchos problemas, el futuro está gravado por incógnitas y temores; no faltan dificultades personales y sociales, contrariedades y sufrimientos en la vida; muchos sienten la soledad, sufren el abandono o quedan descartados; la enfermedad toca a nuestra puerta y la muerte aparece entre los nuestros.

La Palabra de Dios nos invita a “alegrarnos en el Señor” (Flp 4,4), a vivir “alegres en la esperanza” (Rom 12,12), a no dejarnos contagiar por la tristeza y a esperar la alegría plena y eterna. En medio de las dificultades actuales tenemos necesidad de conocer, vivir y ofrecer la alegría que brota de la fe y de la esperanza cristianas. Hemos valorar y disfrutar las múltiples alegrías humanas que Dios pone en nuestro camino; la alegría cristiana supone un hombre capaz de alegrías naturales. Pero la fuente de la verdadera alegría está en el encuentro o reencuentro con el amor salvador de Dios en Cristo resucitado. Como nos dice el papa Francisco: “Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (EG 1).

La alegría cristiana es un don del Espíritu Santo. No es la alegria propia del optimista o el gozo por una meta lograda. No se asemeja a un estado artificial y eufórico. La alegría producida por el Espíritu Santo es diferente; despierta en nuestro interior la certeza y la confianza de que Dios nos ama personalmente y para siempre, y el deseo de corresponder a su amor. Se trata de una alegría serena, silenciosa, profunda y permanente, que llena la vida de paz y de sosiego. Es la certeza de quien, aún en la mayor dificultad, en la enfermedad y en la muerte, se sabe siempre e infinitamente amado y nunca abandonado, por Dios en su Hijo, Jesucristo.

La alegría cristiana no está reñida con el sufrimiento, que subsiste en la existencia cristiana (cf. 2 Cor 1,3-5). Es, finalmente, esencialmente apostólica y comunicativa; tiende a desplegarse en una vida activa y necesita transmitir a los demás el contenido y el motivo de su vivencia interior.

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Mons. Casimiro Lopez Llorente
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Nació en el Burgo de Osma (Soria) el 10 de noviembre de 1950. Cursó los estudios clásicos y de filosofía en el Seminario Diocesano de Osma-Soria. Fue ordenado sacerdote en la Catedral de El Burgo de Osma el 6 de abril de 1975. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca y en 1979 la Licenciatura en Derecho Canónico en el Kanonistisches Institut de la Ludwig-Maximilians Universität de Munich (Alemania). En la misma Universidad realizó los cursos para el doctorado en Derecho Canónico. El 2 de febrero de 2001 fue nombrado Obispo de Zamora. Recibió la Ordenación episcopal el 25 de marzo de 2001. En la Conferencia Episcopal es miembro de la Junta Episcopal de Asuntos Jurídicos y Presidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis.