La nueva Iglesia (IX). Amada Iglesia

La imagen de la Iglesia que hemos captado en estos breves apuntes sobre la “Nueva Iglesia” o la “Iglesia resucitada”, la Ciudad Nueva que nos ha ido presentando el libro del Apocalipsis, resulta realmente encantadora. Lo que en efecto pretendía este libro profético era precisamente poner ante los ojos de los cristianos, víctimas de la persecución y el sufrimiento, la Iglesia esplendorosa, obra de las manos de Dios, nacida de Jesucristo, habitada y animada por el Espíritu. Esta Iglesia no debía sólo constituir un espectáculo para satisfacer los sentidos, a manera de compensación del sufrimiento presente, sino ante todo había de ser acogida como una promesa real. Una promesa cumplida por la gracia de Dios y alcanzada por los esforzados en la lucha diaria.

Con solo mirar esta Iglesia uno siente nuevos ánimos para seguir adelante. Pero aún hay que recordar un estímulo, un motor más potente y eficaz, para continuar caminando. Esta Iglesia, la única Iglesia del futuro resplandeciente y la del presente entre luces y sombras, merece ser amada.

Merece ser amada, ¿por qué? El amor no entiende solo de simples “razones”, sino que obedece la captación de la belleza del objeto amado. Nos referimos al amor cristiano, que no es ciego, pero que va más allá de fríos razonamientos o de conclusiones “necesarias”.

Ya hemos aludido a la belleza y la armonía de la Iglesia. Decíamos que la Iglesia ofrecía todo su atractivo cuando, atravesada por la luz del Espíritu se mostraba una en infinita pluralidad de colores, tonalidades y formas. E insistíamos en que el amor hacia ella era sincero, realista y clarividente.

San Ignacio de Loyola introdujo al final del libro de los Ejercicios Espirituales unas reglas “Para el sentido verdadero que en la Iglesia militante debemos tener”. Sus expresiones pueden dar la impresión de que San Ignacio solo quería exhortar a la obediencia fiel a la Iglesia y su magisterio (cf. Regla 1ª y 13ª). Pero una mirada atenta descubre que estas reglas se han de entender a partir de lo que significa en la espiritualidad de San Ignacio la palabra “sentido” (“sentir”). En él esta expresión equivale a aquella sintonía del amor nacida de la fe cordial, tan importante a la hora del discernimiento. Así, estas reglas más bien se han de nombrar como “Reglas para sentir con la Iglesia”.

Más aún. Estas reglas para sentir con la Iglesia se deben entender dentro del marco del ejercicio de oración que el santo propone para la Cuarta Semana de los Ejercicios, es decir, en el contexto de las vivencias de la “Contemplación para alcanzar amor”. Es sabido que esta Cuarta Semana viene a ser una especie de compendio de los Ejercicios: tras la experiencia del encuentro con el Resucitado, el Espíritu Santo es presencia del amor de Dios en todo, en la creación, en las cosas, en la vida. Entonces, el ejercitante es llamado a alcanzar el amor de Dios más cercano y visible, despertando en él una profunda vivencia de agradecimiento y alabanza por “tanto como Dios le ha amado y le ama hoy”.

Todas estas reglas comienzan con la palabra “alabar”. Alabar las realidades más visibles de la Iglesia, los sacramentos, las personas consagradas, los ministros, las sencillas devociones, la doctrina, etc. Todas son presencia del amor de Dios, de su Espíritu y como tales son recibidas con agradecimiento. Como quien aprecia y recibe un inmenso regalo. Solo por eso la iglesia merece ser sinceramente amada.

 

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia.Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998.El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat.En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades.En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.