Caridad que nos compromete – Carta pastoral para el Corpus Christi y Día de la Caridad

Muy queridos hermanos en el Señor Jesucristo:

Con intensa alegría los cristianos celebramos la Fiesta del Corpus Christi, en la cual redescubrimos, saboreamos y mostramos el amor entregado de Jesucristo por todos los hombres que se nos da en el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, por ello, el Día de la Eucaristía es también el Día de la Caridad, ya que ambas realidades están vinculadas.   El banquete eucarístico es la presencia sacramental de la persona de Jesús, el Hijo de Dios, que nos alimenta con su vida filial para irnos asemejando progresivamente a Él, con el fin de que nos abramos confiadamente al amor del Padre y nos dispongamos a mirar y a escuchar a los otros hombres y mujeres con los ojos compasivos y los oídos receptivos del mismo Cristo.

Este día estamos convocados a participar agradecidamente en la mesa eucarística, formando la comunidad de los discípulos del Señor, a la vez nos sentiremos enviados a ser los misioneros de su inmensa caridad, llevando fervorosamente por nuestras calles su Cuerpo sacramental, para que su amor hasta el extremo llegue a todos y cada uno lo pueda reconocer.

Recibir en la Eucaristía el amor de Cristo nos compromete a percibir, comprender y a ser sensibles a la realidad de los otros hermanos, ya que “solo podemos amar lo que conocemos, y conocer lo que amamos”, llegando a descubrir la inaceptable situación de pobreza, sufrimiento, olvido y marginación en la que hoy se encuentran muchas personas.

Para que conozcamos la realidad recogemos algunos datos  del VIII Informe FOESSA sobre Exclusión y Desarrollo Social en España que constata que la exclusión social se ha enquistado en la estructura social, señalando que hoy hay más pobres que hace diez años.    Esta hiriente afirmación, que nos pudiera parecer desmedida, está acreditada en este hecho: hay actualmente 8’5 millones las personas en situación de exclusión social en nuestro país, que son el rostro vivo de una sociedad estancada.    Ahondando en este grupo, se encuentran 4’1 millones de personas en exclusión social severa, que ven afianzarse su vulnerabilidad.   Y  llegan a 1’8 millones de personas los que subsisten en condiciones de grandes carencias.   Mientras que cuantos pueden llevar una vida digna sin tener dificultades para la supervivencia son el 48’8 % de la población, la sociedad integrada, donde se extiende una vivencia acomodaticia de la vida, caracterizada por el consumo excesivo, el debilitamiento de la conciencia social, el abandono de la solidaridad  y la falta de empatía por los excluidos.

Los que se encuentran en situación de exclusión social o en riesgo cercano de caer en ella se ven afectados más incisivamente por la desigualdad social que se muestra, entre otros hechos: en la dificultad para acceder a una vivienda digna que es un derecho inaccesible para muchas familias; en el problema del desempleo, que, aún habiéndose reducido, todavía persiste, aunque en condiciones laborales de precariedad, suscitando trabajadores pobres y excluidos, por lo cual el trabajo se llega a considerar más un privilegio que un derecho; las familias con niños y la juventud están más expuestos a la exclusión social, de ahí que un 21% de todos los hogares con menores se encuentran en esta situación; y la desventaja de las mujeres para integrarse en la sociedad por la diferencia en sus salarios, mayor riesgo de empobrecimiento y de exposición a situaciones de aislamiento.   Así, una mujer ha de trabajar 1’5 horas más al día para ganar lo mismo que un hombre, y, si es inmigrante, 2 horas más.

Para los cristianos conocer la pervivencia de la pobreza en nuestra sociedad en sus diversas formas nos ha de interpelar para que nos decidamos a afrontarla desde el horizonte, el estímulo y la exigencia que se derivan de la caridad de Cristo.   Por ello, el Día de la Caridad nos estimula para que nos impliquemos, esforcemos y unamos a otros construyendo una sociedad en la que todas las personas y grupos estén incluidos y se sientan partícipes.

Ejercitar la caridad para hacer frente a la vulnerabilidad y marginación social de tantas personas y familias  requiere un trabajo coordinado y organizado, es lo que la Iglesia realiza a través de Cáritas, la cual está erigida en nuestra Iglesia diocesana con una presencia frondosa, creciente y afrontando los múltiples rostros de la pobreza actual.   Nos debemos sentir orgullosos por los diversos programas que nuestra Cáritas diocesana está desarrollando en los que sirve continuada, generosa y beneficiosamente a menores, desempleados, familias necesitadas, drogodependientes, personas sin hogar, inmigrantes, reclusos y mayores.   Sólo quiero referir un dato: el año 2018 atendió a 11.000 personas en sus actividades y centros.

Como reclama el lema del Día de la Caridad nos corresponde asumir esta invitación: “Pon en marcha tu compromiso para mejorar el mundo”.   Para ello, el ejercicio de nuestra caridad encuentra un cauce para verificarse y concretarse: identificándonos, colaborando y participando personalmente en nuestra Cáritas.  Esto conlleva promover la progresiva implantación y consolidación de Cáritas en todas las parroquias, integradas por creyentes, que, movidos por el amor fraterno, dedican su tiempo y ofrecen su persona a los pobres.

Para que esto sea realidad abundante en nuestra Diócesis, seguiremos incidiendo  en la promoción, formación y participación del voluntariado caritativo y social.    Por ello, cada cristiano nos debemos plantear si nuestro compromiso social puede ejercitarse siendo voluntario de Cáritas, siendo presencia del amor de Dios para los más necesitados.    Además nos corresponde sensibilizarnos más sobre la realidad social y afianzar más nuestra formación en la Doctrina Social, para que nuestro compromiso solidario esté bien orientado y motivado.

Quiero agradeceros vuestro compromiso en nuestra Cáritas, y enviaros mi bendición.

+ Gregorio Martínez Sacristán

  Obispo de Zamora

Acerca de Mons. Gregorio Martínez Sacristán 15 Articles
D. Gregorio Martínez Sacristán nace en Villarejo de Salvanés, en la provincia de Madrid y Diócesis de Alcalá de Henares. Se formó en el Seminario Mayor de Madrid y fue ordenado sacerdote el 20 de mayo de 1971. Es licenciado en Teología, con especialización en Catequética, por el Instituto Católico de París, donde cursó estudios de 1974 a 1976. Cargos pastorales Su ministerio sacerdotal ha estado vinculado a la Diócesis de Madrid. La parroquia del pueblo madrileño de Colmenar de Oreja fue su primer destino. Estuvo como coadjutor entre 1971 y 1974. Tras un paréntesis de dos años para cursar estudios en París, regresó a España. Ese mismo año, 1976, fue nombrado coadjutor de la parroquia de Santa Eugenia, donde permaneció hasta 1978, y responsable del Departamento para los Adultos de la Delegación Diocesana de Catequesis, cargo que desempeñó hasta el año 1982. Mientras, durante el año 1978, fue capellán del Hospital Beata María Ana de Jesús. También ha sido, de 1988 a 1995, director del Instituto de Teología a distancia; colaborador en la parroquia de San Vicente Ferrer, de 1983 a 2002; y miembro y relator del III Sínodo diocesano de Madrid, durante el año 2005. Desde el año 1995, es delegado diocesano de Catequesis; profesor de Catequética en la Facultad de Teología San Dámaso; colaborador en la parroquia de San Ginés de Madrid, desde 2002; y miembro del Consejo Presbiteral, desde el año 2003. El 15 de diciembre de 2006 fue nombrado Obispo de Zamora y tomó posesión de la Diócesis el 4 de febrero de 2007. Otros datos de interés En la Conferencia Episcopal Española ha sido miembro de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis de 2008 a 2011. Desde este último año es miembro de la Comisión Episcopal de Patrimonio Cultural