La revolución de la ternura

Acabo de leer El Papa de la ternura, que presenté el martes en Madrid junto a su autora, Eva Fernández. Comienza con una carta que el propio Papa Francisco le dirige a ella en la que, entre otras cosas, subraya que «la cultura de hoy tiende a olvidarse de esta actitud tan evangélica… ¡Qué bien nos hará recuperar la eficacia de la caricia como nos la piden los niños y responder a la cultura de la prescindencia y del descarte con la revolución de la ternura! Gracias por haber escogido este tema». Con estas palabras del Sucesor de Pedro en la cabeza, quiero entregaros algunas ideas sobre la hondura que tiene el mensaje evangélico de la ternura.

La revolución de la ternura viene confirmada por el mensaje del mandamiento nuevo del amor. Amor y ternura no son dos realidades paralelas en el Evangelio, sino que la una exige a la otra. De tal manera que la ternura sin el Evangelio de la caridad, del amor, quedaría privada de fundamento. La ternura no es un sobreañadido al mensaje del Evangelio sobre el amor; de alguna manera, podríamos decir que es su corazón. Hay una expresión bíblica que quizá nos ayude a entenderlo: «No endurezcáis el corazón». Qué bien nos hace entender el Señor que el corazón evoca la profundidad del ser humano. Sí, esa profundidad donde está el origen de las opciones de orden moral, de amor o de odio, de paz o de violencia. Y cuando hablamos del corazón de Dios, lo que estamos recordando es la ternura fiel y para siempre: «El hombre mira las apariencias, pero Dios ve el corazón» (Sam 16, 7).

Volvamos a los profetas, pues nos ayudarán a entender lo que es la revolución de la ternura. Fijémonos en lo que dice Jeremías: «Pondré mi ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Jr 31, 33) o en lo que señala Ezequiel: «Yo les daré un solo corazón y pondré en ellos un espíritu nuevo; quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne» (Ez 36,26). Porque la nueva ley trae la revolución de la ternura; no va a estar grabada en tablas de piedra, estará grabada en las tablas del corazón. Tiene que haber un trasplante de corazón. También san Pablo nos habla de esta revolución de la ternura: «Vosotros sois nuestra carta, escrita en vuestros corazones, conocida y leída por todos los hombres […] no en tablas de piedra, sino en tablas de carne, en los corazones» (2 Cor 3, 2-3).

Asimismo, el tema del corazón es esencial en el Evangelio. Nos está remitiendo a la interioridad del ser humano y a la verdad que se requiere en la acogida de la salvación para no caer en la dureza, la incomprensión o la negativa de seguir a Jesús. Todo se juega en el corazón. Qué alcance tan grande tienen esas palabras de Jesús: «Donde esté tu tesoro, allí estará tu corazón». En definitiva, todas las opciones del hombre surgen de esa profundidad; de ahí que se nos pida amar a Dios con todo el corazón. La referencia constante al corazón en el Evangelio de san Juan nos hace ver la importancia que tiene; sin él no entendemos el mensaje de Jesús. Os remito a palabras que se utilizan: amad, haced el bien, bendecid, rogad, dad, no se lo reclames, tratad como queréis que os traten, amad a los enemigos, prestad sin esperar nada a cambio, sed compasivos, no juzguéis, no condenéis, perdonad… Solamente la ternura amorosa que se convierte en solicitud atenta y servicio misericordioso al prójimos es signo de reconocimiento del Dios de la salvación.

La revolución de la ternura no es simplemente de naturaleza ética o moral, sino pascual; el amor de ternura brota del mismo Jesús y de la alianza nueva que Él inaugura en su persona con el acontecimiento de Muerte y Resurrección. Quizá venga bien entregaros tres imágenes de la ternura que aparecen claras en el Evangelio:

1-. El buen samaritano (Lc 10, 25-37). A Jesús un doctor de la ley le pregunta una cuestión de orden académico: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?». La respuesta de Jesús fue inmediata: «¿Qué está escrito en la Ley?». El interlocutor responde: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo». Jesús concluye: «Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida» (cfr. 9, 25-28). El doctor experto en la Ley creía que había planteado una pregunta que no se podía responder con dos palabras, por eso insiste otra vez: «¿Y quién es mi prójimo?». El doctor de la Ley quería poner entre la espada y la pared a Jesús. En el judaísmo se interpretaba «ama a tu prójimo» como «ama a tu compatriota». Y Jesús responde con una parábola, situándola en una peligrosa curva que hay entre Jerusalén y Jericó, en la que muestra si uno es o no prójimo del necesitado. Al terminar la parábola pregunta al doctor: «¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?». La respuesta no dudó en darla el doctor de la Ley: «El que practicó la misericordia con el herido». Y la respuesta de Jesús fue clara: «Anda y haz tú lo mismo».

2-. El hijo pródigo (Lc 15, 11-32). Debiéramos llamarla parábola del padre misericordioso y de sus dos hijos llamados a la conversión y reconciliación. El centro de la parábola es el padre. El milagro no consiste en el arrepentimiento del hijo menor, sino en la manifiesta ternura del padre que es capaz de perdonar y acoger de nuevo a su hijo. Lo extraordinario es la ternura de Dios que anula el pecado del hombre y, al mismo tiempo, es una ternura misericordiosa que nos revela la profundidad del pecado: el hijo se había negado a dejarse amar y había huido del amor para obrar por su cuenta. El hijo mayor se irritó: tiene también necesidad de conversión y reconciliación tanto o más que el hijo menor. Y una vez más el padre toma la iniciativa y habla al mayor con ternura y comprensión. El hijo mayor no sabe apreciar el don de ser hijo, no sabe amar. La parábola presenta la manifiesta ternura de Dios que puede resucitar a los hijos si se abren a ella y se hacen capaces de ternura el uno al otro. Es una invitación a eliminar el espíritu de revancha, de rivalidad, y entrar en el espíritu de respeto y de fraternidad abierta siempre al perdón.

3-. El fariseo y el publicano (Lc 18, 9-14). Dos personajes en contraposición, el publicano y el fariseo, que representan dos posiciones extremas: el observante de la Ley y separado de todos los demás, que se siente en pureza legal, y el recaudador de impuestos considerado por sus paisanos como un explotador y colaborador de los romanos. La parábola intenta desenmascarar el egoísmo sin medida y, por tanto, las apariencias; desenmascara una concepción de la religión con apariencias de piedad, de oración. Dios no puede ser tapadera o instrumento de quien considera que no hay que pedirle nada; el referente del fariseo no es Dios, es él mismo. El publicano, en cambio, se mantiene lejos de Dios, de rodillas, callado y, sin levantar la cabeza, suplica. Es la plegaria de un pobre que se entrega y pone la vida en manos de Dios; formula el estado en que se reconoce como un pobre pecador. Y Dios le reconoce y recibe misericordia.

Os invito a no quedarnos en la simple lectura de esta reflexión en voz alta. Sintamos la llamada a realizar la revolución de la ternura que Jesús comenzó. Esta no se puede hacer sin acoger en nuestra vida el amor y la ternura de Dios. Quizá podamos elegir de estas tres parábolas aquel personaje en el que en estos momentos de nuestra vida nos sintamos más identificados, sabiendo que, estemos como estemos, el Señor nos reconoce, nos ama y hace bajar su ternura llena de amor sobre nosotros para cambiarnos el corazón.

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos Card. Osoro
Arzobispo de Madrid

Card. Carlos Osoro
Acerca de Card. Carlos Osoro 318 Artículos
Carlos Osoro Sierra fue nombrado arzobispo de Madrid por el Papa Francisco el 28 de agosto de 2014, y tomó posesión el 25 de octubre de ese año. Desde junio de 2016 es ordinario para los fieles católicos orientales residentes en España. El 19 de noviembre de 2016 fue creado cardenal por el Papa Francisco. El prelado nació en Castañeda (Cantabria) el 16 de mayo de 1945. Cursó los estudios de magisterio, pedagogía y matemáticas, y ejerció la docencia hasta su ingreso en el seminario para vocaciones tardías Colegio Mayor El Salvador de Salamanca, en cuya Universidad Pontificia se licenció en Teología y en Filosofía. Fue ordenado sacerdote el 29 de julio de 1973 en Santander, diócesis en la que desarrolló su ministerio sacerdotal. Durante los dos primeros años de sacerdocio trabajó en la pastoral parroquial y la docencia. En 1975 fue nombrado secretario general de Pastoral, delegado de Apostolado Seglar, delegado episcopal de Seminarios y Pastoral Vocacional y vicario general de Pastoral. Un año más tarde, en 1976, se unificaron la Vicaría General de Pastoral y la Administrativo-jurídica y fue nombrado vicario general, cargo en el que permaneció hasta 1993, cuando fue nombrado canónigo de la Santa Iglesia Catedral Basílica de Santander, y un año más tarde, presidente. Además, en 1977 fue nombrado rector del seminario de Monte Corbán (Santander), y ejerció esta misión hasta que fue nombrado obispo. Durante su último año en la diócesis, en 1996, fue también director del centro asociado del Instituto Internacional de Teología a Distancia y director del Instituto Superior de Ciencias Religiosas San Agustín, dependiente del Instituto Internacional y de la Universidad Pontificia de Comillas. El 22 de febrero de 1997 fue nombrado obispo de Orense por el Papa san Juan Pablo II. El 7 de enero de 2002 fue designado arzobispo de Oviedo, de cuya diócesis tomó posesión el 23 de febrero del mismo año. Además, desde el 23 de septiembre de 2006 hasta el 9 de septiembre de 2007, fue el administrador apostólico de Santander. El 8 de enero de 2009, el Papa Benedicto XVI lo nombró arzobispo de Valencia; el 18 de abril de ese año tomó posesión de la archidiócesis, donde permaneció hasta su nombramiento como arzobispo de Madrid en 2014. Tras su participación en la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrada del 4 al 25 de octubre de 2015 y dedicada a la familia, el 14 de noviembre de ese año, el Papa Francisco lo eligió como uno de los miembros del XIV Consejo Ordinario de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos; un organismo permanente que, en colaboración con el Pontífice, tiene como tarea la organización del Sínodo, así como elaboración de los textos y documentación que servirá de base para los estudios de la Asamblea. El 9 de junio de 2016, el Papa Francisco erigió un Ordinariato para los fieles católicos orientales residentes en España, con el fin de proveer su atención religiosa y pastoral, y nombró a monseñor Osoro como su ordinario. El 9 de octubre de 2016, el Papa Francisco anunció un consistorio para la creación de nuevos cardenales de la Iglesia católica, entre los que figuraba monseñor Osoro. El día 19 de noviembre de 2016 recibió la birreta cardenalicia de manos del Sumo Pontífice en el Vaticano. En la Conferencia Episcopal Española (CEE) fue presidente de la Comisión Episcopal del Clero de 1999 a 2002 y de 2003 a 2005; presidente de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar hasta marzo de 2014 (fue miembro de esta Comisión desde 1997) y miembro del Comité Ejecutivo entre 2005 y 2011. Ha sido vicepresidente de la CEE durante el trienio 2014-2017. Ahora pertenece al Comité Ejecutivo como arzobispo de Madrid. Desde noviembre de 2008 es patrono vitalicio de la Fundación Universitaria Española y director de su seminario de Teología.