¿Vivimos una hora de esperanza?

Respondo a la pregunta del título rotundamente: SÍ, vivimos una hora de esperanza que no defrauda. Lo iremos viendo. Estos días me están preguntando en diversas ocasiones si soy optimista ante lo que nos sucede. Y la respuesta es: “no puedo ser optimista, porque las cosas no van bien. Pero tengo esperanza, que siempre es para tiempos difíciles”. Vivimos la hora de Dios, el tiempo de la esperanza que no defrauda, “una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino” (Benedicto XVI, Spe salvi, n. 19). La meta es la vida eterna, vida con Dios; la meta es Cristo, Camino y Vida, la comunión con Él, el Amor inabarcable que lo llena y colma todo. Nuestra esperanza, la gran esperanza, la que sustenta la certeza de la fe en Cristo, brota de Dios y tiene como meta a Dios. Las esperanzas humanas, pequeñas o mayores, que nos sostienen en el camino, no bastan sin la gran esperanza, resultan limitadas de suyo aunque la llama del hambre de la gran esperanza, de lo infinito, siempre permanece encendida. “Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza el universo, y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar. De hecho, el ser agraciado por un don forma parte de la esperanza. Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto. Su reino no es un más allá imaginario, situado en un futuro que nunca llega; su reino está presente allí donde Él es amado y donde su amor nos alcanza. Sólo su amor nos da la posibilidad de perseverar día a día con toda sobriedad, sin perder el impulso de la esperanza, en un mundo que por naturaleza es imperfecto. Y, al mismo tiempo, su amor es para nosotros la garantía de que existe aquello que sólo llegamos a intuir vagamente y que, sin embargo, esperamos en lo más íntimo de nuestro ser: la vida que es ‘realmente’ vida (Spe salvi, n.31). Por esto comprenderán que incluso me moleste el que se presente a la Iglesia como una gran ONG, aunque los beneficiados sean los pobres, únicamente los pobres, como si esa fuese la salvación que anhela el corazón humano. Solucionada la pobreza, Dios sobra, se convierte en algo superfluo; la salvación va más allá y llena el corazón de todos.

Corren “tiempos recios” para la fe y para el hombre. Acontecimientos y situaciones, conocidos de todos y en la mente de todos, sin embargo, nos ofrecen un panorama oscuro que no parece hablarnos precisamente de esperanza. Padecemos a menudo, en efecto, un oscurecimiento de la esperanza, un cierto miedo en afrontar el futuro: vivimos, aunque no queramos reconocerlo así, tiempos de desesperanza. Por ejemplo, “hoy vemos frecuentemente en el rostro de los jóvenes una extraña amargura, un conformismo bastante lejano del empuje juvenil hacia lo desconocido. La raíz más profunda de esta tristeza es la falta de una gran esperanza y la imposibilidad de alcanzar el gran amor. Todo lo que se puede esperar ya se conoce y todo amor desemboca en la desilusión por la finitud de un mundo cuyos enormes sustitutos no son sino una mísera cobertura de una desesperación abismal. Y así la verdad de que la tristeza del mundo conduce a la muerte es cada vez más real. Ahora solamente el flirteo con la muerte, el juego cruel de la violencia, es suficientemente excitante como para crear una apariencia de satisfacción. “Si comes de él morirás”: hace mucho tiempo que estas palabras dejaron de ser mitológicas” (J. Ratzinger, Mirar a Cristo, pp. 76-77).

Signos de este panorama son: el vacío de un pensamiento nihilista, el relativismo que se ha apoderado de tantos y tantos en nuestra sociedad, una difusa fragmentación de la existencia; al mismo tiempo, una fuerte secularización de la sociedad con, incluso, repercusiones internas en la misma comunidad eclesial, y el avance, propiciado claramente por algunos poderes, de un laicismo cultural y social en el que Dios ni cuenta ni puede contar en la vida social y pública; fenómenos como las ideologías del poshumanismo, de la posverdad, o de género –todas con la misma raíz de suprimir a Dios y al hombre–. Inseparable de esto, una cierta generalización de la cultura de la increencia que aparece con especial fuerza en amplias capas de la población más joven; todo ello va acompañado de una quiebra y gran desconcierto moral que define el ambiente cultural y social que se respira, con la paganización y modelos de vida en contraste con el Evangelio que se difunden tan extensa como irresponsablemente hoy. Pero es que, además y detrás o en el fondo, lo que todo esto delata es una sociedad con hombres seguros de su poder, de sus posibilidades y de sí mismos, porque confían únicamente en sí mismos, son incapaces de rezar y no esperan, no esperan en un amor, en una bondad y en un poder que va más allá de las posibilidades de ellos; estamos en “una sociedad que hace de lo auténticamente humano un asunto únicamente privado, y se define a sí misma en una total secularización”, convirtiéndose así en un lugar propicio para la desesperación. Es una sociedad que “se funda de hecho en una reducción de la verdadera divinidad del hombre”, de su grandeza, de su aspiración a altos vuelos y grandes metas. “Una sociedad cuyo orden público viene determinado por el agnosticismo no es una sociedad que se ha hecho libre, sino una sociedad desesperada, señalada por la tristeza del hombre, que se encuentra huida de Dios y en contradicción consigo misma” (J. Ratzinger, Mirar a Cristo, 82).

Es público, por lo demás, y hay que saberlo y ser consciente de ello, que existe un proyecto de alcance en valores culturales y, por tanto, ideológicos con los que se quiere definir por mucho tiempo la identidad social e histórica de nuestra sociedad para que sea “moderna”. Se trata de un proyecto que no es nuevo, pero que se está radicalizando y acelerando entre nosotros, y que responde a una concepción ideológica basada en una ruptura antropológica radical, es decir, en una nueva visión del hombre, radicalmente distinta de la que hemos recibido como herencia y patrimonio común. Este proyecto, como es sabido, se asienta en tres pilares básicos e interrelacionados: relativismo moral, laicismo e ideología poshumanista, posverdad o de género, con todo lo que estos pilares llevan consigo. Se trata de un proyecto universal, pero utiliza nuestra sociedad como un escenario clave, con la clara pretensión de una proyección sobre otros lugares. Encuentra sus principales obstáculos en la Iglesia católica como referente y en la familia como transmisora de un poso de valores. ¿y a pesar de eso y de otras realidades en el fondo más duras podemos tener esperanza? SÍ, porque Dios no abandona al hombre y la prueba es Jesucristo. Lo veremos que es así.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

Card. Antonio Canizares
Acerca de Card. Antonio Canizares 161 Artículos
Emmo. y Rvmo. Sr. Antonio CAÑIZARES LLOVERAEl Cardenal Antonio Cañizares, nombrado el 28 de agosto de 2014 por el papa Francisco arzobispo de Valencia, nació en la localidad valenciana de Utiel el 15 de octubre de 1945. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Valencia y en la Universidad Pontificia de Salamanca, en la que obtuvo el doctorado en Teología, con especialidad en Catequética. Fue ordenado sacerdote el 21 de junio de 1970.Los primeros años de su ministerio sacerdotal los desarrolló en Valencia. Después se trasladó a Madrid donde se dedicó especialmente a la docencia. Fue profesor de Teología de la Palabra en la Universidad Pontificia de Salamanca, entre 1972 y 1992; profesor de Teología Fundamental en el Seminario Conciliar de Madrid, entre 1974 y 1992; y profesor, desde 1975, del Instituto Superior de Ciencias Religiosas y Catequesis, del que también fue director, entre 1978 y 1986. Ese año, el Instituto pasó a denominarse «San Dámaso» y el Cardenal Cañizares continuó siendo su máximo responsable, hasta 1992. Además, fue coadjutor de la parroquia de "San Gerardo", de Madrid, entre 1973 y 1992. Entre 1985 y 1992 fue director del Secretariado de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española.Creado Cardenal en marzo de 2006El papa Juan Pablo II le nombró Obispo de Ávila el 6 de marzo de 1992. Recibió la ordenación episcopal el 25 de abril de ese mismo año. El 1 de febrero de 1997 tomó posesión de la diócesis de Granada. Entre enero y octubre de 1998 fue Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena. El 24 de octubre de 2002 fue nombrado Arzobispo de Toledo, sede de la que tomó posesión el 15 de diciembre de ese mismo año. Fue creado Cardenal por el Papa Benedicto XVI en el Consistorio Ordinario Público, el primero de su Pontificado, el 24 de marzo de 2006.Cargos desempeñados en la CEE y en la Santa SedeEn la Conferencia Episcopal Española ha sido vicepresidente (2005-2008), miembro del Comité Ejecutivo (2005-2008), miembro de la Comisión Permanente (1999-2008), presidente de la Subcomisión Episcopal de Universidades (1996-1999) y de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis (1999-2005).El Papa Juan Pablo II lo nombró miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe el 10 de noviembre de 1995. El 6 de mayo de 2006, el Papa Benedicto XVI le asignó esta misma Congregación, ya como Cardenal. También como Cardenal, el Papa le nombró, el 8 de abril de 2006, miembro de la Comisión Pontificia “Ecclesia Dei”.El Cardenal Cañizares ha sido fundador y primer Presidente de la Asociación Española de Catequetas, miembro del Equipo Europeo de Catequesis y director de la revista Teología y Catequesis.Es miembro de la Real Academia de la Historia desde el 24 de febrero de 2008.Igualmente, el Papa nombró al Cardenal Cañizares Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en diciembre de 2008.De otro lado, el cardenal fue nombrado en 2010 “Doctor Honoris Causa” por la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” (UCV) Nombrado Arzobispo de Valencia el 28 de agosto de 2014.Tomó posesión de la Archidiócesis el 4 de octubre de 2014