“Pentecostés, cumbre del tiempo Pascual”

Queridos diocesanos:

Termina el tiempo pascual, la espléndida conmemoración de la presencia de Jesucristo resucitado que sigue comunicando el Espíritu Santo que lo había alzado del sepulcro vivo y glorioso, otorgando a su santa humanidad la plenitud de lo que le correspondía como Hijo eterno del Padre. Desde ese instante, el Resucitado comenzó a transmitir y compartir su fuerza generadora y transformadora a sus discípulos y a todos los que, creyendo en la palabra de estos, estuvieran dispuestos a dejarse redimir y transformar por Él. Ese fue el significado de las apariciones del Señor en las que reveló el significado de lo que había sucedido a la vez que los capacitaba para realizar la misión de anunciar y realizar la salvación.“Id por todo el mundo y predicad el Evangelio…”, les dijo en el último encuentro antes de desaparecer de su vista.

Como sabéis, el comienzo de esa misión tuvo lugar a los cincuenta días de la resurrección, en el acontecimiento de Pentecostés cuando el Espíritu Santo se manifestó estando los discípulos reunidos y los lanzó a la calle a cumplir el encargo misionero de Jesús. Nosotros, los que hemos venido después, somos enviados también para continuar esa misión, cada uno según el estado de vida y el lugar que ocupa en la sociedad y en el mundo. Todos los creyentes en Jesucristo somos, por tanto, misioneros enviados por Él para dar testimonio del amor cristiano y compartir la esperanza, la fe, la alegría y la fortaleza que Él nos ha dado.

En este sentido Pentecostés significa y representa el ideal y el compromiso que Jesús propone a todos sus seguidores. Con ese fin esta fiesta debe ser celebrada con la mayor alegría y esperanza porque el Señor no solo ha resucitado sino que comparte con nosotros el empuje arrollador de su resurrección. Con esa finalidad envió el Espíritu Santo como he señalado antes. El Papa Francisco decía el año pasado refiriéndose a Pentecostés que “el Espíritu (Santo) libera los corazones cerrados por el miedo. Vence las resistencias. A quien se conforma con medias tintas, le ofrece ímpetus de entrega. Ensancha los corazones estrechos. Anima a servir a quien se apoltrona en la comodidad. Hace caminar al que se cree que ya ha llegado. Hace soñar al que cae en tibieza. He aquí el cambio del corazón”.

El Papa resaltaba también algunos dones que otorga el Espíritu Santo como “fuerza divina que cambia el mundo” y energía comparable al viento impetuoso. Por eso transforma a los que vacilan o dudan, de cobardes a valientes, venciendo las resistencias, ensanchando los corazones y animando a servir sin reservas. El Espíritu, decía también el papa Francisco, mantiene joven el corazón, esa renovada juventud. La juventud, a pesar de todos los esfuerzos para alargarla, antes o después pasa; el Espíritu, en cambio, es el que previene el único envejecimiento malsano, el interior. ¿Cómo lo hace? Renovando el corazón, transformándolo de pecador en perdonado”.

Por eso Pentecostés no significa el final absoluto de la Pascua aunque signifique el final del ciclo pascual. La razón es sencilla: siempre es Pascua y siempre es Pentecostés aunque sea necesario acotar los tiempos de la celebración. Es una concesión a nuestra incapacidad de abarcar de un solo golpe de vista la obra y el misterio de Jesucristo. Que el Espíritu Santo os colme de sus dones:

+Julián López,

Obispo de León

Comenta esta noticia

Mons. Julián López
Acerca de Mons. Julián López 145 artículos
Mons. D. Julián López Martín nace en Toro (Zamora) el 21 de abril de l945. Estudió en el Seminario Diocesano de Zamora y en el P. Instituto de San Anselmo de Roma, donde obtuvo el doctorado en Teología Litúrgica en 1975, como alumno del P. Colegio Español y del Centro Español de Estudios Eclesiásticos anexo a la Iglesia Nacional Española de Roma. Recibió la ordenación sacerdotal en Zamora el 30 de junio de 1.968. CARGOS PASTORALES Fue coadjutor de Villarín de Campos y cura ecónomo de Otero de Sariegos (1968-1970), coadjutor de la parroquia de Cristo Rey en Zamora (1973-1989) y, desde 1978, canónigo Prefecto de Sagrada Liturgia de la Catedral de Zamora y delegado diocesano de Pastoral Litúrgica, miembro del Consejo Presbiteral y del Colegio de Consultores desde 1984. Ha sido también consiliario diocesano del Movimiento Familiar Cristiano (1976-1986) y consiliario de la Zona Noroeste de este Movimiento (1980-1983). Profesor de Religión en el Instituto "Claudio Moyano" (1975-1976) y en la Escuela Universitaria de Formación del Profesorado en Zamora (1981-1983). Ha sido director del Centro Teológico Diocesano "San Ildefonso" y de la Cátedra "Juan Pablo II" (1984-1992); delegado diocesano para el IV Centenario de la Muerte de Santa Teresa de Jesús (1980-1982); Año de la Redención (1983-1984); Año Mariano Universal (1987-1988); V Centenario (1992) y Congreso Eucarístico de Sevilla (1993). Profesor de Liturgia y Sacramentos de la Universidad Pontificia de Salamanca (1975-1981 y 1988-1994), ha sido también Presidente de la Asociación Española de Profesores de Liturgia (1992-1995), habiendo impartido clases en las Facultades de Teología de Burgos (1977-1988) y de Barcelona (1984-1989). El 15 de julio de 1994 fue nombrado Obispo de Ciudad Rodrigo por el Papa Juan Pablo II, tomando posesión el 25 de agosto del mismo año. Cargo que desempeñó hasta su nombramiento como Obispo de León el día 19 de marzo de 2002, tomando posesión el 28 de abril. El 6 de julio de 2010 Benedicto XVI le nombró miembro de la congregación para el Culto Divino de la Santa Sede. En la CEE ha sido miembro de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis de 1996 a 1999. De 1993 a 2002 formó parte de la Comisión de Liturgia y desde 2002 a 2011 fue Presidente de dicha Comisión. Desde 2011 es miembro de ella