La nueva Iglesia (VII). Apóstoles

La armonía y la belleza de la nueva Iglesia, el Pueblo de Dios que nace del Resucitado, no surge y pervive en el tiempo como caída del cielo o por generación espontánea.

No han faltado en la historia, y no faltan hoy, quienes soñaron y sueñan con una Iglesia sin institución, es decir, sin responsabilidades estables, sin encargos o misiones específicas otorgadas por el mismo Jesucristo. Así ocurrió en la Baja Edad Media con los movimientos espiritualistas (“fraticelli”) o a finales del siglo XIX con la crítica racionalista (Loisy: “Jesús predicó el Reino, pero nació una Iglesia”). La buena voluntad que casi siempre ha movido en sus inicios a todos los que así han pensado, queriendo evitar los abusos de poder contrarios al Evangelio, acababa en radicalismos, lejos de la realidad del mismo Jesús y de la historia. Ésta, la historia, siempre confirmó aquel sabio slogan: “Donde no manda un responsable, manda un vanidoso”

Esto, y mucho más, pensó Jesús cuando eligió a Doce de sus Discípulos para constituirlos Apóstoles al servicio de todo el Pueblo (cf. Mc 3,13-18). No es que Jesús pensara en “organizar” un grupo como quien estructura un partido o un equipo de trabajo. Sin duda, por otros textos del Nuevo Testamento, sabemos que Jesús deseaba que los Apóstoles fuesen servidores, testigos y garantes de la comunión a lo largo del tiempo.

Hoy, cuando los sucesores de los Apóstoles no gozan de buena prensa y algunos parece que han de pedir perdón por existir, se nos presenta la imagen de la Nueva Iglesia como ciudad bien asentada sobre piedras preciosas, que son precisamente los Apóstoles:

“Las piedras que cimentaban la muralla estaban adornadas con toda clase de piedras preciosas: la primera con jaspe, la segunda con zafiro, la tercera con ágata, la cuarta con esmeralda, la quinta con ónice… y la duodécima con amatista” (Ap 21,19-20)

Apóstoles somos todos los bautizados. Pero el grupo de los Doce recibieron una misión específica. Eran como el primer eslabón de una inmensa cadena que debía atravesar los siglos y los espacios, para asegurar el vínculo con Jesucristo y la unidad de los cristianos. El fundamento principal y único sigue siendo Jesucristo, pero unidos a Él se levantaron los Doce Apóstoles, como cimientos firmes y brillantes, como piedras preciosas: su palabra y su vida fueron garantía de la verdadera Iglesia de Cristo.

Ellos eligieron e impusieron las manos a otros cristianos para que continuaran su misión. A lo largo de la historia estos sucesores de los Apóstoles no siempre brillaron como piedras preciosas, pero la ciudad, la Iglesia, siguió firme, porque el fundamento principal, la piedra angular, Jesucristo, se mantuvo inconmovible y nunca faltaron dignos sucesores a su servicio.

Por otra parte, la belleza y el brillo de los cimientos no siempre son reconocidos por los ojos de la gente. El mundo busca otros resplandores. El servicio apostólico de los ministros ordenados en la Iglesia, por voluntad expresa de Jesús, son todo lo contrario de “amos, dirigentes o gobernantes”; sirven más y mejor cuanto más se entregan a sí mismos como el Buen Pastor.

También en ellos se realiza aquel principio que nos enseñó Jesús: “Dios Padre siempre eligió el poder de los débiles para salvar el mundo”.

 

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.