Subsidio litúrgico para la celebración de la Jornada Mundial de las Comunicaciones 2019

Este Domingo VII de Pascua, Solemnidad de la Ascensión del Señor, la Iglesia celebra la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales 2019.

Ofrecemos a continuación un Subsidio litúrgico para la celebración Eucarística para este domingo 2 de junio. La celebración de esta Jornada Mundial lo instauró el Concilio Vaticano II en 1966.

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Nos reunimos, un Domingo más, para celebrar la Eucaristía. Acerquémonos con corazón sincero y llenos de fe ‒como nos invita hoy el autor de la Carta a los Hebreos‒ y dejemos que el corazón reviva lo que somos: la comunidad del Resucitado.

Este Domingo se celebra la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, que este año tiene por lema: “So­mos miem­bros unos de otros (Ef 4,25). De las co­mu­ni­da­des en las re­des so­cia­les a la co­mu­ni­dad hu­ma­na”. Que, al comienzo de la Eucaristía, el deseo, de tejer redes verdaderamente humanas entre nosotros, nos disponga a celebrar esta Eucaristía, que es siempre misterio de comunión y amor.

Lecturas

Primera: Hechos de los Apóstoles 1, 1-11. A la vista de ellos, fue elevado al cielo.

Salmo responsorial: Sal 46. Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas.

Segunda: Hebreos 9, 24-28; 10, 19-23. Cristo entró en el mismo cielo.

Evangelio: Lucas 24, 46-53. Mientras los bendecía, fue llevado hacia el cielo.

Sugerencias para la homilía

El misterio de la Ascensión es una realidad que despertó sentimientos encontrados en los apóstoles, que fueron testigos de esta gesta imposible para cualquier hombre, y que sigue encerrando esos mismos sentimientos en nosotros: de alegría por ver cum­plida en Jesús la promesa de Dios, con que Dios rubrica toda la vida de Jesús; y de abandono, un sentimiento que supera la amargura de la despedida…

Hay un antiguo adagio latino que dice: Divide et impera (Divide y vencerás)… Durante 40 días hemos vivido unidos al Señor y ahora que con la liturgia hacemos memorial de la vuelta de Jesús al Padre, a la gloria del cielo, podemos ser tentados por la deses­peranza, al ver lejos la meta y perder de vista al Señor, y desviarnos del camino que con su Ascensión traza en su misma persona. Toca que se corte el cordón umbilical de la presencia física de Jesús… toca inaugurar el tiempo de los testigos. Él no nos aban­dona: se aleja físicamente para acercarse más a nosotros, para que los signos sacra­mentales puedan significar para nosotros la realidad que ahora se oculta.

Durante la Pascua, Jesús fue apareciéndose de un modo intermitente, para alentar la fe de sus discípulos. También para nosotros su presencia pascual ha podido ser un testi­monio de cómo vivir en comunión… Precisamente el papa Francisco, en su mensaje con motivo de esta Jornada de las Comunicaciones Sociales, hace referencia a esta necesidad del hombre de hoy que refiere a este formar comunidad o red: la necesidad de estar en relación. En un mundo que tanto miedo tiene a la soledad, pero que por otro lado pro­pi­cia un egoísmo que produce este veneno que monocro­matiza la realidad, se hace fun­da­mental el tejer redes que favorezcan la vida comu­nitaria que se convierte en un bál­samo curativo que nos saca de lo insustancial y lo magnificado de nuestros problemas: “Y ahora, ¿qué hacemos?”, el problema no es que Jesús vuelva al Padre… el gran problema es que todos nosotros tenemos que seguirlo en ese camino que es Jesús.

Al despedirse de sus discípulos, en el Evangelio, Jesús los acerca a Betania, nos dice el evangelista Lucas, un lugar tan querido para Jesús, en que se fraguó esa otra fami­lia, que no la Sagrada Familia de Nazaret, la de sus amigos… la de quienes quieren seguirlo. Ese remanso de paz de Betania, donde Jesús se retiraba a descansar, puede convertirse tam­bién para nosotros, que vivimos en un descrédito creciente, en el lugar paradigmático en que se evita estar más ex­pues­tos a la des­in­for­ma­ción y a la dis­tor­sión cons­cien­te y pla­ni­fi­ca­da de los he­chos y de las re­la­cio­nes in­ter­per­so­na­les. Es un lugar de frontera, un lugar de periferia… a las afueras de Jerusalén, una invita­ción también para nosotros para profundizar más allá, viendo con perspectiva la misión que se nos encarga…

Oración Universal

El Señor hoy desde el cielo nos abre el camino hacia Dios. Pidamos para que, como somos miembros unos de otros, en su Gloria acoja esta oración que juntos le presen­tamos, diciendo: Señor de la gloria, escúchanos.

  1. Por la Iglesia Universal, red tejida por la comunión eucarística, para que siempre esté dispuesta a construir la recíproca relación de comunión con la que manifestar el amor de Dios, un amor que se co­mu­ni­ca a sí mis­mo para en­con­trar al otro. Oremos.
  2. Por los gobernantes, para que velen por que se respeten los derechos e integridad de las personas en el entorno digital, y no sean vulnerados por conseguir ventajas políticas y económicas que conviertan al usuario en un mero producto. Oremos.
  3. Por todos los que sufren, en su cuerpo o en su espíritu, y de un modo especial por todos los que viven en una especie de autoaislamiento, como una telaraña que atrapa, para que puedan encontrar en nosotros una fuente que sacie su nos­tal­gia de vi­vir en co­mu­nión, de per­te­ne­cer a una co­mu­ni­dad. Oremos.
  4. Por los comunicadores, para que con su esfuerzo, por usar responsablemente el lenguaje, propicien comunidades que sean redes solidarias de escucha recíproca y de diálogo. Oremos.
  5. Por todos nosotros, para que velemos porque nuestra presencia en internet y en las redes sociales impida que se convierta en un espacio de sospecha en que broten todo tipo de prejuicios que nos dividan en una contraposición frente al otro, al diferente. Oremos.

Acoge, Padre, las suplicas que te dirigimos desde la confianza de sabernos tus hijos, a quienes unes formando una red viva que te busca en el hermano. Sea el ceñidor del Amor el nudo que una nuestros recorridos vitales en tu Hijo, que vive y reina contigo y el Espíritu por los siglos de los siglos. Amén.

Monición final

Hemos comulgado al Señor, que nos hace miembros de su cuerpo. Cus­to­diar la ver­dad de esta realidad espiritual nos exige ahora afirmar la re­cí­pro­ca re­la­ción de co­mu­nión: “Somos miembros unos de otros”. En la Eucaristía hemos recibido la fuerza, y ahora el envío a la misión que nos hace portadores de la Buena Noticia por todo el mundo. ¡Podéis ir en paz!

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