Derechos humanos

Mons. Atilano Rodríguez               La Declaración Universal de los Derechos Humanos, redactada por representantes de todas las regiones del mundo y promulgada el año 1948, propone aquellos derechos humanos fundamentales que deben ser reconocidos y protegidos en todas las naciones. Esta declaración afirma, entre otras cosas, que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen como base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos inalienables de todos los miembros de la familia humana.

Estos derechos, recogidos en la mayor parte de las constituciones de las naciones y de los organismos internacionales, con frecuencia son violados o no respetados en su integridad. En algunos casos, incluso son utilizados por algunos países o por sus habitantes como justificación de una defensa sin condiciones de los derechos individuales o de los derechos de los pueblos más desarrollados.

Cuando la obsesión por lo propio se apodera del corazón de las personas, con el paso del tiempo puede llevar a que cada uno se considere el centro del universo y de la sociedad, llegando a pensar que los restantes miembros de la familia humana deben estar a su servicio. La obsesión por lo individual cierra el corazón de la persona a la trascendencia y le impide acoger a los demás, pues vive centrado en la defensa de sus derechos y en las obligaciones de sus semejantes.

Ante esta realidad, respetando la cultura de cada nación, es necesario insistir una y otra vez en que el planeta es de todos, que Dios ha puesto la naturaleza y los bienes de la tierra para el sustento y bienestar de toda la humanidad. Por lo tanto, el hecho de haber nacido en un país con menos recursos naturales que otro o con un desarrollo económico más bajo no puede justificar el que las personas vivan con menor dignidad.

Si asumimos estos presupuestos, parece evidente que las personas o las naciones más ricas y más favorecidas económicamente deberían saber renunciar a alguno de sus derechos para compartir los bienes y las riquezas, recibidos como un regalo del Señor, con las personas o países más empobrecidos.

Aunque hemos de reivindicar nuestros legítimos derechos, no podemos cerrar los ojos ni el corazón a los derechos de millones de personas que viven marginadas y excluidas de la sociedad. Esto nos exige crecer en justicia y solidaridad, devolviendo al pobre lo que le corresponde y poniendo los medios para que los pueblos empobrecidos puedan ser artífices por sí mismos de su propio destino.

Con mi sincero afecto y bendición, feliz día del Señor.

 

+ Atilano Rodríguez,

Obispo de Sigüenza-Guadalajara

 

Mons. Atilano Rodríguez
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Mons. D. Atilano Rodríguez nació en Trascastro (Asturias) el 25 de octubre de 1946. Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario de Oviedo y cursó la licenciatura en Teología dogmática en la Universidad Pontificia de Salamanca. Fue ordenado sacerdote el 15 de agosto de 1970. El 26 de febrero de 2003 fue nombrado Obispo de Ciudad Rodrigo, sede de la que tomó posesión el 6 de abril de este mismo año. En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Apostado Seglar y Consiliario Nacional de Acción Católica desde el año 2002. Nombrado obispo de Sigüenza-Guadalajara el día 2 de febrero de 2011, toma posesión de su nueva diócesis el día 2 de abril en la Catedral de Sigüenza.